Opinión

Estabilidad vs incertidumbre

TRIBUNA

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 29 de diciembre de 2014

Rajoy culmina cada año de su mandato con una conferencia de prensa que hace balance de lo conseguido y plantea las tareas que se propone abordar durante el año que va a empezar. Es una forma de comunicación más ágil, más concreta y más pegada al suelo de la realidad que los mensajes al uso en estas fechas, naturalmente más institucionales y más generalistas y, desde luego, totalmente lógicos en quienes, porque reinan pero no gobiernan, desempeñan cargos que están por encima de la diversidad y pluralidad políticas. Unos pocos días antes del Presidente del Gobierno, tuvimos ocasión de recibir el primer mensaje navideño de Felipe VI que, salvo por el minoritario sector antimonárquico, ha sido valorado muy positivamente por lo que dijo y por cómo lo dijo, por el fondo y por la forma, como suele decirse. En solo seis meses de reinado nuestro nuevo Rey ha dado ya cumplidas muestras de madurez y de acierto y su mensaje en la Nochebuena posee todas las cualidades para ser considerado como antológico.

Me alegró mucho que -en contra de los sabihondos que aseguraban que, por supuesto, habría un párrafo dedicado a la valoración de la situación judicial de su hermana, la infanta Cristina- el Rey no estimara oportuno dar gusto a los que confunden cotilleo con información. Todo el mundo sabe lo que don Felipe piensa de este desagradable episodio y no necesita añadir nada al respecto. No estoy de acuerdo con los que insisten en que este feo asunto ha dañado a la Monarquía. No es cómodo que en su entorno aparezcan conductas como las que se están juzgando, pero la institución, la Corona y quien la encarna, el Rey, no tiene por qué verse afectado porque nada tiene que ver con tales tristes enredos. En todas las dinastías han aparecido en ocasiones inevitables “garbanzos negros” que no han afectado a la Monarquía como tal. Y lo mismo ha sucedido en los entornos institucionales no monárquicos. Las responsabilidades penales son estrictamente personales y sólo faltaba que volviéramos a las prácticas medievales en la que las penas por ciertos delitos recaían sobre la entera familia del delincuente.

Felipe VI proyectó, en su mensaje, una neta imagen de estabilidad. Esa estabilidad que, si no me equivoco, fue el eje central de la intervención de Rajoy ante la Prensa. La estabilidad es el atributo fundamental de los países serios, fiables y previsibles. Puede incluso resultar aburrida para quienes conciben la política como un circo basado en la sensación y el sobresalto, con números sucesivos que se empujan y desplazan para ocupar el proscenio, los titulares y las audiencias. Dice todo de una cierta concepción de la información, que los dos personajes más mediáticos de los últimos meses hayan sido el líder de Podemos y “el pequeño Nicolás”. ¿Se podrán fiar de las hemerotecas los historiadores del futuro para tener una cierta idea de cómo ha sido nuestra época y cuáles las vivencias de los hombres y las mujeres de hoy?

La política de Rajoy nada tiene que ver con esa concepción circense. Le ha tocado gobernar este complejo país en el peor momento de este periodo histórico que no está para bromas ni para frivolidades. Dice la verdad, esto es, describe la situación como la ve y como la siente, pero se le escruta minuciosamente. Hace pocas semanas fue objeto de duras críticas porque habría dicho que “la crisis es historia”. La frase era exacta pero, que yo sepa, nadie la publicó completa: “En muchos aspectos, la crisis es historia”. Las tres primeras palabras cambiaban el sentido total de la frase pero mandan titulares y hay que echar carnaza a las fieras. Es el periodismo en blanco y negro, sin matices, que han criticado desde hace años los maestros americanos y que aquí impera ahora a sus anchas.

