Opinión

Peshawar

INQUISICIONES

Luis de la Corte Ibáñez | Miércoles 17 de diciembre de 2014
Por encima de 130 niños asesinados entre cerca de 150 víctimas muertas a tiros. Casi 250 heridos. Resulta difícil imaginar lo vivido el pasado martes por los menores que tuvieron la infinita mala suerte de acudir a su escuela, como todos los días, en Peshawar, noroeste de Pakistán. Seis individuos equipados con fusiles y explosivos se bastaron para perpetrar esta última y más brutal masacre ocurrida en un país acostumbrado a las masacres. En cambio, un contingente bastante más numeroso de policías armados necesitó nueve largas horas para acabar con los asesinos que abrazan la bandera del TTP, siglas de Tehrik e Taliban Pakistán. Es amargo advertir que el nombre de esta difusa formación yihadista puede traducirse al castellano por “Movimiento de los Estudiantes de Pakistán”. Insoportable ironía que lleva a preguntarse a qué estudios alude tal título cuando sus titulares llevan años atacando escuelas, maestros y escolares hasta llegar ahora a la esta última tragedia nacional, según palabras recientes de su actual primer ministro Nawaz Sharif.

Quien traza ahora estas líneas recuerda bien como en conversaciones mantenidas en Pakistán con altos mandos militares y de inteligencia éstos se empeñaban en protestar una y otra vez por la injusta imagen que su país proyectaba en Occidente mientras se obviaban los enormes esfuerzos realizados en la entonces llamada “guerra contra el terrorismo”. Y pese a todo el sufrimiento padecido por la población pakistaní a causa de la misma violencia terrorista. Ninguno de esos dos argumentos carece de fondo. Desde el inicio de este siglo el país asiático ha concentrado una altísima cuota de los incidentes terroristas perpetrados cada año a escala mundial. Como prueba, según el último registro disponible Pakistán alcanzó el segundo puesto entre todas las naciones afectadas por terrorismo durante 2013, con 2.212 atentados y 2.891 víctimas mortales, siendo únicamente superado a este respecto por el turbulento Irak, ahora sumido en una complejísima guerra a la vez interna e internacional (las cifras proceden de la Base de Terrorismo Global elaborada por el Consorcio Nacional para el Estudio del Terrorismo y sus Respuestas, START por sus siglas en inglés: http://www.start.umd.edu/news/majority-2013-terrorist-attacks-occurred-just-few-countries). Por su parte, las múltiples operaciones militares desarrolladas en las FATA (Áreas Tribales Federalmente Administradas) y la provincia de Khyber Paktunkhawa, ambas zonas limítrofes con Afganistán que sirven de refugio para Al Qaida y los talibán afganos y se encuentran infestadas de yihadistas locales, así como una colaboración continuada (pero fluctuante y parcial) con Estados Unidos, demuestran la implicación de las autoridades pakistaníes en la lucha contra el yihadismo.

No obstante, la historia de aquella lucha está repleta de contradicciones y errores, todos ellos con una misma explicación de principio: el contraproducente empeño en utilizar el extremismo religioso a modo de arma auxiliar y fuerza de reserva, tanto para gestionar las relaciones con países vecinos (de una parte India, de otra Afganistán) como para manejar la compleja realidad de unas áreas fronterizas occidentales donde la identidad nacional (pakistaní a un lado, afgana al otro) pesa bastante menos que la condición étnica (en este caso predominantemente pastún) y que las lealtades tribales y de clan. Esa disposición, hasta ahora no declinada, a intentar aprovechar ideas y fuerzas radicales a favor de los intereses estatales se ha materializado en políticas de palo y zanahoria aplicadas a diferentes milicias yihadistas locales y en la distinción permanente y práctica entre fanáticos malos (sólo en tanto actúen dentro de Pakistán con una violencia que desafíe o moleste al Estado) y fanáticos buenos o útiles y, en esa medida, tolerados o dignos de recibir protección o apoyo. El problema es que el radicalismo es contagioso y tiende siempre a escalar. Y que, a pesar de su tosquedad, los extremistas han sabido ejercer una manipulación más hábil que la del Estado, engañando a las autoridades en cada negociación sostenida con aquéllas. Hay quien piensa que la última operación militar lanzada sobre el bastión tribal de Waziristán del Norte, esgrimida por un portavoz de los talibán pakistaníes como pretexto para excusar el ataque a la escuela de Peshawar, debiera interpretarse como el principio de una rectificación. Habrá que verlo. Y, la verdad, cuesta creerlo. Entre tanto, la masacre también puede constituir la última expresión de las intensas disensiones que desde sus inicios dividen a las fuerzas yihadistas locales entre fanáticos pragmáticos y superfanáticos.