América

Crónica de América: El exilio cubano se enfrenta entre sí

¿QUÉ PIENSAN LAS VÍCTIMAS DE LA DICTADURA CASTRISTA?

Rafael Fuentes | Jueves 25 de diciembre de 2014
La decisión de Obama rompe a los exiliados. Por Rafael Fuentes

¿Qué piensan las víctimas de la dictadura castrista sobre la apertura de relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana? La opinión pública mundial se ha despertado con un enfrentamiento interno entre ellas, en una fractura que amenaza con hacerse más rígida e intransigente conforme avance el tiempo, contraponiendo a quienes se oponen radicalmente a los cambios y a los que los aceptan sin reservas como una estrategia novedosa contra el castrismo. La inercia nos llevará a considerar que todas las víctimas del castrismo mantienen una posición unánime contra sus verdugos, atrincherados en un comunismo antediluviano. Pero lo cierto es que el transcurso del tiempo y la diversidad de afrentas infligidas a los damnificados por la dictadura, ha creado entre estos diferentes modos de reaccionar ante la tiranía en la isla caribeña.

El cambio de posición decidido por Obama ha sacado a la luz pública internacional estas divergencias, que desde comienzos del siglo XXI venían acentuándose de forma inexorable, aunque se expresasen de un modo discreto. Ahora el giro estadounidense ha puesto de relieve esta disparidad de criterios y las víctimas del castrismo se ven enfrentadas entre sí en posturas nítidamente contrapuestas. Es posible que la confrontación se incremente en los próximos meses y años. Algo que hubiera sido inconcebible si el restablecimiento de los vínculos diplomáticos se hubiese pretendido llevar a cabo antes del siglo XXI. De haberse intentado algo similar antes de la caída del Muro de Berlín, las reacciones habrían tenido otro carácter, unitario y explosivo en su contra dentro del orden interno norteamericano, además de una inviabilidad absoluta en el tablero geoestratégico mundial.

Aseverar que la decisión histórica del presidente Barack Obama debería haberse tomado antes de la década de los noventa no solo es un brindis al sol, sino también una beligerancia antinorteamericana profundamente desinformada. Sin embargo, las investigaciones académicas que Obama ha tenido en sus manos antes de dar el paso definitivo, venían señalando desde hacía tiempo que solo a partir de la última década del siglo XX habían comenzado a germinar profundas transformaciones en el anticastrismo. No únicamente las estrategias internacionales sufrieron un vuelco absoluto con el fin de la Guerra Fría, y, posteriormente, la eclosión financiera de una China políticamente comunista pero con una economía mixta con la que Estados Unidos ha sintonizado, sino que en el seno de la disidencia y el exilio cubanos comenzaron a perfilarse posiciones y actitudes ideológicas cada vez más diferenciadas entre sí.

Quizá debamos las exploraciones con mayor solidez académica a las realizadas por el Cuban Research Institute de Florida International University (FIU). Sus estudios delinean tres grupos sociales cada vez más distintos dentro de ese exilio cubano mayoritariamente concentrado en el Estado norteamericano de Florida. Estaría, en primer término, la gran base migratoria a raíz de la Revolución castrista, con una inconmovible hostilidad ideológica contra el régimen comunista y con heridas aún abiertas padecidas en primera persona. Sin embargo, un grupo bien diferente lo constituyen los emigrantes económicos que empiezan a fraguar a partir de 1990, un exilio más pragmático y menos ideologizado. Asimismo, un perfil igualmente dispar a las dos comunidades anteriores, lo forman los descendientes de emigrantes cubanos nacidos en suelo norteamericano en la década de los noventa y que ahora han venido accediendo a la mayoría de edad como norteamericanos cubanodescendientes de tercera generación.

Los sondeos de Cuban Research Institute de la Universidad Internacional de Florida (FIU) ya indicaban hace tiempo que -mucho antes de los acuerdos entre Raúl Castro y Obama- la emigración económica y los vástagos de tercera generación veían con buenos ojos un cambio de la política estadounidense hacia la isla caribeña. La emigración inicial configurada hasta la década de 1980, es inequívoca y mayoritariamente adversa a restablecer relaciones diplomáticas con La Habana y por completo hostil a ceder ni un ápice en el embargo económico establecido por Estados Unidos, un bloqueo fijado primero como reacción a las expropiaciones del régimen comunista a las pertenencias de compañías y ciudadanos norteamericanos en Cuba -un asunto que afecta también a ciudadanos españoles-, y después ampliado por el Cuban Democracy Act, donde se incrementaban las exigencias de democratización y respeto a los Derechos Humanos, y finalmente instaurado con la Ley Helms-Burton Act, consensuada en el Congreso estadounidense, con una todavía más firme determinación de agotar los recursos económicos del castrismo y facilitar una apertura democrática.