El Presidente, precisamente porque apuesta por la estabilidad, se atrevió a hacer el elogio del bipartidismo, actualmente la bestia negra de los aficionados al circo, y hasta no descartó una hipotética gran coalición, remedio de última hora y solución de compromiso a la que los países serios y estables recurren cuando corre peligro esa estabilidad y, con ella, el propio sistema. Claro está que eso lo decía desde la más absoluta de las soledades, pues enfrente no tiene a nadie con quien pactar. El PSOE parece empeñado en echar por tierra su condición de alternativa de gobierno y no puede extrañar que en su propio seno cunda la inquietud ante la errática trayectoria de su actual no-líder Pedro Sánchez, que cada día se supera a sí mismo en inconsistencia y frivolidad.

Decíamos que en solo seis meses Felipe VI ha mostrado su madurez. En los mismos seis meses, Pedro Sánchez ha dejado en evidencia su incapacidad para dirigir un gran partido. Ya no vale la pena ni comentar sus patéticas ocurrencias como esa última del “patriotismo de las cuentas en Suiza” o algo así que fue lo único que supo decir –aparte de otras manoseadas vulgaridades- tras la comparecencia de Rajoy, aunque he oído que incluso ni esperó a que el Presidente terminara su intervención. Decididamente estamos ante una nueva y patente confirmación del principio de Peter, que subraya que alguien competente en un nivel puede devenir incompetente si se le eleva a un nivel superior, para el que no está suficientemente preparado. Aunque creo que somos muchos los que ignoramos en que niveles, anteriores a su investidura como secretario general del PSOE, había mostrado Pedro Sánchez su hipotética competencia. No deja de ser significativo que Felipe González haya dicho que este PSOE está peor que el de 1979, momento de su segunda derrota ante UCD.

Rajoy ha apoyado sus palabras en los números que ya nadie puede poner en duda. “España crece con bases sólidas, por encima de la media de la UE”. Es una evidencia que nadie puede negar, aunque, desgraciadamente, abundan aquí los adeptos del catastrofismo que no pueden disimular su contrariedad, por decirlo suavemente, cuando las perspectivas son más optimistas. El argumento de los Pedro Sánchez y compañía es bien sabido: Todo está peor (¿qué con Zapatero?) y sacando pecho se afirma que mientras haya un parado no podremos darnos por satisfechos. Pero tiene que quedar claro que la culpa de todo la tiene Rajoy. Disparan ahora contra la política de empleo (modificada de un aspecto muy concreto por el Tribunal Supremo) pero no quieren enterarse de que dos socialistas, Valls y Renzi, están haciendo en sus países lo que España ya había hecho, con este Gobierno. En Alemania no ha hecho falta porque otro socialista –mejor socialdemócrata, que por aquí no saben todavía lo qué es- Schröder lo había hecho ya hace diez años. Lo más preocupante, ahora, es nuestro entorno europeo que no sale de su estancamiento y, lo peor, con unas elecciones griegas a la vista que pueden sumir a ese país, con repercusiones en toda la UE, en el trágico circo del populismo irresponsable.

Se acusa a Rajoy de electoralismo, ante un año plagado de hitos electorales. Es una de esas acusaciones tontorronas porque no creo que existan políticos que no tengan a la vista el calendario electoral. Y en el caso de Rajoy es evidente que quiere y puede presentarse a las futuras elecciones con un balance positivo. Lo que no le impide afirmar que queda mucho por hacer. Lo que quiere hacer en el 2015, que él define como el año del “despegue definitivo” y lo que pretende hacer en la próxima legislatura. Los españoles tienen la palabra. Y el voto.

El panorama no puede ser más simple. Rajoy representa esa estabilidad, más necesaria que nunca para que España y los españoles recuperen los niveles de vida y de empleo que la crisis se llevó por delante. Enfrente solo hay incertidumbre. La incertidumbre de un viejo y sólido partido que ha perdido el norte; la incertidumbre de una asamblea de Facultad devenida partido político y que cuesta trabajo imaginar que los españoles vayan a convertir en partido de gobierno. Estos populismos se desinflan enseguida, como ya le está ocurriendo, en Italia, al llamado Movimiento Cinco Estrellas del cómico Beppe Grillo. Ya decíamos que la política circense no le va a los países serios. Yo creo que España lo es…aunque a veces no lo parezca.