MIRADA ESCOLÁSTICA
Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 12 de diciembre de 2014
1933 fuel el año en que el estadólatra Ramiro Ledesma Ramos conoce al humanista y contradictorio José Antonio Primo de Rivera. Este segundo año del bienio social-azañista estuvo marcado por tres problemas que no supo solucionar el Gobierno, y que dividió a los republicanos hasta el desencadenamiento de la Guerra Civil: la Ley de Reforma Agraria, la concesión del Estatuto Catalán y la ley sobre Congregaciones religiosas. En estos tres grandes desafíos políticos el Gobierno se movió entre la radicalidad teórica y la pusilanimidad práctica. La inquietud provocada por la política agraria y la política regional del Gobierno Azaña, pero sobre todo por su anticlericalismo exacerbado y por su escasa eficacia para mantener dentro de la Ley a los extremistas de la izquierda – anarcosindicalistas y libertarios -, interesados en alimentar una continua agitación a las masas – cosa relativamente fácil en duros momentos en que la crisis mundial repercutía desastrosamente sobre la economía del país haciendo proliferar el paro hasta cifras no alcanzadas jamás – suscitó oposiciones que abarcaban matices muy diversos; desde el disgusto de la mayor parte de los intelectuales, sintetizado en la célebre frase orteguiana: “No es esto tampoco”, a la aparición de las primeras corrientes inspiradas en el fascismo italiano y en el nacional-socialismo, que acababa de llegar al poder en Alemania, como las J.O.N.S. de Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo; si bien las JONS tenían el propio toque español y de Ramiro; pues éste ya en 1933 hablaba de la nacionalización de la banca, y de adelantarse a una profunda revolución social a fin de que no llegase “por necesidad” la revolución bolchevique que desgarraría la patria y aniquilaría “las esencias españolas”. Otro movimiento pseudofascista era la Falange Española, de José Antonio Primo de Rivera, que se definía por un nacionalismo apasionado junto con una moderna visión de los problemas sociales.
La principal diferencia entre las JONS y la Falange estribaba en el radical antiburguesismo de las JONS y su espíritu revolucionario y violento anticapitalista. La tragedia de José Antonio Primo de Rivera radicaba en que, por formación cultural y religiosa y ambiente familiar, era por naturaleza un alma liberal, inclinada irresistiblemente a las formas políticas liberales, amiga de escuchar siempre con respeto a la opinión ajena – lo que le daba cierto relativismo y educado distanciamiento sobre sus propios pensamientos -, y en él las huellas del fascismo son siempre exteriores y postizas. El falangismo provocó en él que su alma fuera una contradicción irresoluble. Su profundo amor a la patria se expresaba en un estilo suave, delicado y con exquisitos modales que a ojos del fogoso y “duro” Ramiro parecían tímidos. Su temperamento cortés y filantrópico, potenciado por su formación de jurista cristiano, le conducía a formas políticas de tipo liberal y parlamentario. Por ello es su propia naturaleza la que no se cree la doctrina fascista, y opera en él como algo artificial y pegadizo. Era lógico que el jacobinismo violento de Ledesma no pudiese encajar en el girondismo humanista y amable del “señorito” José Antonio. José Antonio se ganaba a todo el mundo más por su temperamento afable y encantador que por sus ideas, y su personalidad no era para nada la de un violento caudillo. Su actitud de duda, su fina ironía, su honestidad intelectual y su incesante curiosidad lo inhabilitaban para lanzar las robustas (y siempre chatas y ordinarias) afirmaciones sin titubeos que se exigen a los conductores de masas, como Lenin, Hitler, Mussolini o Stalin. José Antonio tenía que acabar siendo incompatible con alguien como el zamorano Ramiro, que llegaba a afirmar que “el individuo ha muerto”, como un perfecto leninista nacionalista. Por el contrario, José Antonio Primo de Rivera creyó siempre en el individuo libre, irrepetible, y portador de valores eternos. De haber vivido más el fundador de la Falange hubiera sido un activo político antitotalitario.
La influencia de Fichte y del subjetivismo idealista, alemán en general, explica expresiones “ramirianas” que hubieran asustado mucho a Kafka: “Fuera de nosotros nada existe”. Es así que la fórmula mussoliniana: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”, constituye, de hecho, la esencia jonsista, que abiertamente heredará Franco. Porque Franco, a pesar de las apariencias, huele más a ledesmista que a joseantoniano. El fundador de Falange Española se adscribía al núcleo enraizado del “pensamiento tradicionalista español”; el disfraz filofascista no suponía en él otra cosa que una máscara coyuntural con evidentes escaseces que su portador, liberal de raza, además, temió en todo momento hacer suya definitivamente. Por otra parte, José Antonio era profundamente católico, y Ramiro convencidamente agnóstico. La cohabitación política entre ambos, iniciada con aparente pasión en las postrimerías de 1933, entre mucho café y muchos libros, acabaría siendo imposible.
