Opinión

Terrorismo no, xenofobia tampoco

TRIBUNA

Alejandro San Francisco | Martes 13 de enero de 2015

Las noticias que recorrieron el mundo este fin de semana se refieren a la participación de casi cuatro millones de personas en una marcha en París, para protestar por asesinato de un grupo de personas en Francia a manos de un grupo terrorista. La manifestación, en la que participaron además importantes jefes de Estado y de gobierno de naciones europeas, era una manera de graficar muy claramente que la actitud matonesca y homicida es inaceptable en cualquier régimen civilizado, donde los problemas y divergencias se resuelven por la vía del derecho.

Las sociedades que han sufrido el terrorismo, España entre ellas, son especialmente sensibles a estas situaciones. Sin embargo, siempre es conveniente considerar dos cuestiones asociadas. La primera es la relevancia que adquiere la preocupación por el terrorismo cuando la sociedad agredida es la nuestra, ocasión en que los actos de salvajismo nos parecen inaceptables; pero si la situación es distinta y el país agredido es otro, miramos al terrorismo con cierta indiferencia, incluso en ocasiones en Europa se observa a algunos de los principales líderes de los extremistas en América Latina, por ejemplo, como personas dignas de admiración por su liderazgo e idealismo. Lamentable.

La segunda cuestión también es problemática, y se produce cuando el origen de un problema terrorista nos lleva a una generalización injusta. En este caso la situación puede ser especialmente grave si tomamos el origen del problema actual en Francia, el insulto a la figura de Mahoma y la reacción terrorista encabezada por extremistas, como una puerta abierta a una mentalidad contraria al islamismo, xenófoba y agresiva contra los inmigrantes, lejana al espíritu de convivencia que debe regir la vida en sociedad.

Un ejemplo al respecto. Las noticias que llegan este lunes 12 de enero señalan que una marcha en Dresde ha reunido a veinticinco mil personas convocados por Pegida, los Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente, como se denominan. Este muestra un claro carácter islamófobo, que se nutre de los lamentables sucesos de París para proclamar algo que significa más odio y violencia y que genera una situación de involución que podría llegar a ser desastrosa si no se toman las medidas adecuadas. Debemos estar alertas pues, como dice Tzvetan Todorov en su interesante libro El Miedo a los Bárbaros (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2008), debemos considerar que "el miedo a los bárbaros es lo que amenaza convertirnos en bárbaros", por lo que es necesario evitar que se vuelva una pasión dominante, que nos puede llevar a "matar, mutilar, torturar".

Felizmente también sabemos que en Berlín el presidente Joachim Gauck y la canciller Ángela Merkel encabezaron también una concentración que si bien condenaba el terrorismo de grupos extremos islamistas, a la vez valoraban la convivencia armónica entre las religiones y entre personas de distintos orígenes. Sabemos que en Alemania Oriental tanto Gauck como Merkel sufrieron bajo un régimen extremista, que hacía del terror su modo habitual de trabajo, por lo cual su gesto tiene todavía más valor, ya que antes de dejarse invadir por la reacción visceral, prefieren la sensatez tan necesaria en la vida social.

Todorov, en otra obra titulada Los enemigos íntimos de la democracia (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012), sostiene que el régimen democrático tiene algunos peligros muy visibles en la actualidad. Entre ellos señala la imposición por la fuerza de un orden social superior, así como también el ultraliberalismo. Finalmente, menciona el peligro del populismo, que lo vincula precisamente con la xenofobia, que se manifiesta con especial fuerza en algunos grupos de extrema derecha, nacionalistas patológicos en distintos países europeos, como sería el caso del Frente Nacional de Francia, liderado por Marine Le Pen y que fundara su padre Jean Marie. El populismo nacional, habitualmente vinculado a la demagogia, tiene la particularidad de reforzar la identidad nacional, y en los hechos plantea negaciones que se tornan muchas veces violentas: contra los musulmanes, por ejemplo, a través de una legislación discriminatoria (la prohibición del uso del burka en el espacio público francés, por ejemplo).

En la misma línea, y referido al "peligro musulmán" –ellos tienen muchos hijos, frente a los pocos que tienen los europeos– Todorov precisa la necesidad de soluciones de integración social a las familias y no solo al Estado. Si hay un interés excesivo en reforzar la policía, las cárceles y los castigos por las diversas infracciones sociales, lo cierto es que el fundamento de esos problemas está en “la desaparición del papel regulador de la familia”. Es claro, piensa Todorov, que “renunciar a ejercer toda autoridad en la familia crea más problemas de los que resuelve”. El problema es que, a juicio del autor, “nuestras sociedades contemporáneas se caracterizan por olvidar cada vez más el papel constitutivo de la familia”. La postura resulta sugerente, aunque parezca difícil en los tiempos que vivimos.

El tema de fondo es el que debe quedar claro. El terrorismo no debe tener ninguna concesión, ninguna vacilación, ninguna cobardía. Eso vale si se ataca mi propio país como si quien sufre el terror está muy lejos de nuestro lugar de vida y de trabajo. Pero con la misma fuerza resulta inaceptable que un acto de terror de un grupo radical y fanático termine afectando a los inmigrantes en su conjunto, a una raza o una religión diferente, volviendo a tiempos pasados que deberían estar bien enterrados por su violencia e injusticia.

Terrorismo no, xenofobia tampoco. Ni en Francia, ni en España ni en cualquier otro lugar.