Opinión

Coach en el teatro

EL CHIVATO

Mariano Torralba | Sábado 06 de diciembre de 2014
Voy a uno de los pocos estrenos que se realizan en los teatros ahora. Como es invitación, el teatro está lleno de gentes con vaqueros, camisetas coloridas y algunas damitas que aún conservan cierto gusto por la estética; ni un solo traje oscuro entre los caballeros y mucho pantalón roto entre las chicas.

Comienza la función, sin decorado, apenas unos asientos baratos y algún objeto decorativo insignificante; en los laterales y foro unos cerramientos que facilita el propio teatro –por cierto “sordo” como el arquitecto que lo diseñó no hace mucho tiempo- y he de hacer un esfuerzo para entender lo que farfulla el personaje recién aparecido; a los que siguen hay que adivinar lo que dicen, cosa nada difícil pues la función que cuesta reconocer, es un clásico contemporáneo.

Uno de los personajes pretende representar a un médico pero, como no sabe qué hacer con sus manos, el director debe haberle marcado que mantenga las mismas en sus bolsillos del pantalón y… toda la función permanece como un parado de larga duración que no recibe prestación económica alguna. Todo resulta un despropósito, el asesinato de un clásico cuyo autor ya no puede protestar ni negar el permiso de representación, además, era sueco y se haría el ídem. ¡Ah! Pero llega el final de la interminable odisea y, mientras trato de salir, leo el breve papelito a modo de programa y me sobresalto al leer: que alguien –no el director- es responsable del “coach”; estúpido barbarismo de moda entre los simples que, significa en nuestro bello y rico idioma: entrenamiento.

Ahora los actores no necesitan una voz bien impostada, no vocalizar, no proyectar los sonidos que emiten con dificultad, no echar fuera la última sílaba. Lo que necesitan es COACH.