Juan Velarde Fuertes | Miércoles 21 de mayo de 2008
La economía española apostó mal en energía en el siglo XIX, cuando, por la política proteccionista, que pronto se trocaría en nacionalismo económico, optó, fundamentalmente, por el carbón asturiano. El petróleo fue una apuesta que está ligada al desarrollo económico muy fuerte que existió a partir de 1959. La subida del precio de los hidrocarburos a partir de finales de 1973, originó una muy seria depresión en nuestra economía. Los ministros Santos Blanco y Álvarez Miranda, y poco después, el presidente Leopoldo Calvo Sotelo, consideraron que era necesario aceptar a fondo la energía nuclear, una fuente primaria nacional, barata y sin riesgos apreciables. En 1982 se decidió el famoso “parón nuclear”. A pesar de la enorme carga de coste generada, ese tremendo error permanece presidiendo nuestra política energética, hasta ahora mismo. La solución de las energías renovables es muy cara. Dígase otro tanto -véase el muy reciente libro de Juan Rosell “¿Y después del petróleo, qué? Luces y sombras del futuro energético mundial” del gas natural. Para agravarlo todo, toda una serie de vacilaciones ha roto la posibilidad de la existencia de conexiones eléctricas de alta tensión -la más destacada en la prensa, la Lada-Velilla , y todo ello mientras el petróleo supera ya los 120 $/barril.
Hemos apostado a una energía cara, y se pretende, en la propaganda, que se puede tener una barata. La cara, frena las exportaciones y azuza la inflación. La barata, impide ampliar la oferta y las inversiones, o sea, tras los estudios de Juan Avilés, se ve que liquida la amortización, al par que -como mostraron Castañeda y Redonet- es la fuente de restricciones eléctricas. O se trepa por la cuerda que ofrece la energía nuclear, o nunca saldremos de este oscuro callejón en el que se ve castigada la economía española.
TEMAS RELACIONADOS: