América

Crónica de América: La izquierda mexicana se cuartea

CUAUHTÉMOC CÁRDENAS

Rafael Fuentes | Viernes 28 de noviembre de 2014
El fundador del PRD abandona el partido a causa de la tragedia de Iguala. Por R. Fuentes.

Cuauhtémoc Cárdenas, fundador del partido de la izquierda mexicana, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), acaba de dimitir y abandonar su pertenencia a la formación izquierdista que él mismo creó, en un síntoma muy elocuente de la crisis desatada en el seno del conjunto de la izquierda a consecuencia de los cuarenta y tres estudiantes masacrados a finales de septiembre en Iguala, en el estado de Guerrero.

Los efectos demoledores de este crimen, aún sin resolver en el contexto de matanzas insufriblemente recurrentes, repercuten con fuerza en todas las esferas de la nación mexicana. La exasperación de la ciudadanía sigue en aumento, los disturbios no se apaciguan, la detención de manifestantes bajo los cargos de tentativa de homicidio, asociación delictiva y motín, origina nuevas concentraciones igual de virulentas, las reclamaciones de las familias de las víctimas se mantienen con contundencia, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el poder se ve asfixiado por la recriminación colectiva contra la ausencia del Estado en el lugar de la tragedia, y la presidencia de Enrique Peña Nieto es zarandeada, al estrangularse el proceso de reformas en curso, aunque no haya dejado de reaccionar con viveza proponiendo un profundo cambio legal para poner fin a la inoperancia judicial y la disolución de las Policías municipales.

Todas estas facetas de la crisis acaparan el primer plano de la información internacional. Pero en el ámbito interno resulta particularmente relevante que el alcalde de Iguala, José Luis Abarca, responsable de la carnicería de los estudiantes, pertenezca también al Partido de la Revolución Democrática (PRD). Y que Ángel Aguirre, el gobernador de Guerrero, asimismo forme parte del PRD. El Partido de la Revolución Democrática (PRD) fundado por Cárdenas está en todas las vías que desembocan en el terror de Iguala, y, por lo tanto, la izquierda de México está abocada a una profunda crisis que se saldará con su devaluación, escisión o refundación.

Semanas después de los acontecimientos de Iguala, el fundador Cuauhtémoc Cárdenas exigió la renuncia de los actuales dirigentes del PRD y señaló los hondos males que aquejan a su propia formación: “La imposición de prácticas sectarias -escribe Cárdenas en su carta-, y clientelares en su vida interna. Una línea política de contradicciones, corrupción e incumplimiento de los estatutos… Alianzas electorales equívocas y las desafortunadas y cuestionables decisiones tomadas por la dirección nacional a partir de la desaparición de 43 estudiantes.”

En realidad, a pesar de la aparente contundencia de este llamamiento a un proceso de refundación del partido, Cárdenas estaba tratando con suavidad de guante blanco los sucesos del estado de Guerrero y la ciudad de Iguala, diez años bajo el control político del PRD. El alcalde de Iguala, José Luis Abarca, y su esposa, María de los Ángeles Pineda, sobrevivían malvendiendo sombreros de paja y sandalias hasta que se incorporaron al PRD en Iguala. Desde esta plataforma, Abarca alcanzó la alcaldía y Pineda se hizo con la presidencia del organismo público Desarrollo Integral de la Familia (DIF), y desde ahí consiguió que la eligieran como consejera estatal del PRD y la propuesta para presentarse en las próximas elecciones como regidora de Iguala una vez terminado el mandato de su marido.

El secreto de esta irresistible ascensión residía en los vínculos familiares de esta auténtica Lady Macbeth que es María de los Ángeles Pineda. Todos sus hermanos se dedican al narcotráfico en un estado como Guerrero con una orografía intrincadísima, con inconcebibles bolsas de pobreza y una arraigada cultura de violencia durante siglos que se traduce hoy en la tasa de homicidios más alta de todo México, más de 2.000 asesinatos al año. Ángeles Pineda era quien llevaba personalmente las cuentas. De ahí salía el dinero para las campañas electorales, de ahí se obtenía la financiación del PRD y su red clientelar, este era el soporte económico del gobernador Ángel Aguirre y ese era el lugar de procedencia de los sicarios que asesinaron e hicieron desaparecer a todos los oponentes políticos del matrimonio y del PRD.