Una postura firme, que unida a la Posición Común de la Unión Europea fraguada por los Gobiernos de José María Aznar, habría logrado con toda probabilidad sus objetivos si el petróleo venezolano gestionado por Hugo Chávez no hubiese proporcionado una providencial ayuda económica a los Castro, a la vez que reverdecer el respaldo diplomático en Hispanoamérica al viejo dinosauro caribeño. Aquella emigración cubana llegada a Estados Unidos hasta la década de los ochenta sigue siendo incuestionablemente fiel al embargo configurado por la Ley Helms-Burton Act e intransigente con cualquier normalización diplomática. Este exilio histórico es que ha salido estos días a las calles de Miami para rechazar lo que consideran concesiones de Estados Unidos a Cuba a cambio de nada. Las agencias de noticias se han hecho eco de las furiosas proclamas contra el presidente norteamericano: “¡Obama traidor!”, “¡Obama comunista!, “¡Obama cobarde!”, han sido las consignas más moderadas.

Sus descendientes de tercera generación y los emigrados por motivos económicos no se han pronunciado tan abiertamente. Pero las investigaciones académicas venían apuntando entre ellos una actitud bien distinta a la de la emigración histórica. Entre ellos se ha establecido una actitud mayoritariamente favorable a restablecer relaciones diplomáticas que les permitan volar a la isla y reencontrarse con sus familiares. También se declaran propicios a que Cuba deje de figurar entre los “Estados Patrocinadores del Terrorismo”, en una lista que ahora comparte junto a Irán, Sudán y Siria. Por último, el sector más joven está claramente en contra de la perpetuación del embargo. Una recientísima encuesta de Bendixen & Fernand Amanti tras el viraje de Obama para El Nuevo Herald y el Tampa Bay certificó la división simétrica del exilio cubano en Florida sobre la nueva situación, ligeramente favorable a ella si se incluyen a los exiliados cubanos radicados fuera de Florida.

Pero quien no quiera enfrascarse en tratados sociológicos sobre los distintos sectores de los exiliados ni bucear en los porcentajes de las cifras que arrojan las encuestas, puede tener una visión plástica, profunda y amena a través de la narrativa norteamericana sobre esta cuestión, entre la que destaca la novela de Tom Wolfe Back to Blood de 2012, traducida el año pasado al español como Bloody Miami (editorial Anagrama), donde el pionero del Nuevo Periodismo parte de una rigurosa investigación para narrar la historia del joven Néstor Camacho, cubanodescendiente nacido en Hialeah, en el condado de Miami-Dade, la urbe de Estados Unidos con mayor porcentaje de hispanohablantes, casi el 90 %. Su incorporación a la Policía costera y la detención de un balsero cubano que huye por motivos económicos, supondrá un dolorosísimo enfrentamiento con sus propios padres y con la comunidad de donde procede. Las costuras de los distintos sectores de la emigración se van rasgando en perfiles ideológicos y actitudes vitales cada vez más antagónicos.

Como siempre sucede en las auténticas tragedias, los diferentes protagonistas del exilio cubano, agitados hoy por el acuerdo entre Raúl Castro y Obama, tienen por igual razón. El exilio histórico posee argumentos morales contra un régimen homicida que ha cometido crímenes de lesa humanidad. En tanto se ha establecido una opinión unánime favorable a juzgar los delitos de las dictaduras militares derechistas de Hispanoamérica, parece diluirse idéntica exigencia hacia una dictadura de izquierdas sustentada en equivalentes procedimientos. Estados Unidos era, hasta ahora, la última esperanza de obtener justica ante esos brutales atropellos. En cuanto al embargo, la ayuda de la extinta Unión Soviética primero y el auxilio venezolano después, permitieron al castrismo mantener la nariz fuera del agua, al borde siempre de una asfixia definitiva.

