Me ayudó a comprender que nuestra libertad no se entendía sin la de una Europa...
Si algo bueno tiene el haber transitado por la senda de los errores es que una de dos, o no tienes remedio, o no te queda otro que aprender y rectificar.
Yo fui uno de ellos. No era muy complicado serlo: me predispuso mi abuelo, persuadiéndome e impregnándome con la misma dulzura con la que el sirimiri acaba por empaparte: “Ferdi, por la libertad se puede vivir en Francia” me dijo a mis 11 años mientras me enseñaba Le Socialiste, que así se llamaba el órgano de expresión del Psoe de Llopis.
Más tarde, en aquellos años de universidad a partir de 1970, el compromiso político era tan simple como fácil de adquirir: bastaba con anhelar libertad –pluralidad– de expresión, de pensamiento, de prensa, etc., y democracia –alternancia en el ejercicio del poder–.
El anhelo se condensaba en una palabra mágica, Constitución, bálsamo de fierabrás que todo lo sanaría al trasladarnos a las antípodas de los Principios Fundamentales del Movimiento, aquellos que tantos juraran “por imperativo legal”...
Tras las primeras elecciones generales –15 de junio de 1977– surgió el inevitable distanciamiento, consecuencia de entender que la acción política dejaba de ser aquella cosa tan simple y adquiría la complejidad propia de “resolver” el perpetuo problema de cómo organizar la convivencia, de la forma más inteligente posible y en beneficio de todos los españoles, por supuesto.
Para abordarlo tenía claro que debían, y deben, aportarse unos requisitos mínimos: formación adecuada, buen criterio y la madurez precisa, así que tuve que ponerme de lado. Porque si acudes, por ejemplo, a personajes tipo Adolfo Suárez o zetapés, tan próximos en su inane esencia, lo que consigues es crear más y/o mayores problemas aún; inmediatos o larvados. La evidencia de los hechos apabulla; mientras sigo creyendo que la cosa pública es ante todo servicio a los demás, pero allá yo con mi soledad.
La corrupción, que afloró en 1981 en las contrata del servicio de recogida de basuras del Ayuntamiento que presidía Tierno Galván –“Para barrer de una vez la corrupción...” fue uno de los lemas de la campaña del PSOE en esa convocatoria –, se extendía cual tumor que comenzaba a corroer la salud moral de la sociedad y violentaba mi propia conciencia moral [al concejal Alonso Puerta le costó entonces la expulsión del partido por denunciarla...].
Una serie de episodios a cual más escabroso, a cual más tremendo, como el Gal; el referéndum de adhesión a la OTAN, Filesa-Malesa-Time Export; la Logse, etc. como telón de fondo; el enorme e irreversible fraude a toda expectativa de recuperación de una conducta social saludable, con la mentira, en suma, como obscena herramienta política... ¡en manos de quienes se consideraban, y lo siguen haciendo, “éticamente superiores”! [¿¿...??], me alejó ya de manera irreversible de “ellos”.
Pero mi buena dosis de sectarismo y antiamericanismo primario –como el que Jean François Revel denuncia en La obsesión antiamericana [Ed. Urano, Barcelona, 2007]– no decaía: el dicho de que “la cabra tira al monte” lo plasma a la perfección. Lo propio de todo buen “pogresista”...
Hasta que mis hijos me llamaron: “Anda, papá, ven a verla y siéntate aquí con nosotros”. Les hice caso, cosa rara porque bien saben lo que me cuesta sentarme ante la pequeña pantalla del televisor, arma de destrucción masiva de mentes poco bragadas. La primera escena mostraba una familia que, por un paseo como una alameda, caminaba a la explanada de un camposanto tan bello como sobrecogedor: el de Omaha.
Salvad al soldado Ryan es una de esas películas dignas de reconocimiento: instruye y emociona. Si la volviera a ver me volverían a sobrecoger esas primeras escenas del desembarco, tremendas y soberbias de factura.
Me dije que ese cementerio lo tendría que visitar; y lo hice. Acudí a un lugar, en el que la presencia de españoles es un hecho exótico, en una jornada que no olvidaré jamás; también sentí allí una especial emoción. ¿Por qué esos chiquillos sacrificaron su vida en una causa tan alejada de lo más cercano a ellos, lo cotidiano, me pregunté? Contestarme me ha forjado como persona; también. Y hube de hacer transbordo.
Sr. Spielberg, a Ud. le debo en parte ese paso. Me ayudó a comprender que nuestra libertad no se entendía sin la de una Europa que esquivó el peligro de ser un inmenso Gulag en Oriente y una enorme granja nazi en Occidente.
Descendientes de los puritanos del Mayflower, de uno y otro lado del océano y protestantes mayoritariamente, son quienes salvaron la Europa católica que sucumbe ante la acometida totalitaria/atea que trató de imponer el Dios-Estado.
Protestantes y católicos, dos ramas vigorosas del tronco religioso cristiano, el único que alberga una consideración digna de la persona. Más fervorosos con la libertad los primeros, mientras los católicos lo son con la igualdad, a decir de Tocqueville.
También británicos, canadienses y, en fin, cuantos yacen en las playas en las que sacrificaron sus vidas por la libertad de la que he podido disfrutar, merecen mi recuerdo y mi sentido reconocimiento.
Gracias, Steven. Buen trabajo aquel. Me gustaría sentir otra emoción: la de poder estrechar tu mano.