Opinión

Año Nuevo

TRIBUNA

Luis de la Corte Ibáñez | Miércoles 31 de diciembre de 2014
Llegamos a la vigencia del Año Nuevo. Por supuesto, previo paso de su víspera no menos tópica: la Noche Vieja. Por influjo de la convención y la costumbre millones y millones de personas viven esa noche con agitación y alegría. Curiosamente, ningún fin de año llega desprovisto de estímulos, informaciones y noticias que bien podrían inducir formas menos alegres y halagüeñas de afrontar la fecha. No hay más que revisar las páginas de recapitulación del año extinto que los periódicos ofrecen siempre en torno al 31 de diciembre para cargarse de razones contra el estado del mundo: guerras y violencias múltiples; desigualdades extremas y pobreza en múltiples puntos del planeta, incluso en nuestro entorno más cercano; corrupción, abusos, prepotencia y mezquindad por doquier; tendencias regresivas en lo político, lo económico y lo social; catástrofes y tragedias… Todas esas informaciones, así como la experiencia de desgracias y decepciones propias o próximas pueden recibirse con malestar y desagrado y así sucede naturalmente. Por otro lado, como todo hito que marca el paso del tiempo el Año Nuevo podría recordarnos la brevedad de nuestras vidas, su fugaz transcurrir. Pero nada de todo ello empaña la ilusión con la que tantas personas afrontan el tránsito hacia un nuevo año. Tal vez esto ocurra porque quienes estén prestos a celebrar la Noche Vieja no necesiten habitar en el mejor de los mundos posibles para darse cuenta de lo mucho que sus vidas tiene de bueno. Pero quizá algo más.

Una de los aspectos más interesantes de la festividad del Año Nuevo radica en su condición de pauta cultural y sus numerosas analogías sociales e históricas. Esto nos indica que quizá exista por debajo del fenómeno alguna necesidad o función esencial. Y, en efecto, hay más de una. La necesidad de renovar una expectativa favorable y general sobre la vida y su futuro, lo que nuestro idioma designa como “esperanza” (religiosa o no), alimenta sin duda el espíritu de celebración con que tantos acogen la inminencia del primero de enero. Otros, en cambio, viven la fiesta sin buscar en ella ninguna veta de sentido más allá del que aporta como mera oportunidad para el disfrute inmediato o inminente. De hecho, ese énfasis en la diversión y el goce, mucho más que en la celebración religiosa y/o la reunión familiar, concede al rito de la Noche Vieja una notable ventaja sentimental sobre la efeméride de la Nochebuena. Se puede replicar que para el cristiano sincero ésta fiesta será vivida como máxima expresión de esperanza en tanto se trata de conmemorar la venida de Cristo y con él la promesa de salvación. Cierto. Pero no es menos verdad que en términos prácticos la costumbre y circunstancia de la Nochebuena aparecen tan preñadas de ternura y trascendencia para unos como evocadora de amargas nostalgias resulta a quienes llegan a aquélla heridos por decepciones, rupturas o pérdidas de una u otra índole … A fin de cuentas, mientras la costumbre de la Navidad en sentido estricto (cena de Nochebuena/comida de Navidad) apunta al pasado (y, por tanto, aviva la memoria) los reclamos que inducen a celebrar la entrada en el Año Nuevo miran al futuro y juegan a excitar, a partes iguales, el sentido del placer y la imaginación de un porvenir venturoso o reparador.

Quienes tienen la suerte de entusiasmarse con las noches “viejas” y los años “nuevos” comulgan, aunque sea de modo pasajero, con la doble sugerencia semántica de que el 1 de enero es fecha nueva y de que lo nuevo ha de ser necesariamente mejor que lo viejo. Por unas horas se ejercita esa superstición y se concede condición de realidad a los propios deseos. A algunos esa reacción nos resulta ajena, lo cual no impide que la observemos con envidia. Simplemente entendemos mejor las ilusiones concretas que las puramente abstractas, pues en verdad ilusionarse por la sustitución de un calendario por otro casi idéntico supone el colmo de la abstracción. A no ser que en verdad se aproveche el Año Nuevo como estímulo para renovar el ánimo y proyectarse hacia nuevos rumbos. En cuyo caso bien valdría recordar un viejo pasaje aristotélico:

“Busca el arquero con la mirada un blanco para sus flechas, ¿y no lo buscaremos para nuestras vidas?”

No es mal lema para saltar de un año al siguiente.