Opinión

¿Hubo otro tiempo semejante?

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Jueves 04 de diciembre de 2014

Un amigo de la infancia que aún forma parte viviente del gran teatro del mundo y, en términos más caseros, de este nuevo retablo de las maravillas en que aparece mutada la España hodierna, interroga –confiado en su oficio de aprendiz de historiador- al cronista acerca de un posible precedente de la coyuntura político-social hodierna en los anales de la contemporaneidad nacional. Pregunta con sabor “vargallosiano” por su relativa semejanza con la hecha por uno de los protagonistas de la principal novela tal vez entre las muchas del narrador peruano, en torno al inicio de la presunta decadencia contemporánea del gran país andino.

Sin duda, en España es más fácil la repuesta que en la nación incaica. Mil y contrastados datos testimonian acerca de tal hermanamiento en los días económicamente bonancibles de la década moderada. En el terreno también literario y novelístico, el dado por D. Juan Valera resulta tan nítido como insuperable. En su primer contacto con la Villa y Corte, ésta se encontraba sacudida por las corrientes iniciales del nuevo movimiento económico que iba a sentar las bases materiales del mundo contemporáneo. Con cierto rezago, pero también con firme voluntad de recuperación del tiempo perdido, España se incorporaba por entonces a la coyuntura alcística –las minas áureas californianas en la base del fenómeno- que reemplazase a la depresión que siguió al término de las guerras napoleónicas. La encorsetada y provinciana sociedad española se distendió en sus principales centros –Barcelona, Valencia, Málaga, Sevilla, Bilbao…- y la capital de la monarquía isabelina legitimó su status al encabezar un sugestivo proceso nacionalizador de signo centralista, con atención preferente a la formación de una cultura de embrionario signo capitalista, al que la naciente burguesía de negocios prestó todo el concurso de su enorme ambición por convertirse en la nueva clase dirigente de un país afanoso por dejar definitivamente atrás un pasado de enfrentamiento y atraso. Como se sabe, el escritor cordobés fue deslumbrado testigo del clima adánico que envolvía a la vieja nación y que presentaba en Madrid su más importante escaparate. En misivas a su madre, que cimentarían en alta medida su precoz fama de impar epistológrafo en un siglo de muy grandes figuras, al norte y al sur de los Pirineos, de dicho género, el futuro autor de Pepita Jiménez describió, con gracia y penetración inimitables, las nuevas costumbres importadas por la nobleza y burguesía madrileñas a socaire de la expansión económica auspiciada con fuerza y decisión por los moderados, tan apegados a la política de “cosas” frente al ideologismo que censuraban en sus adversarios, los progresistas.

Sodoma y Gomorra para la Iglesia resurgida con la paz religiosa consagrada por el Concordato de Bravo Murillo –setiembre, 1851-, la España de Narváez y sus conmilitones se ofrecía a los ojos del animoso y bien formado episcopado de la época –a su cabeza en esta cruzada el arzobispo Claret- como la antesala del infierno. En una colectividad en la que florecían mohatras, fraudes y concusiones de toda índole y que tenía como indiscutible símbolo y personaje de inexcusable referencia al marqués de Salamanca –audaz banquero y sorprendente jefe de gobierno moderado durante unos meses-, cabía depositar, a los ojos del clero, muy pocas esperanzas de palintocracia… Mas hubo vida después de la “década moderada”, y el consolidamiento del sistema liberal trajo igualmente consigo la implementación de una moral burguesa con aspectos positivos en orden a la moralidad familiar y pública. A finales de la centuria, con la regente María Cristina conocida por el pueblo con el apelativo de “Doña Virtudes”, la densidad ética del conjunto nacional era superior a la de la III República Francesa, la Italia trepidantemente desarrollista y no menos tábida de Humberto I y aun, en ciertos aspectos, de la Inglaterra de las postrimerías de la edad victoriana.

¿Sucederá así en la ocasión presente? El oficio de historiador no es el de arúspice. Pero la apuesta por la honestidad y la bondad de un pueblo –de cualquier pueblo- siempre es, colectiva e individualmente, gratificante y nunca del todo simplemente voluntarista.