Felicito a mis lectores por Navidad y les exhorto a visitar una exposición maravillosa de retratos en el Palacio Real de Madrid. El retrato en las colecciones reales es el título de la muestra que recoge obras maestras, desde el siglo XV hasta hoy, de los grandes pintores de la monarquía española. Deténganse en el último de la serie para entender qué es una familia española. Real. Es imponente. En otra época su autor no consiguió pintar entero el Sol del membrillo, pero ahora se ha vengado de ese fracaso. Ha logrado pintar el sol y la sombra de la monarquía hispánica del postfranquismo. Ahí está la España castiza conviviendo con la universal. Veinte años ha tardado en pintar un cuadro eterno. Ha merecido la pena. Ha impresionado a propios y extraños lo que ya sabíamos: sería un cuadro realista. Vital. La escuela española de pintura realista ha vuelto a crear una obra universal. Es un modelo, un paradigma, para ver en un instante la vida de una nación. Es una obra maestra para exponer permanentemente en el museo de la pintura universal, sí, de la filosofía de España, en el Museo del Prado. Ya nadie podrá pintar otra familia real sin pasar previamente por el cuadro de Antonio López.
Miro el cuadro de Antonio López y veo en un instante España. Ahí está mi país. Mi nación. Mi destino. Mi libertad. Es algo más que una síntesis genial de un período de la historia deEspaña. Entre la intuición y el concepto, entre el sentimiento y el pensamiento sobre lo representado, aparece una voluntad de veracidad, de sinceridad, en el pincel de Antonio López, casi imposible de hallar en otros pintores, o mejor, en otras culturas occidentales de nuestra época. La voluntad de verdad de toda la pintura de Antonio López alcanza en este cuadro quizásu máxima expresión. Es el verismo hecho pintura. Capta lo cambiante y lo sereno, la pesadez y la levedad y, sobre todo, a través de lo visible, de las facciones humanas, copia el alma de los retratados. Pinta con igual destreza la exterior superficie del mundo familiar y lo interior del ánimo de la familia real.
Veamos limpiamente el cuadro, o sea, intentemos no proyectar sobre el lienzo todo lo que alberga nuestro corazón. Miremos la naturalidad, la llaneza y la espontaneidad de la vida que recoge esta pintura. Quien no vea esto al instante, en verdad, diremos de él que no entenderá jamás que la cultura, el arte pictórico en este caso, es poner en claro lo que es oscuro, hacer sencillo la complejidad de la vida. La pintura de Antonio López, alta cultura de la España contemporánea, piensa con claridad, firmeza y seguridad el vértigo de la vida, la espontaneidad de una institución, la Casa Real, que, como el resto de familias de España, está sometida a un destino, una necesidad, del que algunos de sus miembros no parecen haberse percatado con inteligencia y sensibilidad; unos, sí, parece que han intentado construir su libertad al margen de su necesidad, y otros, en realidad es un rasgo común de todos los retratados, han sobreactuado, o peor, se han montado sobre el carro de una tradición casticista que dista mucho de gustar a todos los españoles. No me extraña que al principal protagonista del cuadro, cuando vio por primera vez la obra, no le gustara. Vio retratada su imperfección.
El cuadro de Antonio López sobre la familia de Juan Carlos I, es una fijación pictórica, una explicación cultural, casi conceptual, y sincera de la campechanía, llaneza y naturalidad de una especial familia media española: la familia real. ¡Qué familia no tiene claro-oscuros! Nadie es perfecto. Eso es exactamente lo mejor del cuadro. Antonio López ha pintado con perfección, con realismo, la imperfección. De todos y cada uno. Ha pintado lo que sentimos los españoles cada día. Es tan real, tan próximo a lo que cada uno de nosotros vive en la España contemporánea, que se diría un cuadro realista a mitad de camino entre Galdós y Valle-Inclán. ¡Quizá hiperrealista!
Es comprensible que Antonio López tardara veinte años en pintar el cuadro. Es una radiografía precisa, pormenorizada y, sobre todo, verazde todos y cada uno de los miembros de la familia. Aquí no hay academicismo, simulación y amaneramiento;todo es directo, concreto y cercano: las facciones humanas son el espejo del alma.Y, sobre todo, no hay concesiones a la utopía y a la ucronía, el cuadro de Antonio López recoge todo el espacio y el tiempo, el lugar y la fecha, que configuran la circunstancia de España entre 1975 y 2014. Todo el destino de España, la necesidad que pudiéramos convertir en libertad, está contenido en esta obra maestra. La eterna perdurabilidad en esta obra brota de la inestable circunstancia, del aquí y ahora, de España. Es un tratado filosófico e histórico para entender el devenir de una institución, la monarquía, que parece eterna pero que también es efímera como la vida.Antonio López ha hecho claro y diáfano lo oscuro e impenetrable. Una vez más, como hicieran Velázquez y Goya, la pintura es nuestro principal modo de pensar. Ver este cuadro es percibir: pensar España. Ser español.