Opinión

La Constitución y las víctimas

TRIBUNA

Agapito Maestre | Sábado 06 de diciembre de 2014

Ayer no se celebró la Constitución, sino el triunfo salvaje de las “instituciones” que construyen su poder sobre la sangre derramada de los inocentes ciudadanos de España. Los pueblos primitivos y salvajes eligen la sangre de sus víctimas para construir sobre ella su futuro. Los pueblos civilizados eligen normas o costumbres civilizadas para edificar su nuevo edificio político. Los primeros desprecian a sus víctimas. Vuelven a matarlas, como suele decirse, civilmente, aunque en verdad es un nuevo asesinato, como todo crimen, “incivil” de la víctima. Los segundos rinden culto a sus muertos y honran permanentemente a quienes cayeron por la construcción de algo en común. Esto pensé el viernes pasado al ver salir de la cárcel a dos de los más horribles criminales de ETA. En realidad, no pensaba en ellos sino en el Gobierno de España, en el Parlamento español y en los jueces de la Audiencia Nacional. Su comportamiento es equiparable al de los pueblos más salvajes del planeta. Terrible. Los famosos poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial de España han optado, definitivamente, por la negación de la víctima, o peor, quieren mantenerse erguidos sobre la sangre de las víctimas.

No es, pues, la Constitución española el fundamento sobre el que se construye la convivencia política de los españoles. Salvo para los discursos de falsa retórica y celebraciones de días de fiesta, la Ley de leyes de 1978 dejó de ser funcional para fijar las bases de un proyecto de vida en común de todos los españoles hace años. Sí, desde que Zapatero, junto a los nacionalistas y el PP, decidieran desmontar la llamada nación española contenida casi alevosamente en nuestra Carta Magna, todo ha sido decadencia. Estamos asistiendo al fin de un designio, un proyecto o destino democrático que se vislumbró en esa Constitución de 1978. Ante la claudicación del Gobierno, el Legislativo y el Ejecutivo ante el terror, sólo me cabe repetir lo que dije en noviembre de 2006 ante más de un millón de personas que se manifestaban en contra de los pactos de Zapatero con ETA.

“Doy las gracias a las víctimas del terrorismo, a esos ciudadanos que murieron solo por ser españoles, por darnos la oportunidad de canalizar nuestro sentimiento de indignación contra un Gobierno que equipara la víctima al verdugo. La víctima no es una parte de un problema. Es la base moral y política de la democracia española.

Porque el destino de la democracia española va del brazo del destino de la víctima, doy las gracias a todas las asociaciones de víctimas del terrorismo por invitarnos a participar en actos de contestación cívica, o sea, Político, a favor de la democracia, que es el principal objetivo criminal de los terroristas. Gracias, pues, a las Asociaciones de Víctimas, porque pocas son las organizaciones civiles que pidan tan poco y ofrezcan tanto. Sólo nos piden compañía, pero a cambio nos dan solidaridad y libertad para que crezcamos como ciudadanos de España.

Sed todos bienvenidos y gritemos por la memoria de las víctimas: Rendición, en mi nombre, ¡no!

Gracias por este grito persuasivo y desgarrado, vital y apasionado. Grito de víctima. Grito Político.”

A continuación, con el título “La luz de las víctimas”, dediqué esta breve alocución a los manifestantes: “Todos los presentes sabemos por qué estamos aquí. Todos tenemos razones que justifican nuestra participación en este espacio común. Político. Y, por supuesto, todos hemos venido aquí movidos por un sentimiento, una pasión, una razón apasionada, que se llama solidaridad con las víctimas del terrorismo, que no cesan de enseñarnos que una nación es también una unidad colectiva de sufrimientos.

Sí, la nación, el Estado democrático, España, tiene, por desgracia, una base de sufrimientos. Pero eso no significa, en modo alguno, que un gobernante pretenda construir un nuevo “Estado” sobre la sangre de los españoles asesinados por el terror. Eso sería una maldad, una perversidad, un crimen de guante blanco.

