MIRADA ESCOLÁSTICA
Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 09 de enero de 2015
Parece evidente que la mejora en las cifras macroeconómicas comienza a sentirse favorablemente en la economía humana y familiar, aquélla que los economistas llaman microeconomía, pero que representa la imagen del grado de bienestar de un pueblo. Desgraciadamente se mejora más despacio de lo que todos quisiéramos (en las últimas cinco semanas dos mil empleos nuevos diarios), y que el dolor de la pobreza en muchas familias aún las atenaza de angustia y muerde con el frío y con la falta de muchas cosas, pero es evidente que España se va poco a poco incorporando después de haber quedado totalmente postrada en el suelo por el nefando gobierno de Zapatero. El PP ha tenido que gobernar España en la pobreza y en la situación límite que la dejó Zapatero, que la gobernó en la riqueza creada por los dos gobiernos Aznar. Quien gobierna en la pobreza no tiene la simpatía de quien lo hace en la riqueza, que a toda solicitud de ayuda siempre puede decir sí. A quien gobierna en la pobreza se le tiene que partir el alma cuando a veces tiene que decir “no” a determinadas propuestas de gasto, por estar obligado a preservar un bien más alto, el bien común. Pero el PP ha vuelto a traer un tiempo de esperanza.
La economía nacional comienza a remontarse sin duda. Hemos asistido estos últimos seis años en España a un fenómeno inquietante: un buen número de pequeños y medianos negocios eran traspasados a otros pequeños industriales o empresarios que a menudo no resistían más de 10 o 15 meses, para ser traspasados a su vez a otros pequeños y valientes capitanes de empresa que no conseguían superar ese tiempo. Afortunadamente, esa tendencia al fracaso empresarial se ha ido poco a poco cortando, y ya tenemos pequeñas empresas nacidas con la crisis que han superado los dos años de vida. Y no podemos olvidar que en nuestro país son las pequeñas empresas, muchas veces familiares, las únicas capaces de crear empleo, las únicas que, proporcionalmente hablando, lo hacen.
Podríamos aventurarnos a decir que España está entrando, por fin, en una época normal respecto al dinero circulante. Como decía el genio autodidacta Thomas Joplin: “La demanda de dinero en épocas normales, y la que se da en períodos de pánico, son diametralmente distintas. La primera es una demanda de dinero para ponerlo en circulación, la otra para retirarlo de ella.” Las dificultades prácticas de la vida pocas veces pueden ser afrontadas mediante reglas muy simples. Por ejemplo, en esta horrible crisis el gobierno del PP, contra la norma habitual, ha llegado a convertir el Tesoro en prestamista de última instancia, haciendo las veces de banco central. ¡Había que escapar como fuera del agujero negro que nos atraía letalmente hacia su abismo! Y lo hemos conseguido. A veces las perturbaciones más graves y alarmantes (y escandalosamente inmorales) sólo pueden dejarse de propagar apoyando coyunturalmente al imprudente que las ocasionó, aunque luego, obviamente, se diriman las responsabilidades penales y civiles.
Esto ha hecho que el PP no haya sido comprendido muchas veces por el gran público en la mitad de la crisis, pero los pilotos de la economía nacional sabían lo que estaban haciendo. Es verdad que hay que comprometerse a no rescatar ni a los bancos comerciales ni a los de negocios que empiecen a tener problemas, ya que de este modo se les obliga a responsabilizarse de sus acciones; sin embargo, sí hay que echarles una mano cuando efectivamente atraviesan dificultades, puesto que de lo contrario éstas podrían propagarse, y empeorar de forma vertiginosamente calamitosa la situación de la economía nacional.
Estoy seguro de que dentro de unos años, cuando se acaben de cerrar las heridas dolorosas de una de las más grandes crisis que ha sufrido el mundo desde finales de los Años Treinta, el Ministro de Economía, Luis de Guindos Jurado, será recordado con simpatía y respeto intelectual y político, por haber tenido que desarrollar con todo su celo y capacidad personales una política económica ecléctica, aparentemente contradictoria, para salvar a su patria de una catástrofe que hubiera dejado sin ningún futuro a cuatro generaciones, y hubiera postrado al país durante más de un siglo en una época oscura de imprevisibles efectos políticos.
Otra cosa que la crisis ha revelado es que la realidad económica, como la vida misma, se resiste a ser gobernada con una sola “ideología” política, y que todas las escuelas económicas tienen sus pros y sus contras, y todas, por contradictorio que pueda aparecer, pueden resultar positivas en algunos de sus enunciados. La realidad no se resiste a ser explicada por una sola escuela económica. La verdad económica aún no ha sido ocupada. La realidad económica, como la physis de Heraclito, gusta de esconderse.
La crisis también ha dejado un poco obsoleto al cada día más cuestionable FMI, nacido después de la Segunda Guerra Mundial para contrarrestar las repentinas alzas especulativas y las crisis que se propagan de un país a otro. De hecho, se ha vuelto a la hipótesis de Fernand Braudel sobre el polo o centro dominante a nivel económico, una capital económica, aunque no necesariamente política. En un mismo período pueden existir dos centros simultáneamente, pero a su debido tiempo uno acaba por suplantar al otro, tal como Venecia fue sustituida por Amberes, y más tarde el centro se desplazó sucesivamente a Génova, Amsterdam, Londres, Nueva York, Nueva York y Pekín, Nueva York y Tokio, y a la sazón la cosa se focaliza en Pekín y Berlín. El centro dominante debe asumir la responsabilidad de actuar como prestamista de última instancia para otros países en períodos en los que se dan las crisis financieras, cuando la inquietud amenaza con extenderse más allá de las propias fronteras, a fin de parar el contagio. Pero ¿quién apoya a ese centro cuando tiene problemas? O dicho en palabras que para cualquier antiguo colegial anterior a la LOGSE resultaría conocido, “Quis custodiet custodiam?”. ¿Podrían responderlo los genios de Podemos?