Gibraltar seguirá siendo lo que es, una torre vigía de Occidente mientras Occidente persista tal como lo conocemos: con el medievo en la orilla sur y el antiguo régimen en la norte.
En la despiadada guerra que convenimos en llamar “política exterior o internacional”, equilibrio precario de relaciones de poder entre naciones que se encarnan en estados, la española brilla cual agujero negro [para entendernos, un agujero negro es un objeto celeste tan enormemente masivo que ni la luz puede escapar de él]; las naciones que ofrecen “política exterior” propiamente dicha son escasas; el resto, meros satélites de mayor o menor entidad.
No acababa de comprender por qué el UK defendió su integridad territorial en las Malvinas con su maquinaria de guerra, mientras que se retiraba discretamente de Hong-Kong; con el transfondo del contencioso de Gibraltar, recurrente ruido empleado sin pudor como elemento más de distracción del populacho –Guadiana es un término demasiado bello para usarlo aquí–.
Un amigo británico, con cuya ayuda llego a comprender algunos aspectos de la historia, me señala que el UK era un mero inquilino en el enclave asiático; lo dejó sin más acabado el periodo de arrendamiento estipulado. El Tratado de Utrecht hace entrega del peñón a perpetuidad, me aclara.
Bien, amigo W., tu y yo bien sabemos que la vigencia de los tratados se determina ni más ni menos que por las conveniencias/coyunturas y las correlaciones de fuerza. Sobran ejemplos, pero recuerda, pfv, los Tratados de Versalles que “cerraron” la 1ª Gran Guerra...
Aunque Mr. Burns, Thomas Ferrier[*], acabara fascinado por España, perteneció al cuerpo diplomático de un gobierno que aborrecía al nuestro: el uno en las antípodas del otro.
[*Entre 1940 y 1944, T. F. Burns fue agregado de prensa a las órdenes de Sir Samuel Hoare, embajador británico en España. Época en la que la delegación británica llevaba a cabo denodados esfuerzos por impedir la entrada de Franco en la 2ª Guerra Mundial del lado de las potencias del eje. En 1944 se casó con Mabel, hija de D. Gregorio Marañón. De su periplo da cuenta su hijo Jimmy Burns Marañón en Papá espía. Ed. Debate, Barcelona, 2010]
Desprecio que prosigue, W., por otros motivos, bajo celofanes de cortesía diplomática, por supuesto. La razón es más que elemental, tras vuestros gobiernos, o los de Alemania y Francia, hay Estados y Naciones nítidamente definidas; el nuestro sólo es una especie de
attrezzo en una representación de Patio de Monipodio en un reino de taifas:
“La nación..., concepto discutido y discutible”. Aún deben estar partiéndose de risa en algunas delegaciones diplomáticas en Madrid al recordar a tan ilustre majadero.
Desprecio que el transcurso de la
Cumbre de Niza, a principios de diciembre del 2000, acrecentó hasta indignar a quienes habían sido “donantes” [#] de ingentes transferencias en forma de “fondos UE”. Pensar que Alemania y Francia se sintieran humilladas ante la arrogancia de los “receptores” no es descabellado. Que hayan pasado cumplida factura, el principal y suculentos extras añadidos, tampoco; la venganza se sirve a fuego lento y las amistades se eligen, no es cuestión de contigüidad geográfica.
[#Donantes a título oneroso, no gratuito, no nos engañemos. Pero del carácter instrumental no cabe dudar de ningún modo: no es lo mismo tener crédito que no tenerlo; si luego acabas “pillado” deberías haber leído la letra pequeña, o simplemente haber medido bien tus fuerzas]
Por eso, oír al lamentable hablar de la
“alianza de civilizaciones”, a su ministro Moratinos que
“El mundo necesita respeto,... y los socialistas damos ese respeto” [SER. 15.11.2007; créanme, el corte radiofónico no tiene comparación con el texto: sobrecoge]; o el
“Gibraltar, español”, frase con la que
“el recién estrenado ministro García–Margallo sorprendió al eurodiputado conservador británico Charles Tannock, en tono amistoso y de broma” [ABC. 17.01.2012], me causan algo más que sonrojo; ¡tierra, engúllelos!.
Son cosas que a mi no se me ocurrirían ni “harto de Rioja”; y pueden pensar que es una alusión –velada o explícita– con todo el riesgo de acertar. O no; o lo uno y lo otro.
Que en Gibraltar se blanqueen capitales, o se lleven a cabo cuantas actividades ilícitas podamos imaginar, quizás tenga relación con la posición geoestratégica del enclave, pero ese no es el problema. Y las raíces de cierta delincuencia hay que buscarlas por otros pagos; ¡como si la vecina Andalucía pudiera ofrecerse como inmediato ejemplo de probidad! Así que ese ruido tiene escasa entidad.
Gibraltar seguirá siendo lo que es, una torre vigía de Occidente mientras Occidente persista como lo conocemos, con el medievo en la orilla sur y el antiguo régimen en la norte; bajo la atenta mirada del
Imperio, por supuesto.
Imperio que no es una realidad geopolítica nítida sino difusa, quede claro.
Política exterior, se le llama; no tiene más misterio.
Tampoco entendía qué juego de intereses determinó que España echara al basurero de la historia la mejor oportunidad de que dispuso para enderezar su rumbo en el concierto de las naciones; pero la reflexión anterior ha despejado mis últimas brumas, la respuesta estaba en el viento: “que todo cambie para que todo siga igual”.
W., mi ingenua pretensión de abandonar la condición de vasallo para ser ciudadano, de una nación política como la tuya, se ha desmoronado definitivamente. La tan loada
Transición del 77 es otro estrepitoso fracaso a añadir a todos los anteriores; bajo una óptica lampedusiana, no puede haber otros beneficiarios que quienes urden la trama.
Las piezas encajan; el Imperio, la torre-vigía y el
atrezzo en una representación de Patio de Monipodio en un reino de taifas.
“
Política internacional”, guerra despiadada en la que el carácter predador de la especie aflora con tanta intensidad como cinismo: cuanto más débil sea el vecino más fácil resultará enseñorearme de sus predios a mi antojo. No hay más.
¡Al fin! Gracias, amigo W., me has hecho comprender qué subyace en todo aquello que viví en mi juventud con sólo aclararme qué hicisteis en Hong-Kong.
¿O seré un náufrago en el océano de los dislates y me creo en tierra firme?