El día en que Ángeles Pineda convocó en Iguala el primer acto público para lanzar su campaña electoral, un grupo de estudiantes de Magisterio de la escuela Rural Normal de Ayotzinapa –puesta en marcha, paradójicamente, hace casi un siglo bajo principios socialistas y marxistas-, decidió apoderarse de varios vehículos de transporte en la central de autobuses para trasladarse a la Ciudad de México y participar en las movilizaciones por la matanza de Tlatelolco en 1968. Pero también acordaron irrumpir antes en el acto público de Iguala para protestar encapuchados por la situación del estado de Guerrero.

Ángeles Pineda se enervó al ver cómo reventaban su inicio de campaña. No solo dio órdenes a la Policía para que ametrallase a los estudiantes sino que pidió la colaboración de los narcotraficantes de Guerreros Unidos para que diesen una lección definitiva a los manifestantes. Policía y narcos propinaron a los estudiantes de Magisterio el trato habitual a una organización narcoterrorista rival. Tras el ametrallamiento con fusiles de asalto, más de cuarenta fueron detenidos, tumbados en el suelo y secuestrados. Al día siguiente devolvieron el cadáver de uno de ellos, la piel desollada vivo y los ojos extirpados. Después se sabría que los demás fueron trasladados a la población próxima de Cocula hacinados en dos camionetas, unos encima de otros, de modo que quince llegaron asfixiados a su destino. A los supervivientes se les ejecutó con un tiro de gracia y sus cuerpos fueron incinerados en una enorme pira en el basurero de la localidad. Parte de los restos fueron troceados para arrojarlos al río San Juan. Cuando forenses internacionales rastrearon la zona, encontraron abundantes restos humanos cuyo ADN no coincidía con el de los estudiantes asesinados. Se trataba de una práctica corriente.

La demanda de Cárdenas para que el PRD hiciera una obligada reflexión por las equivocadas decisiones tomadas en Iguala sonó a una blanda declaración diplomática con el propósito de reconciliar las enervadas fracciones internas que vienen sosteniendo un prolongado enfrentamiento. Pero, en realidad, lo ocurrido en Iguala revela algo más que una decisión errónea: una fusión del PRD con el narcotráfico. No solo clientelismo, sino una financiación en toda regla proveniente del crimen organizado. No únicamente sectarismo, sino el asesinato físico de sus oponentes. Los mecanismos que permitieron a José Luis Abarca, Ángeles Pineda y Ángel Aguirre actuar así continúan intactos y perfectamente utilizables. Algo indefendible para la izquierda mexicana y un PRD que enarbola la bandera contra la corrupción y contra la impunidad. El problema no puede arreglarse con un simple acuerdo de paz entre tendencias internas sin revisar por qué el PRD ha sido filtrado por la narcopolítica, ofrecer explicaciones y dimisiones y trazar un plan creíble para resolverlo a partir de la militancia de base.

En cualquier caso, la benévola propuesta de pacificación interna impulsada por Cárdenas ha fracasado desde sus inicios. Los nuevos dirigentes y la línea hegemónica Nueva Izquierda, apodada Los Chuchos, han desechado las iniciativas de Cárdenas y desviado las culpas íntegramente hacia el presidente de la República, Enrique Peña Nieto. Esta reacción es la que ha determinado a Cuauhtémoc Cárdenas a dar el portazo y abandonar el PRD. Algo parecido hizo hace poco el otro líder histórico del PRD, Andrés Manuel López Obrador, dos veces candidato a la presidencia, que se marchó para fundar el Movimiento de la Regeneración Nacional. No sabemos si Cárdenas se va simplemente a casa o tiene en mente crear una formación política que arrastre a parte de las bases del PRD. Sea como sea, la tragedia de Iguala ha acelerado una desestabilización de la izquierda, que se cuartea y descuaderna por todos los ángulos. Un hecho que emborrona la interlocución con la presidencia haciendo un poco más ingobernable el país y restando aún más apoyos a las profundas reformas a medio hacer. Peña Nieto ha reaccionado con un potente revulsivo policial y legal. Se echa en falta en la izquierda una respuesta igual de contundente, una formación de nueva planta, depurada, capaz de aglutinar a las fuerzas de izquierda expulsando a los narcotraficantes y al crimen organizado que las han filtrado.