“Lo único que lamento de mi pasado es lo mucho que duró. Si tuviera que vivir mi vida de nuevo, cometería los mismos errores, sólo que antes”. Tallulah Bankhead
¿Qué pensarían si les aconsejara no preparar a sus hijos para el éxito, sino empujarles al fracaso? Desde hace un par de generaciones, la preocupación por la educación de los hijos ha ido in crescendo. En mi generación, la frase que más se escuchaba era: ‘la mejor herencia que te podemos dejar tu padre y yo es una buena educación’. Ahora la cosa es un poco diferente, algunos se plantean otras formas pero casi nadie quiere quedarse atrás en la carrera. Todos quieren poner a sus hijos lo más adelante posible en la parrilla de salida, cada cual dentro de sus posibilidades, ideales y expectativas personales. Algunos se conforman con que su hijo termine el bachillerato, otros con que tenga un trabajo y cada vez más personas quieren que sean excelentes universitarios a la vez que emprendedores creativos, competitivos pero no contestatarios, cumplidores pero independientes, trabajadores, intrépidos, educados y, por supuesto, felices.
Si un niño roza la perfección -según el ‘modelo’ de cada padre- a la edad de 10 años, ¿cuáles son las posibilidades de que cumpla con las expectativas? En el mundo de las inversiones, como en tantas otras ocasiones, si tuviéramos que tomar una decisión y barajáramos dos hipótesis: 1) el valor del bien en cuestión puede subir un 5% como máximo, y 2) el precio puede caer hasta un 40%, ¿comprarían o venderían? Un familiar me dijo una vez: “¡Estoy muy orgullosa de tener una familia tan ordinaria!”. No sé si lo tenía preparado o si fue espontáneo, pero nos hizo reír a todos y también me dio mucho que pensar. En este nuevo ecosistema donde la exaltación del yo es vital para la supervivencia y la búsqueda de la excelencia es la religión del siglo XXI, ¿sería posible educar a un niño en lo ‘ordinario’ para que, con las dosis adecuadas de suerte y aprendizaje, pudiera convertirse en extraordinario?
Hace muchos años que leo y escucho sobre historias de éxitos ajenos. En el mundo empresarial me impresionan la vida de Amancio Ortega, Steve Jobs o Warren Buffet, por no hablar de otras historias de artistas, deportistas, científicos, intelectuales y revolucionarios. Unos pocos partieron con ventaja y, aunque la mayoría lo pasó muy mal en algún momento de su vida, en vez de abandonar o desesperarse se hicieron más fuertes. Gente en apariencia ordinaria se convirtió en extraordinaria. Curiosamente, cuando buscamos recetas para el éxito, consejos para hacer bien las cosas, casi siempre leemos historias escritas por triunfadores. A ellos les funcionó y, por supuesto, debería funcionar para el resto. Interesante concepto, ya que si resulta que los que tuvieron éxito aprendieron más de la adversidad que de los momentos favorables, ¿no deberíamos buscar libros como “El decálogo del auténtico fracasado” o “Consejos para hacerlo mal una y otra vez”? Libros así serían muy reveladores acerca de lo que no hay que hacer.
Pienso que de la misma forma que el sistema inmunitario se debilita con la sobreprotección o la falta de contacto con virus corrientes, el desarrollo y el carisma personal de los hijos también se erosionan con un exceso de intervención y expectativas por parte de los padres. En la vida como en las finanzas, lo correcto es lo que funciona, y si para tener éxito hay que aprender a tropezar, tal vez lo adecuado sería no hacer nada para evitarlo, en el mejor de los casos.