Opinión

Pablo Iglesias y la conspiración del “¡Pásalo!”

PASO CAMBIADO

José Antonio Sentís | Miércoles 10 de diciembre de 2014
Según confesión propia, la difusión del famoso “¡Pásalo!”, el mensaje viral por SMS (entonces no había twitter) difundido para atribuir al Gobierno Aznar la responsabilidad de los atentados islamistas del 11 de mayo de 2004, fue obra del “entorno” de Pablo Iglesias, en su chiringuito de la facultad de Políticas. O dicho en palabras adecuadas al culto a la personalidad que con tanto éxito cultiva el líder de Podemos, fue obra del propio Pablo Iglesias.

Hasta ahora, el mensaje que convocó al acoso y cerco a las sedes del Partido Popular en la misma jornada de reflexión de las elecciones del 14 de mayo de 2004 se había atribuido a la diligencia comunicativa del PSOE. Parece que no fue así. Lo que hizo el PSOE fue mucho más convencional, aunque también eficaz: llevar a Rubalcaba a todas las televisiones con el mensaje “España no se merece un Gobierno que mienta”. Lo cierto es que entre una cosa y la otra, entre el asalto indisimuladamente violento al partido en el Gobierno, su desprestigio y su culpabilización en la matanza terrorista, el propósito socialista de ganar las elecciones se consumó, y España disfrutó de Zapatero los siguientes siete años.

Parece ser que esta gran obra fue propiciada por el niño Iglesias (porque si ahora es joven, imagínense hace once años). Y aunque no consta que a él se deban otros grandes acontecimientos históricos, como la caída del Imperio Romano, la construcción de las Pirámides, la revolución americana o la caída de las Torres Gemelas, sí es cierto que en el terreno doméstico, ese SMS cambió sustancialmente el sucesivo tiempo político con consecuencias que aún ahora sentimos, o más bien padecemos.

La memoria sobre los hechos es siempre útil. Y lo es recordar ahora que entre ese 11 y ese 14 de mayo de 2004, España sufrió una doble conspiración: la puramente, aunque no solo, terrorista (para muchos aún no aclarada suficientemente), y la política. De la primera seguimos sin saber lo sustancial, el origen, aunque sí sepamos lo periférico, las consecuencias. De la segunda conspiración ya nos vamos aclarando. Es la conspiración de los mensajes virales, el aprovechamiento político instantáneo de las redes de comunicación inmediatas.

La cuestión no es saber si apuntala el ego del joven Iglesias su éxito en forzar la llegada de la casta (en sus palabras) socialista al poder. Allá él si ayudó en ese empeño, del que ahora abjura. Lo importante es que en ese momento, de forma iniciática, y en éste con mucho más sentido, es posible una conspiración basada en mensajes virales.

La conformación de la opinión pública como se ha conocido hasta hace poco ha cambiado de forma radical. La capacidad de mutar la opinión pública ha pasado de meses a días, y de días a minutos. Los procesos de cambio político que se sedimentaban durante años (y de ahí las elecciones cada cuatro o cinco habitualmente utilizadas) ahora se dilucidan en tiempos cortísimos. Como mucho, horas.

Sólo hay que ver las encuestas o los estudios de opinión. En España, en sólo un mes, ha crecido más de veinte puntos la percepción sobre la corrupción. ¿Ha crecido veinte puntos la corrupción en treinta días? Obviamente, no. De hecho, en ese mismo mes algo ha disminuido, porque algunos corruptos han ido a la cárcel. Sin embargo, los ciudadanos se han alarmado muchísimo más que antes por las noticias que recibían sobre la corrupción minuto a minuto.

Es tan fácil dramatizarlo todo hasta el apocalipsis en esta época, que cualquier manipulación de las voluntades colectivas es perfectamente posible. Porque este tipo de comunicación no se plantea desde la construcción de un argumento racional, sino desde la explotación de los impulsos sentimentales.

Es eso exactamente lo que ha permitido al mundo nacionalista la agitación favorable al independentismo. Porque no sólo los anuncios de loterías apelan a la sentimentalidad. También los líderes populistas, que han hallado la clave de la manipulación de las conciencias.

Mensajes cortos y directos, propaganda en crudo y sin sofisticar, eslóganes sencillos. Eso está componiendo el modelo político actual. España nos roba, los ricos son malos, el Gobierno trae el ébola, la derecha recorta derechos, Alemania nos explota, los jóvenes no tienen futuro… Tenemos para todos los gustos. Y ninguno de ellos se discute eficazmente, porque para discutirlos se emplean sesudos artículos que, a la postre, nadie lee, porque son demasiado largos.

La extraordinaria soberbia de Pablo Iglesias, al atribuirse la conspiración política del 13 de marzo de 2004, aclara, sin embargo, que las conspiraciones son posibles a golpe de mensaje de texto. Y la pregunta es saber si la sociedad (en parte, claro) ha bajado tanto los brazos como para creérselo ahora como se lo creyó entonces. Y la respuesta es sí.

Parece que la propaganda que antes costaba años (véase el proceso de conformación de la opinión pública en la Alemania nazi, que no fue cosa breve), puede alterar los procesos en días o semanas. O, para que no me digan, la lucha ideológica contra la discriminación racial, que duró décadas (siglos). En España, en apenas diez meses contamos con una fuerza política antes desconocida y desorganizada, aún sin cuadros y con ideas cambiantes (cuando éstas milagrosamente existen), que apunta casi a la mayoría electoral. Y solo con televisión e internet.

Eso, en sí mismo, es una conspiración destructiva para la estabilidad económica y social, incluso para la inteligencia. Pero cualquiera lo dice, porque ya se ha inventado la vacuna contra cualquier crítica. Pues el que la hace puede sufrir perfectamente el acoso de una manada de lobos con un ordenador delante que dejan sin respiración a cualquiera que quiera poner algo de cordura en este proceso compulsivo.

Y si todo esto falla, no hay problema en pasar a la intimidación directa. Porque si algún medio o periodista se resiste a la ofensiva del nuevo poder antisistema, puede encontrarse con una banda que le recuerda quién tiene la sartén por el mango, antes de quedarse con el mango también. Que es exactamente lo que pasó en TVE, cuando Sergio Martín se atrevió a hacer una pregunta incómoda a Pablo Iglesias, por la que ha sufrido algo peor que la Inquisición mediática.

Pero lo importante no fue eso, que los de Podemos y la izquierda en general se tiraran al cuello del periodista. Sino que entraran en tropel en Televisión. Que dejaran claro que tenían la capacidad de actuar en cuadrilla. Todo simbólico, por supuesto. Pero imagínense que cada líder político acude a una entrevista a cualquier medio con una guardia pretoriana a su lado, como quien viene diciendo a los periodistas, aquí están los míos, por si te atreves.

A fin de cuentas, no es más que el modelo de la conspiración del 11-14 de mayo de 2014. Comunicación viral y violencia ritualizada contra el enemigo. Todo rápido, para impedir cualquier defensa del agredido. Y es de agradecer que quien dice que impulsó aquélla, Pablo Iglesias, nos recuerde que puede hacer lo mismo cuando desee.

La historia se está haciendo vertiginosa, como la locura. Es la conspiración del instante, lo que quizá me dé como título para una novela que nunca escribiré.