El anarquismo se había enfrentado con el Gobierno republicano desde julio de 1931; en enero de 1932 había hecho alarde de su fuerza en la aparatosa huelga revolucionaria de la cuenca del Llobregat; luego brotó en chispazos violentos en la campiña andaluza y extremeña – sucesos de Arnedo y de Casas Viejas -. La violencia empleada por Azaña para sofocar este último estallido (enero de 1933) inició la crisis del gobierno de izquierdas, suscitando en las Cortes una oposición en que aparecieron sumados por primera vez, de manera decidida, derechistas y radicales; e incluso un sector del radical-socialismo, pese a hallarse éste representado en el Gobierno.
El movimiento de reacción por parte de las derechas había cuajado en la organización de la C.E.D.A. (Confederación Española de Derechas Autónomas), cuyos dos pilares fueron la Derecha Autónoma Valenciana – estructurada por don Luis Lucia – y la Acción Popular (primitivamente, Acción Nacional), que ya en fecha muy temprana (abril-mayo de 1931) había propuesto como programa la transformación de la República desde dentro, renunciando a la violencia, y que contaba como inspirador al joven sacerdote don Ángel Herrera, director de “El Debate”, y como caudillo en el Parlamento a José María Gil Robles, joven catedrático salmantino cuya revelación en las Cortes Constitucionales significó para las derechas el equivalente de lo que Azaña había representado para las izquierdas. La C.E.D.A. renunciaba al recurso a la violencia y se atenía a la legalidad parlamentaria para efectuar la transformación del Régimen desde dentro, sin olvidar un replanteamiento de la estructura social.
En septiembre de 1933 una nueva consulta al cuerpo electoral – para designar los vocales del Tribunal de Garantías – dio resultados totalmente adversos a los candidatos del Gobierno. Quedaba confirmado, de manera irrebatible, el divorcio del país con las Cortes. Por eso, aunque Azaña trató de desvirtuar el sentido de estas elecciones, descargándolas de significación política, el Presidente de la República se atuvo, con razón, a la evidencia de un hecho que no podía seguirse ignorando. Retirada la confianza al Gabinete, se produjo la crisis total el 8 de septiembre.
Esta crisis fue el estímulo definitivo para un entendimiento del jefe radical con Gil Robles. Disuelto el Parlamento, la coalición de centro y derecha obtuvo en las elecciones de noviembre – presididas por un gobierno puente de Martínez Barrio – un triunfo aplastante, arrollador. Las derechas (C.E.D.A., agrarios, tradicionalistas y alfonsinos de Renovación Española, independientes y nacionalistas) obtuvieron 217 escaños. El centro (radicales, Lliga, conservadores, liberal-demócratas, independientes y progresistas) 163, y las izquierdas no lograron reunir más que 93 puestos, de ellos 53 eran socialistas. El partido de Azaña no sacó más que cinco diputados; los comunistas, uno. La paliza electoral recibida por la izquierda fue de dimensiones históricas. Iba a comenzar el “bienio blanco” (o “negro”, según la izquierda derrotada).
Las izquierdas no supieron perder. Es más, presentaron su derrota como una derrota del Régimen. Azaña había identificado ya, meses atrás, la República con su propia política. Desde entonces es propio de la izquierda el deseo de hacer de la Democracia su propio patrimonio, incurriendo en la contradicción de que se puede ser demócrata desde distintas posturas políticas.
José Antonio Primo de Rivera tuvo acceso a estas Cortes como diputado a través de una candidatura de derechas; pero ya durante el período electoral había tenido lugar – mediante la fusión – siempre imposible – de la F.E. y de las J.O.N.S. de Ramiro – la constitución definitiva del núcleo nacionalsindicalista español. De aquí que José Antonio jugase en el Parlamento – con arreglo a la definición de su “movimiento” político -, un papel marginal a derechas e izquierdas, aunque aplaudiendo algunas iniciativas del Gobierno – por ejemplo, el aplastamiento de la revolución de octubre – y tratando de captar para su ideario a José María Gil Robles, en contra totalmente de los deseos de Ramiro Ledesma Ramos. Como también apoyaría iniciativas legislativas venidas de la izquierda de tipo social, diríase que José Antonio se encontraba en el “centro”. Es así que la Falange, parlamentariamente hablando, fue un partido de centro.