Opinión

Memoria histórica de un padre y un hijo (I)

TRIBUNA

Francisco Delgado-Iribarren | Sábado 03 de enero de 2015
Madrid, 8 de agosto de 1936. Un padre de familia come con su esposa y sus cinco hijos: María del Carmen, 20 años, Francisco de Asís, 16 años, Sara María, 13 años, José Ángel, 11 años, Manuel, 8 años. Después de años recorriendo la geografía nacional, al ritmo de los diferentes destinos del padre, juez y fiscal, la familia vive unida en un ático de la calle Marqués de Cubas, junto a Alcalá, la Gran Vía y el Círculo de Bellas Artes.

Suenan golpes a la puerta. Se levanta a abrirla Francisco, el padre. Son las tres o las cuatro de la tarde y hace un calor bochornoso. Su mujer y sus hijos ven entrar hasta el comedor a ocho milicianos armados con carabinas y pistolones. Uno de ellos, con distinta indumentaria, se identifica como guardia civil y anuncia que van a realizar un “registro” de la propiedad ajena.

Los intrusos levantan a los comensales de la mesa y les juntan a todos en una habitación. Desde allí oyen el ruido que provocan los milicianos al abrir y cerrar cajones, al revolver los armarios, al arrastrar los muebles… Roban todo cuanto encuentran de valor: cámaras fotográficas, relojes, prismáticos, dinero, pequeñas joyas, una caja de hierro donde la madre de familia, Carmen, guarda sus alhajas.

Desde el cuarto donde están recluidos, los niños ven las manos velludas de los ladrones agarrando las bolsas rebosantes del botín. Francisco, de 16 años, está en las garras del pánico: recuerda que cuando la Guardia de Asalto, cuerpo al servicio de la República, detuvo a José Calvo Sotelo, líder de la oposición monárquica, el 13 de julio anterior, uno de los asaltantes se había presentado como guardia civil. Calvo Sotelo no opuso entonces resistencia, manifestando su confianza en la Benemérita. Pero le dispararon por la nuca en la camioneta y arrojaron su cadáver en el cementerio del Este, precipitando la Guerra Civil.

En esta ocasión, el presunto guardia civil cruza la mirada con alguno de los niños de la casa, y le comenta a uno de los milicianos, el que está al frente:

-Oye, que tiene cinco hijos.

No hay respuesta. El presunto guardia civil da un paso dentro de la habitación y se dirige al padre:

-Acompáñenos.

El juez, fiscal, esposo y padre se agacha para besar en la mejilla o en la frente a cada uno de sus hijos; por último a su mujer, Carmen. Se despide con estas palabras:

-Que seáis buenos.

Francisco, su hijo de 16 años, pide a los milicianos acompañar a su padre. Los invasores se niegan. El adolescente se siente impotente pero pronto, al conocer lo sucedido con otro padre y otro hijo, los Montes Jovellar (fusilados juntos en las matanzas de Paracuellos), concluirá que, de haberle dejado seguirle, los habrían asesinado a los dos.