Opinión

Símbolos eternos

Natalia K. Denisova | Viernes 02 de enero de 2015
Los símbolos del pasado alumbran nuestro presente. Narra José Vasconcelos en sus Memorias un curioso suceso: durante su estancia en Londres, no pudo prescindir de ver el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham; entre la muchedumbre que asistía a la ceremonia, cargada de múltiples actos simbólicos, vio una cara risueña de un estadounidense que en los momentos más solemnes, por ende, poco inteligibles para un extranjero, estuvo a punto de soltar una carcajada. Al verlo, un británico respondió a esta actitud diciendo que sólo los pueblos jóvenes pueden permitirse el lujo, por cierto, bastante dudoso, de reírse de los símbolos que mantienen vivos a los pueblos milenarios.
¿Es España un pueblo joven? No, todo lo contrario. Es un pueblo de larga y, sin duda alguna, de gloriosa historia. Quizásea por esto que en España no se ríen de los símbolos, pero se hace algo peor: los echan al olvido, los pisan por descuido o los destrozan sin quererlo. Acaso todos esos actos tengamos que atribuirlos a la senectud, es decir, al marasmo de una sociedad.¡Quién sabe! Lo triste es que sobran ejemplos en España de estos olvidos. Es raro el día que en España no hay alguien que trata de sustituir los símbolos católicos por otros de “naturaleza islámica”, por ejemplo, la catedral de Córdoba. Inexplicable. Como inexplicable y raro es que el día de Nochebuena se arrinconara la bandera nacional en el discurso del Rey; ¿de qué país es Rey Felipe VI? ¿De Mozambique o de Gran Bretaña? ¿A quién ofende tanto la presencia del símbolo nacional que fue necesario su casi aniquilación? La Monarquía es per se una institución simbólica, que no neutral y aséptica, sino obligada a mantener las tradiciones y dar nuevo aliento a los viejos símbolos de la nación más vieja de Europa.
¿Alguien puede justificar y razonar estos hechos? Si no recurrimos a los motivos irracionales, como la amnesia histórica, es difícil dar explicación a lo que ocurre. Se niega lo más visceral y vertebrador del pueblo español. A cada paso se amenaza con poner mezquitas una más grande que otra y, por supuesto, Barcelona quiere ser pionera sacrificando la Monumental plaza de toros, si es que consigue, dicho irónicamente, presupuesto del gobierno central para la tarea de derribo. Cada día nos trae más ejemplos de mismo jaez. La destrucción de los símbolos provocada por lo políticamente correcto, es decir, por el desprecio de la historia.

Creo que cuando se aniquila el pasado de un pueblo de la vida pública, como si fuera algo innecesario, algo propio de los camaranchones académicos, se nos lleva hacia el abismo. Como decía José Ortega y Gasset, el hombre es su pasado; y si lo negamos, vamos al suicidio colectivo.