Opinión

Las uvas de la ira

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS

José Antonio Ruiz | Viernes 26 de diciembre de 2014

Steinbeck, Nobel y Pulitzer, con un par, no escribió ‘The Grapes of Wrath’ pensando en España. Pero ya puestos a elucubrar con el preterible, perfectamente pudiera haber situado la trama en esta tierra fenicia de conejos que, como la Oklahoma de los años treinta, pasa la resaca de la Gran Depresión haciéndoselo mirar, esperanzada en el New Deal de Franklin Delano Roosevelt, reencarnado en un tal Pablo Iglesias, salvador de los afligidos por la casta opresora.

Es pronto para saber si el líder prematuro de los piños de Madonna y la barba choto de Tarás Bulba es un Mesías o un «abrazafarolas», que diría mi querido y admirado José María García. Lo que parece incuestionable, es su vocación de «agradador» de conveniencia, pues con tal de captar adeptos para su secta política, se afana por jalearle los discursos al Papa, al Rey, al Dalái Lama, a Elvis Presley y a todo aquél que le pueda reportar adhesiones inquebrantables a través de persona interpuesta: los miembros de cada uno de los respectivos club de fans, dicho sea con el debido respeto y un poco de guasa caribeña para restar engolamientos artificiosos al sermón profano de la montaña.

Algo falla en Cabo Cañaveral, donde los cohetes de la NASA, cuando la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado (art. 1.2 CE); cuando la justicia emana del pueblo (art. 117.1); cuando «Hacienda somos todos», según el juez Castro, y tal y tal (…) Y resulta que el pueblo, en cuyo nombre hablan todos en vano, contempla impávido cómo usurpan su identidad y cómo profanan su cuerpo como si fuera la puta virgen de García Márquez.

Todos los caudillos pronuncian tu nombre en vano, pero resulta que, acabada la fiesta, el pueblo no pinta una mierda porque nadie lo ha invitado a la verbena, y además tiene que pagar ‘El festín de Babette’, la pensión y la cama. Para estar así, mejor inclusive tirar para Barranquilla.

«Esta España es casi la peor que he conocido», escribe Antonio Gala. Al abajo firmante le sucede tres cuartos el reloj de Sol, algo parecido, aunque a más de un incrédulo, ‘Filomeno, a mi pesar’ (Memorias torrentianas de un señorito descolocado), nos gustaría creer que España todavía tiene remedio.

Pero son tantos quienes se empeñan en joderla, y tan pocos quienes se afanan en defenderla, que hay que ser un iluso para perseverar en la búsqueda del santo grial que la salve in extremis de una muerte segura con el elixir de la vida eterna.

¿Pesimismo antropológico? ¡No! Realismo mágico. Lo que va de Rulfo a Cunqueiro; unos fotogramas sueltos de Nouvelle vague, avec Truffaut, Godard y Chabrol; y mucho de Neorrealismo italiano de Visconti, Fellini y Vittorio De Sica.

Hemos pasado, qué tristeza, de la ‘Roma, città aperta’, de Rosselini, a la hermosa Barcelona de las bullangas callejeras, ahora obsesionada con dispararse al pie con un trabuc, empeñada en ser la ciudad casposa que soñó el señorito Arturo, ‘Ladri di biciclette’.

Este cronista no necesita un Rey predicador que redima a su pueblo. Pero ya puestos, ante la imposibilidad de poner en entredicho el hecho consumado, lo que no necesita es un rey que haga alegatos televisivos contra la mangancia, en lugar de profesión de fe de la única misión que a fin de cuentas justifica su injustificable razón de existencia: la unidad de esta cosa tan aparatosa llamada España y lo que le cuelga.

Mal fario nos espera como lo fiemos todo a la eventualidad de que a un furgón cargado de billetes se le desencaje la puerta trasera y deje escapar cientos de millones, como ha sucedido en Hong Kong. Como España se empeñe en esperar a que se invente el crecepelo milagroso..., para entonces, todos calvos, porque el ciber-ataque coreano a Sony Pictures va a quedar reducido a una broma de becarios de ingeniería informática, comparado con.

Que el Gordo de Navidad haya tocado en el Museo de Cera de Madrid es toda una premonición metafórica. A los atléticos nos ha tocado El Niño, con el regreso del Hijo pródigo al Calderón, donde volverá a lucir el sol, como en los Teletubbies.

Quienes escribimos sólo por el gozo y la necesidad de hacerlo, hace tiempo que lo dimos todo por perdido, a la espera de la valquiria que recoja nuestro cuerpo inerte del campo de batalla mientras suena de fondo la Cabalgata de Richard Wagner. Cursi de cojones, lo sé, pero mola imaginarlo para sobrellevar la frustración que genera saber que no existe posibilidad alguna de optar al puesto de campanero de la catedral de Valencia.