Opinión

Isabel

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Sábado 29 de noviembre de 2014
Está próxima a finalizar la emisión de la producción española “Isabel”, sorpresa por su temática y, sobre todo, por los elevados índices de audiencia cosechados por la misma desde que iniciara su andadura hace dos años. La buena acogida de la serie se explica por su más que aceptable confección y, en especial, por un guión muy atractivo. En relación con esto último, lo cierto es que a los guionistas no les ha hecho falta añadir nada a la historia/Historia, ya que la misma “engancha” por sí sola al espectador.

Y señalamos que el éxito de la serie es llamativo, si se tiene en cuenta que en nuestro país el cine histórico es una asignatura pendiente (con excepción hecha de las numerosas películas que en los 80 y 90 se centraron en la guerra civil), dado el escaso número de largometrajes que han escogido como argumento alguno de los hechos más reseñables de nuestro pasado, así como los desiguales resultados de los mismos.

Dicha situación contrasta con lo que sucede en otras latitudes en las que la recreación de tiempos pretéritos ha sido el eje de excelentes filmes y de lucrativas acogidas por los espectadores (así, a título meramente ilustrativo, cabe citar “Gandhi” o “Elisabeth”). Destaca especialmente la pasión y el “know how” británico al respecto, siendo auténticos maestros en el relato de los episodios más variados de su historia, con directores especializados en los mencionados viajes en el tiempo. El recientemente fallecido Richard Attenborough es un claro ejemplo de ello. El cuidado de las ambientaciones, la fidelidad a los hechos reales y la ausencia de pudor en la “glorificación” de las consecuciones nacionales (sin soslayar las sombras de las mismas) son algunas de las señas de identidad de la factoría de las Islas. Por lo demás, incluso en ámbitos con un menor pasado (“ayer” en términos históricos) los estudios no han eludido el tema, dando a luz interesantes productos. Es el caso de Estados Unidos, en donde además de contar desde hace décadas con el western como simultáneo configurador y exponente del carácter nacional, en los últimos tiempos se aprecia un considerable aumento en el número y calidad de películas y series de contenido histórico. Por razones fácilmente comprensibles, la experiencia traumática de la contienda civil americana ha sido el principal contexto escogido, dando lugar a títulos muy logrados como “Dioses y generales”, “Gettysburg” (las más de cuatro horas de duración de la recreación de la batalla da fe de su rigor) o “Lincoln”; asimismo, el género biográfico ha sido objeto de predilección por Hollywood, contando con numerosas plasmaciones, cabiendo mencionar películas como “Patton”, “Nixon” o “Hoover”. De otro lado, es especialmente reseñable que en el actual auge de las producciones televisivas norteamericanas los temas históricos ocupen un lugar destacado. En este sentido, cabe recordar el éxito que tuviera hace pocos años una serie como “John Adams”, digna por su fidelidad y ambientación del mejor cine histórico inglés.

Volviendo a nuestro país, y a la serie que sirve de rúbrica al presente artículo, hay que destacar que “Isabel” ha ido creciendo con el tiempo. Tras unos comienzos algo titubeantes, con diálogos en exceso castizos o “modernizados”, ha ido ganando en rigor y verosimilitud. La mejora en las interpretaciones (los actores han hecho suyos a los personajes principales y se han incorporado figuras de primer nivel como Eusebio Poncela), la mayor fidelidad narrativa, el aumento en el presupuesto (debido al éxito inicial), y la introducción de una música más apropiada de tintes épicos (algo capital en la traslación al espectador de situaciones y emociones, como bien saben los británicos) explican el mayor atractivo que ha ido consiguiendo “Isabel” a lo largo de las semanas. Sin duda, subyace en todo el metraje (acaso incluso en la propia idea primigenia del proyecto) la influencia de la producción británica “Los Tudor”, que ha gozado de una gran acogida en Reino Unido así como en otros países, entre ellos el nuestro. En el caso de Isabel contamos con el mejor guión posible (el argumento es aún más interesante que las peripecias de los herederos de Enrique VII, pues comparada con la monarquía hispánica, Inglaterra no pasaba de ser una potencia de segundo orden).

A través de la serie se transmiten aspectos de nuestro pasado con los que quizás el espectador de nuestros días no esté del todo familiarizado: el sentido histórico de la monarquía, la conformación de los primeros Estados en sentido moderno, el papel de las Cortes como intento de límite frente a la Corona, la lucha incesante por el poder “ad intra” y “ad extra”, las difíciles relaciones paterno-filiales entre los miembros de la familia, las cambiantes alianzas… y, sobre todo, la gran obra de los Reyes Católicos. Ciertamente, en este sentido la serie no es obviamente “una obra de Domínguez Ortiz”, pero sí traslada al público la colosal envergadura de lo construido por la pareja regia. De otra parte, destaca la minuciosidad (rara avis en el formato audiovisual) con la que se relatan algunos hitos, sin perder por ello (más bien todo lo contrario) la capacidad para atraer la atención del televidente: desde la disputa con Portugal para definir las fronteras de sus respectivas expansiones hasta las incontables vicisitudes en el enfrentamiento con Carlos VIII y Luis XII de Francia (en este sentido, la serie posee mayor rigor en lo referente a la política exterior hispana que en lo relativo a la política interna).

Con todo, la serie también incurre en determinados errores o desaciertos (algunos, como por ejemplo los relativos a determinadas recreaciones, muy aireados, lo cual no necesariamente es negativo) fruto, sin duda, del escaso acervo patrio en estas cuestiones, tal y como se dijera más arriba. Sin embargo, lo cierto es que “Isabel” ha abierto un camino que sería interesante recorrer. Y es que, precisamente, ha puesto de manifiesto que España cuenta con una de las Historias más ricas (e impactantes para el espectador actual) entre las naciones contemporáneas (quizás sólo igualada por Italia y Francia) y esa ventaja debe ser aprovechada. En relación con ello, carece de explicación el hecho de que un personaje (por lo demás, tan cinematográfico) como Carlos V no haya sido protagonista de ningún metraje hasta la fecha. Caracteres o epopeyas como los de Felipe II, Balboa, Elcano, Cortés, Pizarro, Cervantes, etcétera, etcétera…, reúnen más atractivo que muchos otros objeto de semblanza cinematográfica en otros países (por ejemplo, los viajes oceánicos de los marinos españoles serían perfectamente comparables, dada la dimensión de la aventura en relación con la precariedad de medios de la época, con los viajes al espacio). Así parecen haberlo detectado en otras latitudes, como ilustra el anuncio realizado hace pocos días de que el merecidamente afamado director Martin Scorsese prepara una serie sobre Hernán Cortes para la todopoderosa cadena HBO.

“Isabel” es la prueba de dos cosas: que no existe una incapacidad hispana para hacer cine histórico, y, de otro lado, que al público le interesa sobremanera nuestro pasado. Por todo ello, como señalábamos, ha de continuarse el ascenso emprendido. Siempre será mejor que seamos nosotros quienes contemos nuestra Historia, porque si no (no lo olvidemos) serán otros los que (nos) la cuenten. Se podría contra argumentar que la Historia contada por otros es más objetiva debido a la distancia; pero ello olvida que la distancia provoca, cuando no menos, errores propios de la incomprensión, si no dolosas distorsiones. Al igual que el testamento es un acto personalísimo e insustituible, el relato de su propia historia es una obligación irrenunciable de los pueblos.