Sin embargo, sobre esa vileza opera el Gobierno de Zapatero. En realidad, son tres iniquidades las ya perpetradas por el Gobierno de la nación. Primera, quieren montar un nuevo Estado sobre el sufrimiento de los españoles. Segunda, exigen silencio a las víctimas. Tercera, niegan el sentido democrático de las víctimas.

A esas tres violencias sólo podemos enfrentarle la fuerza de una rebelión ciudadana, una contestación civil, animada por el pensamiento de lo que quiere decir de verdad vivir libres. Vivir, sí, como víctimas que no se han dejado arrebatar su condición ciudadana por los terroristas y que no se la dejarán arrebatar por nadie. Víctimas, sí, que no se han resignado a quedar reducidas a objetos de compasión, porque son sujetos políticos. Ciudadanos. Españoles.

Gracias a la iluminación de esos españoles nos rebelamos civilmente contra el Gobierno que negocia con los terroristas sobre el dolor de sus víctimas. La democracia española no se construyó sobre la sangre, aunque ciertamente su capítulo más trágico es la mucha sangre vertida en ella. Nadie diría que la muerte del ser querido, la pérdida de gentes amigas, la mutilación, el insulto o la amenaza sirviesen a la democracia, ni siquiera para fortalecerla, porque en democracia no sobra ni una sola persona. En todo caso, la democracia siguió a pesar de los crímenes.

Pero he aquí que tenemos un Gobierno, el de Zapatero, que se erige sobre el cenagal de un crimen inmenso, imponiendo el silencio que sigue a un acta de defunción. El Gobierno no sólo se conforma con negociar con los verdugos, sino que le pide a las víctimas que colaboren con ellos. He ahí la maldad contra la que me rebelo civilmente. Sólo alguien al margen de toda idea democrática, de sentido común, puede exigirles a las víctimas que, en aras de una paz de cementerio, se lamenten en silencio y que no tengan más consuelo que sus lágrimas. Se les pide en suma que consientan en su sacrificio. Terrible.

Pero, porque ninguna democracia se erige sobre ese modo inhumano de sacrificio, sobre la muerte civil de la víctima, sobre ese crimen de guante blanco, me rebelo civilmente contra el Gobierno de Zapatero y sigo fielmente a la víctima. Rescatemos la lección de las víctimas, en su calidad de españoles, y sentiremos que nuestra democracia derrotará al terrorismo. Persistamos, amigas y amigos, con la AVT en que su lucha, nuestra lucha, es una contestación ciudadana, una rebelión cívica, para que nadie le impida a la víctima rehabilitar su dignidad a través de su participación en el espacio público del que fue expulsada por el terror.

Miremos, sí, con mirada limpia a las víctimas. Aprendamos de su principal hallazgo: España no estámuerta. Han matado a muchos españoles, pero nos quedan su memoria, su dignidad, su justicia. Son las bases para que España no se sienta compadecida por nadie. España sólo quiere ser nación y la víctima, su modelo, su arquetipo, ciudadano.

Recordemos ahora, elevando bien alto nuestras luces, las luces de nuestras víctimas, a todos aquellos que vivieron generosamente luchando por la libertad y que murieron a manos del terror sólo por ser ciudadanos españoles. Sirva este momento de homenaje para reclamar de nuevo “memoria, dignidad y justicia”. “En su nombre, en nuestro nombre, rendición, ¡no!”. Gracias. Muchas gracias a todos. Gracias por participar en este grandioso acontecimiento cívico. Político. Esta inmensa reunión de ciudadanos españoles termina ahora, pero su espíritu permanecerá en la memoria política de todos los hombres de bien. Gracias, otra vez; el acto termina, pero el espíritu de la rebelión cívica continúa. ¡No dejéis que muera!”

Releo estas líneas que escribí en 2006 y sólo siento nostalgia. Melancolía. Todo es fracaso. Y digo:“Todos hemos perdido la guerra”.