Traducción de Juan Sebastián Cárdenas. Periférica. Cáceres, 2014. 144 páginas. 16 €
Por Esperanza Paredes
Uno de los atractivos principales que nos encontramos en Mi romance es cómo consigue Gordon Lish -conocido sobre todo en Europa por ser el editor de Raymond Carver y Don DeLillo- la apariencia de encontrarnos ante el discurso oral de una persona a través de recursos escritos. Esta estrategia literaria a priori puede parecer sencilla, pero el hecho de que el escritor norteamericano sea capaz de escribir una novela entera gracias a este juego de recursos demuestra una vez más su maestría.. El gran dominio del autor en materia de juegos literarios y de ficción consigue en algunos momentos hacer pensar al lector que se está abusando del empleo de dichos recursos, pero probablemente se trate de la estrategia de juego que quiere transmitir.
A pesar de la apariencia banal de las historias que cuenta el protagonista, a pesar de lo surrealista de la situación ( el protagonista se encuentra en un congreso sobre literatura en el que decide no hablar sobre libros, sino improvisar un monólogo sobre su vida), y tras su apariencia improvisada, el autor nos expone su relación con la muerte y con sus familiares: la relación con su mujer, con su padre, con su madre o con sus tíos, nos sorprenden debido a los rasgos autobiográficos que pueden apreciarse en todo momento. Gordon Lish, a través del narrador con el que comparte nombre, editor de las mismas editoriales , y escritor de los mismos libros que el autor, juega, como lo ha hecho en otras de sus obras, con la confusión entre realidad y ficción, un recurso que el autor domina con pericia y que promueve en el lector el interés por descubrir qué parte del relato es real y cuál es inventada.
La reiteración de frases e ideas, así como la redacción de la historia en un solo párrafo, sin capítulos, sin puntos y aparte, logran crear la impresión de que nos encotramoa ante un verdadero monólogo improvisado. A lo largo de un discurso deshilachado, Gordon Lish va explicándonos de forma desordenada diferentes capítulos de su vida. Nos enteramos así de la mala relación que ha mantenido siempre con su hermana, de que cuando trabajaba en Esquirre tenía que salir a la terraza a mediodía para tomar el sol y aliviar así la enfermedad de su piel y que gracias a eso conoció a una extraña mujer, una voyeur que lo miraba. Sus problemas de alcoholismo, la relación especial que mantenía con sus tíos son algunas de las cosas que nos cuenta el protagonista en su improvisado discurso.
Uno de los ejes que centra el monólogo del protagonista es el reloj de su padre que el autor lleva puesto en el momento de la charla y que describe con gran miniciosidad a los asistentes con el único fin de venderlo. La obsesión por el detalle, la difícil separación entre ficción y realidad, y el continuo reflejo autobiográfico de la obra hacen de esta novela un atractivo libro que el lector disfrutará con seguridad.