Opinión

El papel del Estado ante la religión

TRIBUNA

Cristina Hermida | Jueves 01 de enero de 2015

Rafael Palomino, catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado, experto en libertad de conciencia y pluralismo religioso, y autor de notables libros como Las objeciones de conciencia en el Derecho norteamericano, Derecho a la intimidad y religión. La protección jurídica del secreto religioso y Religión y derecho comparado nos transporta con esta nueva obra, tituladaNeutralidad del Estado y espacio público (2014), al mundo de la neutralidad estatal y del espacio público a través de un planteamiento tan sugerente como sólido con el que pretende mitigar los errores y “tópicos generalizados” que asisten en la manera de entender tales premisas.

La presencia de la religión en el siglo XXI resulta ser un elemento que crece de un modo permanente y constante en proporción al ritmo de la población mundial. Se vislumbra el paso de un liberalismo radical que relegaba la religión a un segundo plano a una nueva situación en la que la religión pisa con fuerza en el contexto internacional por la vía de los hechos lo que dificulta poder permanecer ciegos ante un mundo de creencias públicamente manifestadas. Ello obliga además a que tanto políticos como juristas no puedan dejar a un lado ni la religión ni las creencias a la hora de defender políticas o crear normas jurídicas. Sin embargo, resulta llamativo que sólo cuando la religión se convierte en alarma social consigue cobrar protagonismo, lo que precisamente ocurrió tras el 11 de septiembre en Estados Unidos, el 11 de marzo en España y el 7 de julio en Inglaterra.

El libro aborda cuestiones de plena actualidad como la posible asociación reinante que conecta a la religión no sólo con la violencia sino con el terrorismo. El extendido prejuicio sobre la conexión esencial entre violencia y religión tienen, lo queramos o no, llamativas consecuencias en el ámbito del Derecho. Como Palomino hace notar, la Organización sobre Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) se ha visto obligada a advertir que las normas sobre seguridad y terrorismo no pueden ser la excusa perfecta para limitar legítimas actividades de carácter religioso.

Creo que merece la pena pararse a reflexionar en la idea de que lo “público y lo privado” no son exclusivamente “moldes” en los que se pueden encajar las religiones sino que éstas mismas funcionan a modo de “moldes” en los que encajan lo público y lo privado. La esfera pública no representa un espacio vacío de creencias sino que es un terreno en el que conviven en régimen de competencia diversos sistemas de creencias (religiosas, agnósticas, ateas), siendo el papel del Estado decisivo como factor conciliador y árbitro en caso de conflictos.

Desde esta perspectiva, no parece del todo legítimo el Estado que defiende la neutralidad de la indiferencia, de total abstencionismo, respecto al fenómeno religioso puesto que al asumir esta postura va contra la propia dinámica del factor religioso dentro del Estado social y democrático de Derecho. Como contrapartida, habría que apostar por una neutralidad positiva por parte del Estado, lo que implica un activismo positivo por parte de éste que exige se pronuncie en un sentido u otro allí donde emerja un conflicto social. Palomino se refiere a la neutralidad como categoría liberal característica de los neoliberalismos del siglo XX, a partir de la obra de autores como John Rawls, Robert Nozick, Ronald Dworkin y Bruce Ackerman, y que se resume en la idea de que el Estado es neutral en la medida en que no interfiere en las concepciones de la vida buena de los individuos, sean éstas elevadas o modestas. A diferencia de lo que predica el neoliberalismo, “la neutralidad no puede ser la esencia del Estado, sino más bien la exigencia de su actuación en determinadas esferas particularmente sensibles de la vida social”. Dicho de otra manera: la neutralidad ante la religión no significa que el Estado asuma una religión concreta sino que respete el valor social o público de lo religioso y promueva la libertad religiosa en cuanto tal, también mediante la creación de las condiciones “infraestructurales” que hacen posible el disfrute del derecho fundamental. De este modo, la neutralidad se pone al servicio del pluralismo y no se puede hacer sinónimo de secularismo o laicismo.

En lugar de garantizar un tratamiento neutral de las creencias religiosas lo que hace el laicismo sería más bien neutralizarlas. Es por ello que resulta imprescindible rescatar el pluralismo no sólo como hecho sino también como valor. Si uno de los enemigos frente al pluralismo es el laicismo es porque constituye un dogma, una creencia que intenta institucionalizarse, inicialmente, para terminar colonizando al Estado. Con palabras de Bobbio: “el laicismo que necesita armarse y organizarse corre el riesgo de convertirse en una iglesia enfrentada a las demás iglesias”. En definitiva, el laicismo termina convirtiéndose en la religión pública oficial, “una iglesia invisible” inconsecuente con el proyecto laico moderno y sus principales postulados: los derechos humanos.

Por todo lo anterior, esta obra de Palomino merece que se conozca y, lo que es más importante, que se lea por los que confían en los postulados del Estado social y democrático de nuestros días. La razón es que esta sugerente y rigurosa obra, apoyada en abundante literatura del orden nacional e internacional, permite ayudar a construir desde pilares laicos, que no laicistas, una sociedad en la que la convivencia entre creencias defendidas por los ciudadanos en el ámbito democrático resulta posible porque se respeta la diversidad, la libertad de conciencia y el pluralismo religioso.