Opinión

Contra el yihadismo, policía y justicia

Y DIGO YO

Javier Cámara | Jueves 08 de enero de 2015
Mucho se ha hablado y escrito ya sobre el terrible asesinato de 12 personas en la sede de la revista satírica Charlie Hebdo en París y, salvo matices, coincido con la desolación y abatimiento que provoca en una mayoría que se llegue a un punto que parece no tener retorno.

Una vez más, los medios de comunicación despliegan todo su poder. La fuerza de las imágenes en las que se aprecia con la nitidez de una película cómo un terrorista remata a un policía abatido con la frialdad del que está acostumbrado, revuelve las tripas y remueve conciencias. Algo habrá que hacer para que esto no vuelva a suceder.

Pero lo mismo pensamos todos cuando dos ciudadanos de origen nigeriano decapitaron a un soldado británico en plena calle y todo el mundo pudo ver al asesino con el cuchillo carnicero y las manos ensangrentadas dando explicaciones de por qué y en nombre de quién lo había hecho. Entonces nos volvíamos a preguntar qué se puede hacer para evitarlo.

De hecho la repetimos cada vez que vemos a un tipo vestido de negro en medio del desierto cortando la cabeza a algún occidental vestido de naranja cuyo pecado ha sido simplemente informar o ayudar a través de alguna ONG. En esos momentos la indignación se nos clava en el alma y protestamos por una solución.

Lo triste es que, como casi todo en la vida, dura poco. Nos acabamos acostumbrando y al día siguiente lo único que hacemos es dar las gracias porque nos pilla lejos. Habrá quien diga –no sin falta de razón– que esta frialdad en la digestión de informaciones traumáticas puede entenderse como un mecanismo de defensa interno que nuestras conciencias desarrollan para no morir ante el alud de noticias desgarradoras que acaecen cada día.

Duele ver que siempre tienen que morir inocentes para que nos demos cuenta de con quién nos jugamos los cuartos. Negamos la mayor, miramos hacia otro lado y pensamos que el problema no es nuestro hasta que vemos que este cáncer se extiende también por el corazón de Europa. Están aquí. Son vecinos. Les hemos acogido cuando llegaron o han nacido en el mismo hospital. Van al mismo colegio y son del mismo equipo de fútbol que tú.

Pero no tienen los mismos valores. No conciben el mundo igual que nosotros y en aras de un mal entendido multiculturalismo aprovechan el miedo a lo políticamente incorrecto, la falsa xenofobia o un inexistente racismo para instaurar un modo de vida incompatible con la civilización.

El trabajo de nuestros líderes pasa por hacer frente a un fundamentalismo islámico intolerante que busca desvirtuar los valores de Occidente en Occidente. Ojo, también es tarea, nada fácil, de los millones de musulmanes de bien que detestan esta forma de entender su religión. Pero aquí también hay miedo, lógicamente.

Al final, como no puede ser de otra manera en un mundo democrático que respeta los derechos humanos y las libertades, la solución pasa por la justicia y la policía. Y mientras las fuerzas de seguridad hacen su trabajo y ponen a los asesinos yihadistas en su sitio como manda la ley, no toca otra que aguantar, resistir, andar con ojo y, el que crea, rezar para que no nos toque.

Entre tanto, procuremos seguir siendo libres.