Para los defensores del embargo, el inminente derrumbe de la economía de Venezuela, impedirá ese subsidio vital y dejará desarmado al Partido Comunista. Sin duda, esta expectativa del desplome venezolano ha sido decisiva para que Raúl Castro acepte la oferta norteamericana. Para los anticastristas cualquier inversión que se haga en la isla estará secuestrada políticamente, ya que en cuanto no obedezca las directrices corruptas del poder podrá ser confiscada dentro de la absoluta inseguridad jurídica de la que siempre ha hecho gala el Gobierno cubano. Este exilio histórico no puede detener el restablecimiento de vínculos diplomáticos, pero se esforzará al máximo para encontrar un respaldo en los congresistas republicanos que impida derogar la compleja Ley Helms-Burton que sustenta el embargo.

En el otro extremo, exiliados de nuevo cuño y las nuevas generaciones de cubanodescendientes, ven en la apertura diplomática un modo de restaurar los vínculos familiares o conectar con las raíces de su cultura, pudiendo ayudarles económicamente. Frente al embargo, son mucho más receptivos con los análisis actuales de la Casa Blanca. En previsión del desplome de Venezuela, Cuba ha comenzado a crear Zonas Especial Desarrollo (ZED), diseñadas como espacios francos donde se admite la libre transferencia de recursos financieros del exterior. La ZED del puerto de Mariel ya ha recibido inversiones millonarias de Brasil. Está prevista la llegada de capital mexicano y europeo, después de que el exministro de Asuntos Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, sentase las bases para acabar con la Posición Común de la Unión Europea frente a Cuba. Incluso la República Popular China ha condecorado en reiteradas ocasiones a Fidel Castro y sus apoyos financieros difícilmente consentirán un hundimiento sin paliativos del régimen cubano cuando los intereses de China en Hispanoamérica son ahora de tal envergadura. El sector del exilio más próximo a las decisiones de Obama no cree, dadas estas circunstancias, que el embargo tenga verdaderos efectos democratizadores. No es que miren con ninguna simpatía al régimen comunista, pero sí creen que a estas alturas del siglo XXI el bloqueo ha quedado trasnochado y que una apertura comercial es por el contrario un regalo envenenado que a medio y largo plazo será más destructivo para las premisas del castrismo.

Sin duda, la estructura de doble moneda que rige en la isla, con un Peso-dólar gestionado a favor de los líderes comunistas, y un Peso casi sin valor económico para el resto de la población, y la creación de las ZED con inversiones hispanoamericanas y europeas, habría supuesto, en la práctica, una vital inyección económica destinada a robustecer al Partido Comunista Cubano, enriquecer a sus militantes y hacer más efectivo y poderoso su aparato represivo. Raúl Castro ha mostrado dotes sobresalientes para captar esta financiación y fingir una falsa actividad económica independiente entre la población para que los Gobiernos hispanoamericanos y europeos pudieran vender a sus respectivas ciudadanías una imaginaria y fraudulenta liberalización política que jamás se ha producido durante su mandato y con toda probabilidad tiene en mente impedir a toda costa, pese a las añagazas con que simula hacerlo.

Sin embargo, es un hecho incuestionable que de llevarse a cabo la liquidación del embargo norteamericano -algo que no se producirá de una día para otro-, las circunstancias cambian radicalmente. Un futuro libre comercio desde Estados Unidos, inversiones de la Unión Europea e Hispanoamérica, junto a la financiación desde China, suponen un volumen de actividad no tan fácil de controlar íntegramente por el aparato estatal y el partido Comunista. La creación de una clase media a partir de negocios privados sería la principal vía para una posible adquisición de derechos civiles. Pero esta posibilidad no es matemática, segura ni sometida a una predeterminada ley de causa-efecto. Si el régimen cubano logra envenenar a los inversores y enfrentarlos en una pelea por un aparente botín, tendrá más fácil limitar la actividad a zonas francas y emplear los beneficios en vigorizarse y volver a exportar la Revolución bajo rostros camuflados similares al “socialismo del siglo XXI”.

Para conjurar este riesgo es fundamental una renovación de los vínculos atlánticos. Solo una posición común europea en sintonía con Estados Unidos y las democracias hispanoamericanas harían posible que la apertura comercial no se circunscriba a áreas controladas estatalmente, sino que produzca riqueza en los bolsillos privados de los cubanos. Esto y una profunda conexión con la disidencia, imprescindible para gestionar cualquier tipo de democratización, presupone el único camino para garantizar que el desbloqueo económico tenga verdaderas consecuencias políticas a favor de los Derechos Humanos y contra del autoritarismo.