Opinión

De ángeles y demonios

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS

José Antonio Ruiz | Viernes 09 de enero de 2015
Sì ai sogni, sì alla libertà, sì alla vita, sì al silenzio, sì alla seduzione, sì all’emozione, sì alla follia y sì all’amore. Por supuesto que sí, sobre todo si me lo pides tú, mon amour.

«Paz y amor y el Plus p’al salón». (…) Pero ojalá fuera tan sencillo andar por esos caminos inescrutables del Señor, de los que hablaba Isaías, haciendo el amor y no la guerra, que es la prolongación del fundamentalismo religioso por otros medios, sin que para llegar a semejante conclusión haya que haber pasado por la Academia Militar Prusiana, como el eminente Carl von Clausewitz.

Ni yihadismos, ni etarrismos. No más holocaustos.No más genocidios. El odio no se combate con odio, ni la violencia se reprime con violencia. Pero el mundo entero es un polvorínincandescente y algún día tendremos que reunir el coraje necesario para reconocerlo, aceptarloy poder obrar en consecuencia, sin complejos, ni tibiezas, ni remordimientos de conciencia.

Son siega cuellos, corta cabezas o aficionados al deporte del tiro en la nuca, como podían ser profanadores de tumbas o traficantes de cadáveres. Pero la adscripción a una determinada “cofradía” no deja de ser una anécdota accesoria y circunstancial.

Lo que son es unos tarados mentales, enfermos de atar, desechos humanos, un peligro para la convivencia, marginados que de pronto se sienten importantes y que merecerían correr la misma suerte de aquellos a quienes ellos pasan a cuchillo. Mejor pensado, ni siquiera merece la pena desearles una muerte lenta y cruel precedida de una larga agonía. Bastante desgracia tienen ya los pobres indeseables con haber nacido.

¿Cuánta sangre seguirá derramándose a bocajarro utilizando el nombre en vano de los falsos profetas?

El integrismo terrorista no se neutraliza con alianzas civilizatorias ni llamamientos estériles a la cordura de quienes han perdido el juicio de manera irreversible, quizás porque nunca lo tuvieron. Los monos han aprendido a reconocerse ante el espejo; esta gentuza, no. Al salvaje hay que tratarlo como lo que es, un salvaje.

Se hace frente saliendo a su encuentro y aniquilando a toda esta escoria que no conoceotros principios de convivencia y tolerancia que su barbarie suicida.

Las condenas de los atentados y los minutos de respetuoso silencio están muy bien, mayormente por el juego macabro que dan a los Mass media, donde hay colegas bastante cenutrios, que no dan para más y además son verdaderos especialistas en el recurso fácil a los tópicos inherentes a los comportamientos gregarios.

Todo eso está muy bien, mayormente para quienes tienen vocación de borregos y se confortan entre sí al sentirse partícipes de un mismo rebaño. Balamos, luego nos reconocemos en la masa. Pero siempre y cuando después de ponernos melodramáticos y lacrimógenos,salgamos en su busca con el kaláshnikov al hombro para rematar a los asesinos hasta el exterminio, ya se escondan en una madriguera de Siria o en la mismísima fin del mundo. ¡Qué fuerte!

Reflexión visceral. ¿Acaso se puede reaccionar de otra manera?Se llama derecho de defensa o, según se mire, legítima venganza. Cesiones al miedo, ni una. El movimiento de repulsa más efectivo es el linchamiento sin contemplaciones de quienes nos quieren linchar. El terror se combate con insecticida y matarratas.

Ya sé de sobra que la auto tutela es propia de las sociedades primitivas y que corremos el riesgo de volver a la caverna, a la antropofagia y al canibalismo cibernético. Pero con esta escoriairrecuperable, sin la mínima indispensable masa neuronal, no sirven los modelos auto compositivos (ni transacciones, ni mediaciones, ni mucho menos conciliaciones imposibles), ni cualesquiera otros medios imaginables de solución civilizada de conflictos.

La masacre en el semanario satírico francés Charlie Ebdo, no es sólo un atentado contra la libertad de expresión, guardián de la democracia y viga maestra de nuestro sistema de libertades; es, por encima de cualquier otra connotación, un atentadoexecrable contra la dignidad humana.

En esta sociedad imperfecta en la que vivimos de aquella manera, tan prescindibles son los islamófobos como los predicadores del relativismo; tan cancerígena es la islamización como la lepenización y todos los significados que caben dentro del campo semántico de lo abyecto.

Recuerdo muy bien la portada del diario El País del 12 de septiembre de 2001, estando todavía humeantes de cadáveres las Torres Gemelas del World Trade Center: «El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush». ¡Manda cojones! Así nos ha ido después con los Willies Toledos y el resto de la compaña…

Al abajo firmante, tanto multiculturalismo doctrinario le viene tocando lo que vienen siendo el meridiano de la vesícula biliar.Las coartadas con las que se intenta dar cobertura a la impunidad me revuelven las tripas.

Una cosa es el respeto de creencias y tradiciones, y otra muy distinta la ‘burkanización’ de la razón y el sentido común.

Los regímenes que postulan la involución a la esclavitud debieran ser esquilmados sin ningún tipo de contemplaciones, o recluidos en una jaula-reserva de la que nunca nadie pudiera salir, con la esperanza de que acaben devorándose entre ellos mismos hasta la extinción de la especie.

Los pueblos libres sólo sobrevivirán si tienen la decencia de atreverse a arrasar a las tiranías, antes de que las tiranías hagan lo propio con el mundo civilizado.

Los nuevos bárbaros del fundamentalismo islámico son una amenaza para la civilización que hay que erradicar por el bien de la civilización. No se trata de clausurar las mezquitas, sino de encerrar de por vida en sus minaretes a los imanes que, en lugar de leer los hermosos versículos del Corán que hablan del amor, se dediquen a predicar el odio al infiel.

Dicho esto, la religión islámica debiera merecer nuestro respeto más profundo, pues nada tiene que ver con el trasfondo de masacres abominables que ponen en entredicho la naturaleza humana del hombre. Pleonasmo o contrasentido, según se mire.

No deberían preocuparnos tanto los blasfemos que practican el culto de la ofensa, detrás de los cuales las más de las veces se esconde un tonto de culo. Mucho más tendrían que preocuparnos los carniceros.

Si Rushdie o Boadella son blasfemos, también lo es el insignificante periodista satírico que suscribe. Viva la insolencia y la irreverencia como actitud vital.

Sinceramente no creo que Dios se ofenda como una beata porque alguien suelte un ¡Me cago en Dios! por grosera que pueda resultar la exclamación. Mucho más lo puteamos a diario por múltiples motivos bien distintos, y lejos de repudiarnos, siempre está abierto a la misericordia. O eso me parece.

Al abajo firmante lo que le acojona de verdad es ‘La séptima profecía’: La república islámica de España, reserva espiritual de Occidente, ‘distopía’ política, o no.

Lo raro no es que Carlos Sainz haya tenido que volver a abandonar el Dakar tras chocar contra una piedra; sino que esta España nuestra penitente, flagelante y acomplejada siga tropezando en la misma piedra del ‘buenismo’ integrador, empalagoso y vomitivo.

No al pensamiento débil, aunque sueño con el día en el que la fuerza de la palabra sea más efectiva que las balas de un fusil de asalto.

A Cate Blanchett.