No hay que darle más vueltas. Alfonso Alonso es un político joven y experto. Su prestigio se ha acrecentado año tras año desde su eficaz gestión al frente de la alcaldía de Vitoria. Tiene méritos sobrados para ocupar un ministerio. Pero lo que le ha instalado en Sanidad, sustituyendo a Ana Mato, es sobre todo su amistad con Soraya Sáenz de Santamaría.
La vicepresidenta, paso a la mujer que se abre paso sin necesidad de cuotas, ha acumulado todo el poder que no ejerce Mariano Rajoy. Fiel a su presidente, ha instaurado un sorayato absorbente en el Gobierno y en el partido. Nada se hace fuera de su aprobación. Mientras tertulianos y comentaristas hacían quinielas, a nadie se le ocurrió decir lo que estaba más claro que el agua de Lozoya: sería nuevo ministro de Sanidad aquella persona que decidiera Soraya Sáenz de Santamaría.
Y Soraya ha señalado con su dedo áureo a un hombre capaz, que es además su amigo y colaborador. El nuevo ministro no lo tendrá fácil al frente de un ministerio de competencias transferidas, acosado por los sindicatos hostiles a cualquier privatización porque saben que solo en las empresas e instituciones públicas siguen teniendo fuerza. Mi impresión personal es que Alfonso Alonso se va a ocupar de su ministerio pero, sobre todo, va a dedicar sus esfuerzos durante el próximo año a contribuir a la estrategia de Mariano Rajoy para las elecciones generales dentro del inner cabinet de Moncloa, en el que ocupará lugar cada vez más destacado.