Esto NOS dice el Cardenal Rodríguez Madariaga, Presidente de Cáritas Internacionalis, en su Mensaje de Adviento. Y he escrito el “NOS” en mayúsculas porque falta nos hace que NOS enteremos de una vez por todas, que no estamos solos en este mundo y que “hay mucha gente que lo primero que necesita es comida.
Madariaga, uno de los hombres de mayor confianza del Papa FRANCISCO, nos plantea esa necesidad inmediata en los centenares de miles de refugiados que huyen de las zonas de conflicto.
“Cáritas, nos dice Madariaga, llega a familias que lo han perdido todo, hogares, medios de sustento, pertenencias. En todo el mundo, Cáritas distribuye alimentos tras una emergencia y luego trabaja con las personas para ayudarlas y ayudarse a sí mismas”.
Ahora, cuando ha comenzado el Adviento, cuando en este primer mundo nos desatamos por el consumismo ante las próximas fiestas, cuando pensamos en nosotros, solo en nosotros, es conveniente que recordemos que “la Sagrada Familia es nuestra familia”, pues como nos dice el Cardenal en su mensaje :“así como usted habría ayudado a esa familia hace más de dos mil años, ahora está intentando a ayudar a familias necesitadas de hoy a través de su apoyo a Cáritas. Una sola familia humana ya es realidad, hagamos que alimentos para todos también lo sea”.
He visto personalmente como muchas personas, en toda España, han estado trabajando en los distintos bancos de alimentos, para llevar un poco de sustento a cientos de miles de familias que lo están pasando muy mal en nuestro país,-sin rodeos-que tienen hambre. Esa es la noticia: la solidaridad, recordando a la Sagrada familia, que es también nuestra familia.
La Iglesia somos todos, no solo la jerarquía. Los laicos tenemos que estar ahí dando testimonio de nuestra pertenencia a la Iglesia. Los obispos y los sacerdotes nos necesitan más que nunca y no tenemos que dar la espalda precisamente cuando hay acontecimientos que enturbian desgraciadamente a algunos, a los menos.
Por eso, repito, es la hora de la solidaridad y no podemos dejar de considerar que la actual generalizada crisis social y espiritual está cargada de graves desafíos para la familia que, recordamos, una vez más, es el núcleo fundamental de la sociedad y de la comunidad eclesial.
No podemos seguir jugando con “el ande yo caliente…”, solidaridad por encima de todo.