El ataque terrorista contra una escuela militar en Peshawar el martes pasado debe servir para recordar por qué se lucha en Pakistán y Afganistán y la verdadera naturaleza del enemigo. Un grupo talibán asaltó un colegio gestionado por el ejército y mató a 141 personas -132 niños y nueve adultos- a sangre fría El objetivo del asalto fue el asesinato de los niños, muchos de ellos hijos de militares. No entraré en discutir la reivindicación del portavoz de los talibán, que ha pretendido justificar esta abominación injustificable so pretexto de una venganza contra los militares. No hay nada que justifique esta atrocidad.
En realidad, los talibán tienen un problema con las escuelas y con los niños. Los yihadistas temen a la enseñanza en libertad e igualdad y temen a las escuelas que no controlan. La valiente Malala Yousafzai es un ejemplo de coraje y dignidad para el mundo porque no se ha dejado amedrentar por los talibán que intentaron arrebatarle la vida y porque se atrevió a escribir –es decir, a contar y a recordar- lo que era el dominio de los talibán en el valle del río Swat durante el tiempo que lo controlaron los miembros del Movimiento Talibán de Pakistán. Los talibán siembran el terror con fusiles y bombas y temen a las niñas y las escuelas.
El Movimiento lo fundó en el año 2007 Batulá Mehsud para combatir contra el gobierno de Pervez Musharraf. El fundador murió por el ataque de un dron en 2009 y le sucedió su primo Hakimullah Mehsud que, a su vez, fue muerto por un dron en 2013. Ahora el líder es Maulana Fazlullah y dirige un conglomerado de unos 30 grupos armados que comparten la aspiración común de implantar un Estado Islamista que aplique la sharia como hicieron entre 1996 y 2001 –y como continúan haciendo allí donde mandan- sus correligionarios en Afganistán. La ofensiva del gobierno desde junio de este año había debilitado al Movimiento Talibán propiciando deserciones y traiciones de jefes tribales y compañeros de viaje.En febrero de 2014, se separaron los yihadistas de Ahrar ul-Hind. En mayo, lo hicieron los talibán de Waziristán del sur al mando de Khalid Mehsud. En agosto, se separaron los de Jamaat ul-Ahrar a las órdenes de Omar Khalid Khorosani. Además, uzbekos y árabes partieron de Pakistán para unirse al Estado Islámico en Irak. Otras facciones fueron alcanzando acuerdos con el gobierno.
El crimen de esta semana ha endurecido la lucha del gobierno contra el Movimiento Talibán. Por una parte, han continuado los combates en Waziristán, donde los talibán han tenido en torno a 50 bajas, y el primer ministro Nawaz Sharif ha retirado la moratoria sobre las penas de muerte, lo que previsiblemente llevará a la ejecución de los condenados encerrados en prisiones de Pakistán. Si los talibán creían que el terror iba a funcionar, parecen haberse equivocado.
El crimen de esta semana marca un punto de inflexión en la relación entre el gobierno y los talibán. La atrocidad cometida con los niños exige una respuesta contundente y hace casi imposible cualquier arreglo político entre Islamabad y el Movimiento Talibán de Pakistán.
El horror de la escuela de Peshawar nos recuerda contra quién se lucha en realidad y el verdadero significado de palabras como “tiranía” o “teocracia”. El gobierno pakistaní ha pasado a la ofensiva. Sin embargo, a los talibán se los derrotará no solo con armas sino con escuelas, maestros y una enseñanza que parta de la dignidad intrínseca de todo ser humano, la libertad, la igualdad ya la razón, que puede ser compatible con la fe. El Islam repudia todo lo que estos asesinos han hecho y todos esos crímenes que se cometen en su nombre.
Hoy esta columna eleva una oración por los muertos en la escuela de Peshawar.