Un burladero...en el centro del albero
Nunca olvidaré aquel comentario de mi buen amigo Enrique E., aficionado a “la fiesta”.
Yo le decía que era algo que no me resultaba grato, a lo que me respondió que quizás no entendiera aquello.
La verdad es que no sabía qué había que entender pero, entre comentario y comentario de la biografía de Juan Belmonte, la de Chaves Nogales, por supuesto, vino a decirme lo que luego habría de leer.
Poco más o menos esto: “En el ruedo se celebra un combate entre un irracional, el morlaco, y un racional; yo [Juan Belmonte]. Se trata de que el irracional, un bicho lleno de vida, cartero de la muerte que lleva en la punta de sus astas, se doblegue a la voluntad del racional; no al revés”.
Pura metáfora de la vida, lucha a muerte contra algo que se nos escapa, porque es imposible racionalizar sus acometidas..., en la que, tarde o temprano, llevamos todas las de perder.
Por eso necesitamos burladeros, para distraernos de esa y otras inexorables verdades; o de las propias embestidas que dejan en evidencia nuestra enorme fragilidad.
También el buen cine es un burladero; el auténtico buen cine, el que ilustra, emociona o entretiene con talento y merece reconocimiento.
La última película del amigo W. Allen es de tal factura.
Un despliegue de paradojas, o contradicciones, que adereza la partida que se juega en “Magia a la luz de la luna”.
Un Colin Firth que, ante la frágil apariencia de Emma Stone ─soberbia en su papel─, parece un “armario ropero” que ha de dar la imagen de solidez de alguien que se reconoce como acérrimo defensor de la pura racionalidad... pero que se dedica al espectáculo de la magia [por cierto, Mr. Firth lo hace tan bien como nos acostumbra].
Ella, una “médium” cuya impostura ha de desenmascarar el “experto” al que se le tiende una celada para apearlo de su pedestal, acabará desmoronando su “sólido” baluarte... cuyas defensas puramente racionales quedan en franca evidencia.
Y la doble presencia de Allen: en el amigo pícaro que urde la trama y en el inevitable psiquiatra, cuyo perfil y el del cartel de “Toma el dinero y corre" los confundo [por cierto, qué quieren que les diga, nunca los veo a la altura de uno de esos buenos sacerdotes católicos que en algún momento de nuestra vida hemos tenido ocasión de conocer].
Todo transcurre por el camino de lo previsible en buena “lógica racional”..., pero mientras tanto los chispeantes diálogos y situaciones, banales sólo lo imprescindible, se suceden uno tras otro.
“Nacemos, y sin cometer ningún delito, ya estamos condenados a muerte...”, por ejemplo.
O el episodio de la tía octogenaria que sale adelante en una operación crítica, tras un accidente, gracias a las reputadas manos de los cirujanos que la atienden, aunque ¿quién sabe si los rezos del colega psiquiatra tuvieron algo que ver?: nadie podría aportar evidencias en uno u otro sentido...
Porque la reflexión acerca de nuestra esencia está ahí, impregnando todo el transcurso de la partida, con un elenco de personajes que cubren buena parte del espectro de conductas.
Sólo por una falta de previsión a la hora de confirmar el horario no pude verla de nuevo al cabo de 48 horas. Hubiera sido la primera vez en mi vida.
No les digo más; sólo que me lo pasé pipa tras ese burladero en medio del albero. Y que el doblaje es soberbio.