El panorama nacional no está bien. En eso hay acuerdo. Tras cuarenta años de funcionamiento, la máquina de nuestra democracia empieza a dar señales de avería. Necesita de una puesta a punto, “pasar una ITV”. Quizás haya sido sometida a demasiadas tensiones por maquinistas que se han preocupado más de su comodidad a los mandos que de ser cuidadosos con ella y engrasarla cuando debían.
La situación es de encrucijada y guarda similitud con la de 1975. Entonces, ante los dos caminos a tomar, reforma o ruptura, el pueblo español prefirió abrumadoramente emprender la vía de la reforma. Y sin hacer tabla rasa se logró una “revolución de terciopelo” que fue modelo en otras latitudes. Las reformas pueden acometerse con éxito si se conserva algo firme. Hoy, de nuevo, España ante el mismo cruce de caminos. Solo que ahora una opinión generalizada tendente a reformar no parece abrirse paso claramente. Y emerge una parte no pequeña de la sociedad que preferiría la ruptura.
Pero el todo o nada, además de insensato, puede servir de regla en los casinos de juego en donde se apuesta con dinero propio. En política, en donde se gestiona el interés general, no es lícito jugar con el dinero de todos. Como tampoco es conveniente en política la inacción. Hay que tomar decisiones y aplicarlas. De forma sosegada pero decidida, con generosidad y amplitud de miras. Y sin considerarse siempre imprescindible. La máquina sí lo es. No el maquinista. Lo torpe y disparatado es imitar la política del avestruz o a aquellos conejos que, como en la fábula de Iriarte, porfiaban si lo que se les viene encima son galgos o podencos.