Premio Herralde de Novela. Anagrama. Barcelona, 2014. 272 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 13,99 €
Por Verónica Meo Laos
Ellas nos fascinan porque nos prometen innumerables posibilidades de éxito y a la vez nos expulsan. Territorio privilegiado de excesos y enormes contradicciones, esa apropiación racional del espacio denominado ciudades, con sus trazas urbanas, la huella de las culturas y la superposición de utopías truncas y de tiempos en sus edificios, han sido la fuente de inspiración de numerosos lenguajes artísticos. Es cierto que el campo ha llenado páginas de melancolía y romanticismo pero solo el desamparo que habita en los paisajes urbanos es capaz de dar cuenta de lo bello y lo triste del devenir humano.
Con Después del invierno Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973) desnuda desde el alma las pesadillas de un hombre de mediana edad y una joven veinteañera atrapados en las neurosis cotidianas de sus cuatro paredes. Nueva York y el “París con aguacero” que el poeta peruano César Vallejo sentenció como lugar premonitorio para su muerte, son los escenarios donde las biografías urbanas de Claudio y Cecilia acontecen entre obsesiones, fobias, melancolía y cemento, puro cemento. La escritora ganadora del Premio Herralde de Novela pinta con sensibilidad genuina las biografías de estos dos seres grises atrapados en la trama del sinsentido cotidiano. Es cierto que la vida no tiene ningún sentido per se, sino que somos nosotros los que se lo otorgamos. Pues bien, Cecilia y Claudio parecen aferrarse a minúsculos rituales domésticos para evitar, de lo contrario, desbarrancarse por el abismo de la nada.
Así, como dos imágenes que se reflejan en el espejo del baño pero que no pueden verse, estas dos vidas paralelas que sobreviven a duras penas al simulacro de la vida ven pasar los días entre olor a café espresso y el vino de autor, el New York Times, los sonidos de Miles Davis, Nick Drake o Meshell Ndegeocello por un lado, y las letras de Vallejo, Cortázar, Perec, Colette y Jim Morrison, huéspedes a perpetuidad de los cementerios de París a los que Claudia -una joven estudiante becaria mexicana a medio camino entre ser gótica a la fuerza y nihilista irrecuperable- tiene por compañía cercana.
Es que la muerte, como el amor y el desamparo, tiñen el aroma a ciudades de esta novela donde parece que nada ocurriera y, sin embargo, todo pasa y todo queda. Como en la vida misma, en lo que dura un pestañeo, el castillo de naipes de la realidad se derrumba y obliga a los protagonistas a barajar y -si es que pueden- dar de nuevo.
Héroes de lo cotidiano, nuestros protagonistas afrontarán los retos que les pone delante el azar o el destino con las únicas herramientas que tienen: ellos mismos. Y es en ese lugar donde la narrativa netteliana alcanza su punto más elevado, aquél que diferencia la literatura del folletón, la delgadísima línea que separa la honestidad intelectual de los lugares comunes.
“Todos tenemos una misión en la vida y a cada quien le corresponde encontrarla. Pasar por este mundo sin descubrirla equivale a desaprovechar la existencia”, sentencia uno de los personajes claves de esta historia de amor (¿?) de dos seres desangelados. Lástima que en la afanosa búsqueda del sentido de la vida se les vaya escurriendo la propia.
Por todo ello y por todo lo que le dejamos reservado a los lectores para que descubran por sí mismos, damos la bienvenida a Después del invierno. Uno de esos libros cuya lectura nos toca el alma.