TRIBUNA
Luis Asua Brunt | Domingo 21 de diciembre de 2014
Poco a poco se va asentando en el mapa político español, o en la entomología de especies políticas, la noción de progres y rojos entre los partidos de izquierda.
Rojos serían los de Podemos y los de IU. El monopolio de lo progre lo tiene actualmente el PSOE. Para ser más rigurosos: los progres serían los que, sentimentalismos aparte, abrazan la socialdemocracia; y los rojos, los que mantienen la llama del socialismo más o menos revolucionario.
Mi tesis es que para tener éxito político en las sociedades avanzadas, y España lo es, pese a los problemas actuales, el rojo debe mutar a progre. El PSOE lo hizo cuando Felipe González en aquel los congresos del año 1979 proclamó que había dejado de ser marxista. Incluso el mundo abertzale vasco parece que se mueve hacia la socialdemocracia. Antes lo intentaron la CNT, sin éxito (leed el muy recomendable libro de Cercas); o incluso alguna rama de IU, que fue rápidamente liquidada.
Pablo Iglesias, a quien no le falta talento, todo hay que decirlo; está haciendo un viraje muy interesante desde la revolución castro-chavista hacia los modelos nórdicos. Utiliza la palabra concretar de forma muy inteligente para explicar las diferencias entre los programas iniciales de Podemos y los que se están elaborando hoy. Se concretan políticas; lo que antes eran conceptos radicales ahora, matizados, incluso revisados completamente, se convierten en concreciones.
Este viraje del rojerío a la progresía es la que le puede convertir a Podemos en una alternativa real de poder. El PP tiende a ver a Podemos como un problema del PSOE, y confía, supongo, en que el voto del miedo le devolverá a un buen resultado en las elecciones generales tras un batacazo más que previsible en las próximas elecciones municipales y autonómicas.
El PSOE tiene algunos retos. Los más importantes son detener y recuperar la sangría de apoyo hacia Podemos, atraer el voto en Cataluña (más de dos millones) y asomarse al centro para robar votos al PP, al igual que hizo Felipe en 1982. Esto último se hará más evidente cuando nos acerquemos a la campaña electoral.
Pero el viraje de Podemos hacia lo progre puede truncar todo. Para ser progre hay que ser creíble; algo así como ser de gobierno. No basta con denunciar la corrupción, ni los privilegios de la clase política. Hay que formular políticas sensatas (“es la hora del sentido común” dicen sus líderes).
En lo económico, Podemos plantea tres cuestiones muy importantes, y todo hay que decirlo, muy de moda en los países de nuestro entorno. Estas cuestiones son la deuda, la desigualdad y la pobreza (que en el caso de España, se identifica con el paro).
Muchas voces muy autorizadas claman contra la deuda que ha escalado monstruosamente en estos últimos años, pese a las terribles políticas de austeridad que nos hemos infligido. Hay que contabilizar toda la deuda, la privada y la pública: España ya debe tres veces y medio su PIB, la media europea es de más de cuatro veces, y la deuda total de Japón y del Reino Unido están llegando a diez veces su PIB . Y aparte del diagnóstico, nadie que yo sepa, está elaborando un plan para acometer este problema, que como todas las crisis financieras puede estallar de una forma incontrolable. Podemos anuncia una difusa reestructuración ordenada de la deuda. Ni ellos (ni nadie todo hay que decirlo) saben lo que significa, aunque el Financial Times se ha hecho eco recientemente de su propuesta.
Desigualdad y pobreza/paro se atacarán desde una mayor recaudación. Ponen el foco, como no puede ser de otra manera -son políticos que miran por su parroquia-, en la gran empresa y las grandes fortunas. Se olvidan de toda la economía sumergida -pues ahí sí que tienen votos-, que se genera entre los trabajadores informales y las pequeñas empresas y autónomos.
En cuanto a los problemas territoriales, PSOE y Podemos coinciden; ambos refieren el problema a un proceso constituyente en el que “se puede hablar de todo” aunque, también como el PSOE, se muestran contrarios a cualquier secesión.
Donde se les ve el plumero es en algunas propuestas inevitables de la izquierda radical. La recuperación mediante “adquisición” de los sectores estratégicos de la economía: telecomunicaciones, energía, alimentación, transporte, sanitario, farmacéutico, educativo, medios de comunicación.
Proponen nuestra salida de la OTAN y la renuncia a cualquier relación con los EEUU y la Iglesia Católica. También la abolición en la práctica de la ley hipotecaria y de los derechos de propiedad intelectual e industrial, de los tratados de libre comercio, y de la enseñanza religiosa. Promueven una renta mínima, la inmigración libre y algunas prohibiciones: los lobbies, la concentración de medios de comunicación, el deporte no solidario (¿?,) el fracking, la energía nuclear, las centrales de gas y carbón, los toros, e incluso la caza mayor.
La mutación de rojo a progre si se hace creíble suele ser muy efectiva. El PSOE apenas tardó tres años en convertirse en un partido de mayoría absoluta, y la izquierda abertzale, que renunció a la revolución hace algunos años, y pese al bagaje bastante siniestro que acarrea, hoy disputa ser la primera fuerza del País Vasco. Lo mismo ocurre en Cataluña, aunque ERC siempre fue ambivalente en su radicalidad.
En este contexto, el viraje de Podemos es mucho más fácil pues apenas tienen pasado que criticar desde la incoherencia. Han tenido cierta cooperación con algunos paraísos socialistas y una larga permanencia entre la casta universitaria (ésta si un problema estructural de España) pero eso no da mucho de sí, como estamos viendo estos días con el caso Errejón.
Creo que su éxito dependerá más de la resistencia del PSOE a que le ocupen su espacio y también a si se abre un debate sobre sus propuestas. Lo normal será la personalización, la búsqueda de la confrontación personal, lo que los ingleses llaman el bestial politics, que es lo habitual en la política española y a todos los niveles, pero poco saldrá de ahí. Al revés, el concepto de “casta” ha calado, y en la confrontación personal los políticos tradicionales tienen mucho más que perder. Incluso, y de nuevo, destaco a Pablo Iglesias, quien actúa con extraña naturalidad en este campo, no renuncia a su comunismo de “infancia” al que denomina algo así como ataduras sentimentales. Desde luego, este hombre piensa su discurso.
Si no fuera por lo que nos jugamos, vienen tiempos muy interesantes. Dos fuerzas políticas de izquierda peleando por el espacio político que da el poder, y un Partido Popular cada vez más en estado de estupefacción o apoplejía a la espera que la sacrosanta sabiduría del pueblo español, de su electorado en suma, reaccione y que en y por el pánico se les vuelva a votar abrumadoramente. Una apuesta escalofriantemente conservadora que puede salir muy mal.