EL CHIVATO
Mariano Torralba | Domingo 30 de noviembre de 2014
Rafael Anson, que acaba de publicar “El año mágico de Adolfo Suárez” fue mi director y el de la mejor y única televisión que tuvimos en España en todo tiempo. Fue el mejor y el único que ofrendó más de veinte horas diarias de su cada día a la Radio Televisión Española. Al llegar cada mañana, antes de las siete a su despacho de “La Casa de la Radio” en Prado del Rey, entregaba en su ágil secretaría cartas y documentos grabados en un dictáfono para que fueran transcritos o diligenciados; analizaba cada programa, si grabado, antes de antena, si en proyecto lo modificaba con acierto; escribía editoriales políticos, siempre positivos, en un momento de la transición en el que una mayoría irrepetida admiraba, aplaudía y respetaba al mejor presidente de la etapa democrática moderna: Adolfo Suárez.
Innovador extraordinario tuvo el “acierto” de arrinconar a los presentadores profesionales de la locución con el consiguiente disgusto del inolvidable David Cubedo, jefe de estos, con el argumento de que, quien elaboraba la noticia, la comentaría con mayor credibilidad. Al principio resultó un acierto gracias a que los elegidos para dirigir y presentar los cuatro Telediarios –tres en la primera cadena y uno en la segunda- Lalo Azcona (a quien fue difícil convencer para que se dejara colocar un incisivo superior que le faltaba), Eduardo Sotillos, Pedro Macía y Miguel Ángel Gozalo; todos locutores antes que periodistas titulados, excepto Gozalo que ya lo era y el joven Matías Prats que pronto adquiriría también título y protagonismo dirigente. El feliz experimento dio su resultado cuando la credibilidad era lo más importante de la comunicación, sin restar valor a la cuidada elocuencia de las educadas voces.
Casi cuarenta años después, casi no existen profesionales de la locución; las escuelas o facultades de periodismo han proliferado, muchas con profesores poco cuidadosos de formas, no de contenidos, y el resultado es con frecuencia negativo: no vocalizan, no existe la X -no la LL -no la Y, incapaces de unir el sonido de una R tras una S, se ven forzados a cortar la palabra, mutilan algunas palabras en su sílaba final, o vaalooraaaan en exceso las voocaaleeees, con voces guturales y mal impostadas. El resultado es que, en general, más en la radio y menos en la tele, no se entiende lo que dicen y poco se cree lo que comentan. Si aún estuviera Anson con los medios de ahora…