Los Lunes de El Imparcial

Yasunari Kawabata: La pandilla de Asakusa

NOVELA

Domingo 04 de enero de 2015

Traducción de Mariano Dupont. Seix Barral. Barcelona, 2014. 296 páginas. 18,90 €. El Japón canalla de entreguerras en una fascinante narración del Premio Nobel de Literatura.

Por José Pazó Espinosa



La pandilla de Asakusa es un libro de Yasunari Kawabata simplemente inclasificable, como casi todos los suyos. A menudo se presenta como una descripción del Japón canalla de entreguerras, y en concreto del parque de Asakusa y sus aledaños, refugio de mendigos, vagabundos, prostitutas, malabaristas y otras gentes del mundo flotante. Y también refugio de escritores flâneurs y del propio Kawabata. Se compara Asakusa con el Montmartre de principios de siglo, el Alexander Platz berlinés o el Times Square neoyorquino, con los “villages” de la misma ciudad de los sesenta y setenta. Pero siendo todo eso, La pandilla de Asakusa es bastante más que una descripción; es el desarrollo de una sensibilidad literaria y vital.

Asakusa era un parque que en las dos primeras décadas del siglo XX acogió los desechos humanos e inhumanos de las sucesivas crisis y posguerras. El parque estaba construido alrededor de un templo dedicado a Kannon, la deidad budista de la piedad. Estaba cruzado por grandes canales con barcazas en las que vivían mendigos e indigentes y en las que se ejercía a menudo la prostitución. Asakusa era el parque, refugio de los sin techo, y todo un barrio popular en el que la bohemia convivía con el espectáculo nocturno, con los pequeños teatros de variedades y con los malabaristas y artistas de la vida más oscura y desesperada. La zona fue arrasada por el gran terremoto de 1923, reconstruida, y finalmente destruida por las bombas de los B-29 norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial. Asakusa, parque y barrio, fue sustituido por una zona comercial moderna. Kawabata disfrutó de su actividad efervescente durante esa época, antes de su desaparición, como escritor incipiente, observador, y casi espía según confiesa él mismo, de sus calles y de sus formas de vida.

El libro, publicado en 1930, comparte todas las claves de la literatura de Kawabata, el más japonés de los novelistas ilustres nipones del siglo XX. Es fragmentario, elíptico, vanguardista en la forma, y profunda y tradicionalmente japonés en el fondo. El propio Kawabata, comentando la tristeza que le provocó un hombre que se ganaba la vida tirándose en un pequeño cubo de agua desde una torre en Asakusa, afirma en un momento: “me rondó la idea de escribir una novela larga y extraña”. Una novela en la que las mujeres se maquillan en un rincón escondido del parque, y arrastran en sus kimonos la tierra del suelo en el que han dormido. Y en la que el narrador sigue a unas mujeres y hombres jóvenes enigmáticos, la pandilla de Asakusa. En japonés, el título del libro es Kurenai-dan, la pandilla púrpura. El color rojo oscuro es símbolo de la procacidad y el erotismo, y envuelve, de una forma colorista (muy de Kawabata) todo lo que desfila ante nuestros ojos.

Kawabata, un escritor tremendamente visual, asalta nuestras mentes con una troupe nocturna de seres frágiles y absurdos, hechos de papel y palillos, seres mínimos que el narrador bosqueja entre invocaciones directas al lector. El narrador sigue a una chica misteriosa, Yumiko, que persigue matar al amante de su hermana, que se volvió loca tras ser abandonada. Esta imagen de amor, celos, locura y venganza sirve de fondo anecdótico a un fresco ligero, flotante, pero siempre con la tragedia acechante, en el más puro espíritu Saikaku. Y aquí es donde aparece la tradición mezclada con la modernidad. El libro viene acompañado de un prólogo y un epílogo de Donald Ritchie, un también inclasificable crítico norteamericano, residente en Japón desde la Segunda Guerra, y que junto con Donald Keene y Edgar Seidensticker, se convirtió en uno de los introductores de la gran literatura y del cine japoneses contemporáneos en Occidente. En su prólogo, Ritchie hace mención al modernismo como base de las primeras novelas de Kawabata, pero no elabora las referencias a la literatura clásica en la obra: a la poesía cortesana, al Genji Monogatari a las confesiones de un ocioso, a Saikaku. Como mucha de esa literatura, el autor no es un descriptor invisible sino un intermediario sensible entre la realidad y el lector. Cuando leemos las aventuras de esas mujeres y hombres de la vida frágil y oscura, no vemos tanto a ellos, como a Kawabata pensando en ellos, construyéndose y cambiando como artista, escritor y ser humano. Quizá por esto, todas las novelas de Kawabata tienen algo de diario, de crónica interna de un paisaje cambiante del alma.

La primera novela del autor fue La bailarina de Izu, en el año 1926. En ella cuenta la historia de un joven deprimido que hace un viaje a una región remota de Japón y allí conoce a una bailarina que forma parte de una troupe de jóvenes cómicos. La bailarina será su curación. La fascinación de Kawabata por la vida bohemia y errante de los comediantes, de los seres marginales de la sociedad, es clara. Esa fascinación la mantuvo durante toda su vida y forma parte esencial de su desarrollo como escritor. En La pandilla de Asakusa es el tema central. Pero lo interesante es que ese problema, el de la dignidad del ser humano que elige, o se ve obligado, a vivir en los márgenes de la sociedad es un tema que vertebra la narrativa japonesa del siglo XX. De Dazai a Mishima, de Akutagawa a Kobo Abe, la gran literatura nipona camina por el estrecho sendero del pecado, de la abyección, del horizonte oscuro que siempre tiene un más allá más oscuro todavía, más íntimo y desgarrador, más sensible e incomunicable.

La pandilla de Asakusa, como el propio autor quiso, es una novela no muy larga, pero sí extraña. Es, siendo modernos, metaliteratura constructiva, una novela que nos relata cómo se va haciendo. El original está repleto de jerga, motes y referencias a cosas desaparecidas, que se traducen con mayor o menor éxito en esta versión que Seix Barral ha publicado vertida del inglés. En ella, Kawabata nos guía por el laberinto de su fascinación, de su miedo, de su piedad, de su alegría y de su entusiasmo hacia unos seres que vivieron aparentemente en un parque, pero que realmente moraron en los recovecos de su deseo. Seres que desaparecieron con él en el enigma de su suicidio. El Kawabata silencioso que Ricthie describe delicadamente en su epílogo, de sabernos lectores de sus palabras, quizá nos miraría esquivamente, con aquella sonrisa juvenil y pícara, y quién sabe si se preguntaría si acaso hemos comprendido algo. Y luego desaparecería de forma abrupta, como el final de una novela suya, en busca de una joven con el pelo suelto y corto, que viste un kimono ligero, casi transparente, con la faja de un sugerente color rojo oscuro.