Opinión

Los tontos contemporáneos

COSAS VEREDES

María Cano | Lunes 22 de diciembre de 2014

La expresión no es mía, sino de Luis del Val, periodista de la Cope que me arranca una sonrisa cada mañana con su ironía edulcorada y con los consejos sabios de su tía Pascualina. Y tiene razón al afrontar cada jornada con humor porque la realidad, al menos la que sale en los papeles y en los telediarios, no la podemos cambiar así como así. Me apunto a usar como escudo la sonrisa.

Pero en lo que más razón tiene es en esa remesa de tontos contemporáneos que pueblan oficinas, bares y hogares. Seguro que usted también conoce a alguno. Son los más listos, o eso creen ellos, y desprecian al resto por su bajeza real o figurada, por ser indignos de su atención, por hacerlo todo mucho peor y por no pertenecer a su imaginaria casta.

Suelen ser arrogantes, soberbios y, sí, bastante tontos. Emiten juicios fulminantes y si no piensas como ellos, eres idiota. Jamás reconocen un error porque su ego les impide detectarlos y, en consecuencia, nunca piden disculpas. Transitan por la vida con la barbilla tan alta que cualquier día se la estamparán contra algún muro que no logren esquivar a tiempo, porque el resto de los tontos ya nos encargamos de evitarles y de que no nos la claven en un ojo.

Huelen a rabia, a envidia y a fracaso y tienen el don de crispar el ambiente, pero siempre asoma a sus labios una lección magistral que enseñar, una doctrina, santa palabra. Pero sólo sobre asuntos importantes, que los demás ya se los dejan al vulgo para que se entretenga.

En estos días en que los otros tontos, los de siempre, nos ajetreamos preparando la Navidad, trajinando ilusiones para los nuestros y contando ya los minutos para disfrutar juntos cantando y comiendo turrón (qué tontería tan vulgar), no he podido evitar pensar en ellos y en su falta de luz, en su desgracia vital. Porque los pobrecitos no son felices ni podrán serlo. Y siento lástima por ellos, que es de lo peor que se puede sentir por alguien, en mi opinión.

En Navidad se habla de paz, amor y perdón. Y nos quedamos tan anchos. Qué fácil es querer a los nuestros. Incluso perdonarles, porque les adoramos. Por eso, he decidido que este año mi Navidad y propósito para el nuevo año va a consistir en disparar a matar a estos tontos contemporáneos con balas de buen rollo por mucho que me cueste.

Una amiga me contó hace poco que estaba en un bar tomando algo con su marido y al mirar a su alrededor descubrió que un par de parejas, en sus respectivas mesas, apuraban sus cervezas en silencio. Otra pareja más jovencita charlaba con calma y el camarero no tenía su mejor día. Mi amiga, que es muy zen y se pispa de todo, se propuso provocar una reacción en cadena y bromeó con el cariacontecido camarero hasta arrancarle una sonrisa. A su vez, cuando el joven sirvió a una de las parejas silenciosas, les soltó un chascarrillo y, como si los resucitara, comenzaron a charlar distendidos cuando se marchó a la siguiente mesa. Y así con el resto.

Si en vez de salir de casa con el traje de perdonavidas y el gesto serio para que no se nos cuelen en la rotonda de turno o nos quiten el sitio en el metro todos hiciéramos el esfuerzo de sonreír y tratar de alegrar el día al resto, mejor nos iría. Pero claro, pensarán que esto es una tontería. ¿Se animan a probar?

Con mi mejor sonrisa, feliz Navidad.