Opinión

El terrorismo pinta con sangre la caricatura de Mahoma

PASO CAMBIADO

José Antonio Sentís | Miércoles 07 de enero de 2015
El salvaje atentado terrorista contra la redacción de la revista satírica francesa Charlie Hebdo, si se confirma su más que previsible autoría, no responde a un hecho religioso, sino político. No es el Islam contra la Cristiandad, sino el expansionismo fanático frente a los valores democráticos. No se produce para impedir la libertad de expresión, sino sólo contra un determinado mensaje producido por ésta. No es para acallar las heterogéneas críticas de la revista parisina contra todo y contra todos: sólo para someter a quienes se permitan poner en cuestión la legitimación religiosa de la islamización política. No es, insistamos, un ataque a la libertad de expresión, sino a todas las libertades.

El fanatismo islamista libra dos batallas: una de poder bélico y territorial, y otra ideológico-religiosa que justifique la primera. Y las dos son políticas, y no cuestión de creencias, de dioses o de profetas. En ninguna de las dos, ni la armada ni la ideológica, ha podido exhibir hasta ahora triunfos decisivos, aunque sí haya logrado extender terror, violencia y opresión social, fundamentalmente entre los próximos. En ninguna de las dos ha logrado superioridad sobre el adversario, ni moral ni militar, pero es evidente que lucha por alcanzarla de la única manera en que se puede sentir cómodo: mostrando más determinación que su enemigo, y debilitando a éste en sus convicciones por la vía del temor.

El fanatismo islamista cree que las sociedades occidentales (por llamarlas de alguna forma genérica) son cobardes. A veces lo confirma, como cuando un determinado país de cuyo nombre no quiero acordarme decide retirar sus tropas de un conflicto bélico tras un atentado terrorista. Pero esta estrategia del amilanamiento no siempre les sale bien. Porque si es cierto que las sociedades más prósperas posponen cuanto pueden el conflicto, porque tienen mucho que perder, también lo es que no lo rehuyen si creen que la pasividad les arrastraría a un desastre todavía mayor.

Los atentados terroristas del islamismo fanático son pruebas puntuales para conocer hasta dónde puede llegar la reacción de los agredidos. Si consiguen que triunfe en la opinión pública la hipótesis del relativismo, que matar es malo pero tiene sus razones, habrán dado un paso adelante en su estrategia. Si no, si ese tipo de atentados causa una reacción, los fanáticos islamistas sufrirán un doloroso retroceso. A veces, en forma de aislamiento económico y político para los países o formaciones de esqueleto islamista, pero casi siempre en forma de represalia bélica. Por eso, estos atentados son siempre un test de resistencia moral para las víctimas, y una utopía de liderazgo sobre su entorno para quienes lo perpetran.

Hasta el más fanático de los terroristas islamistas sabe que con ataques puntuales contra ciudadanos occidentales no se puede doblegar la capacidad de grandes naciones, como en el día de hoy la francesa. Pero este fanático también sabe que puede tomar ventaja en la guerra que realmente le interesa: la del poder en su propio mundo, el islamista, que vive una guerra civil muchísimo más profunda que la yihad contra Occidente.

El grupo islamista que se muestre más agresivo contra Occidente cree que puede sobrepasar a sus rivales en la guerra civil del Islam. Lo intentó Ben Laden con Al Qaeda, atacando a los Estados Unidos para demostrar su capacidad de liderazgo suní en el Islam (y evidentemente no para derribar al gigante americano, que no dudó en responder a la agresión con aniquilación). Hoy puede intentarlo cualquier otro, tal vez (y esto es una hipótesis) también de la órbita suní, la misma que la que inspira al ISIS en Siria e Irak, que pretende su hegemonía en el Próximo Oriente en conflicto, fundamentalmente, con los chiíes.

Resucitar con varios años de retraso la cuestión de las caricaturas sobre Mahoma no puede tener ningún sentido relacionado con una presunta ofensa o indignación (porque no ha sido obra de unos locos, sino de un grupo paramilitar organizado y armado hasta los dientes) sino con una estrategia: utilizar el nombre del Profeta como excusa para demostrar la capacidad de liderazgo de unos musulmanes frente a otros. Como si consideraran que cuanto más violencia desplegaran, más admirados serían. Y lo peor es que, en parte, llevan razón, después de tantas décadas de siembra del odio antioccidental.

Muchas guerras occidentales (por ejemplo, durante la Guerra Fría) se desarrollaron en escenarios ajenos. Ahora, la guerra civil islamista también tiene estos episodios. Puede suceder en Nueva York, en Madrid, en Londres o, este miércoles, en París. Pero, a diferencia de aquellas guerras delegadas, cuando el escenario es en el suelo de una potencia militar de primer orden, las consecuencias pueden ser otras.

Occidente ha sido de nuevo agredido. Y aunque le resulte incómodo, probablemente responda a esa agresión. Y no sólo por la vía policial, para detener a los terroristas concretos de París, sino contra sus aliados, patrocinadores, inspiradores que tiene su base en el Oriente Próximo o en África, donde por cierto está activamente Francia en Mali. Porque el ataque a la revista ha despertado los miedos de muchos países. España ha aumentado su alerta antiterrorista. Estados Unidos ha ofrecido toda su colaboración a Francia. Ninguna nación de la órbita occidental se ha sentido indiferente.

Y algunos otros que aspiraban a que Occidente relajara sus recelos con el islamismo, con opciones todo lo moderadas que podían exponer, volverán a sufrir el parón en sus expectativas. Palestina, sin ir más lejos, ahora que estaba logrando el apoyo político europeo a su Estado, tendrá que volver a nadar contra corriente.

Hay, en fin, más consecuencias en el ámbito doméstico. Por ejemplo, en el terreno electoral francés, donde es difícil que no se recuerde hoy a partidos beligerantes con el creciente peso social de la inmigración de países musulmanes, como el Frente Nacional. Porque es imposible ahora negar que en ese escenario, la infiltración del radicalismo islamista se ha convertido en poderosa amenaza. Y deberían reaccionar rápido las organizaciones musulmanas pacíficas para evitar la expansión incontrolada de los recelos.

Mientras tanto, las primeras reacciones instintivas han sido las de hablar de la libertad de expresión y de lo malo que es, en general, el fanatismo religioso, venga de donde venga, cuando sólo viene de un lado. Y vuelvo al principio: este terrorífico atentado terrorista, con su crueldad registrada en video, es solo y exclusivamente político. Ni Corán, ni Mahoma ni Alá. Una nueva batalla de un sector del islamismo para generar inseguridad y contradicciones en la opinión pública en Occidente. Y, a la vez, ganar el poder entre los suyos para acumular fuerzas en la posterior batalla contra el Gran Satán que asombrosamente representamos para buena parte de su mundo.

Parece ocioso decir que los fanáticos están muy lejos de conseguir la victoria, pero eso, para ellos, es irrelevante. Hoy han tenido la satisfacción sádica de matar, porque nuestro miedo es su alegría. Luego viene el crujir de dientes, que también es texto sagrado, pero que a los iluminados siempre se les olvida.

Lo que no se nos debe olvidar a nosotros es que la defensa de los propios valores exige también lucha, como la que demostraron los valientes escritores del Charlie Hebdo, que prefirieron morir de pie a vivir de rodillas. Publicaron una caricatura de Mahoma. No podían imaginarse que la más grotesca caricatura de su Profeta la iban a escribir otros con sangre.