“Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. La cita, de Nietschze, es tan terrible como cierta. Tras los últimos atentados de París, Europa ha empezado a escudriñar qué ha podido fallar para que tres de los “suyos” -, pese a su origen árabe, los tres terroristas eran franceses, educados en Francia y, por tanto, presuntos conocedores del mundo al que tanto daño han hecho- se convirtieran en asesinos de la peor calaña.
Algunos aseguran que tendrían que haberse hecho mejor las labores de seguimiento. Eso, a toro pasado, es fácil de decir. Una vez le preguntaron a Napoleón qué era lo que más temía. “A los imbéciles”, respondió; “no hay forma de cubrir un frente tan numeroso”. Actualmente, el número de potenciales terroristas islámicos en suelo europeo es enorme; tanto como para que resulte casi imposible controlarlos a todos. Cada día, policías de toda Europa abortan operaciones muy parecidas a la perpetrada hace unos días en París. No salen en los medios, y casi mejor, porque con ello se limita la labor propagandística que estos grupos persiguen. Grupos que, en gran medida, están formados por europeos. ¿Qué hay detrás?
Pues inmundicia a espuertas, básicamente. Ahora resulta que, según los blanditos de turno, las víctimas son los musulmanes. Y va Angela Merkel y suelta que “el Islam es parte de Alemania”. Toma ya. Que exporte salchichas a Qatar, a ver qué tal resulta la cosa. La ignorancia es atrevida. He ahí el problema; ahora hay mucho atrevido porque la educación ha ido obviando los valores tradicionales europeos en aras de un multiculturalismo excesivamente complaciente, que ha fracasado. Mientras, el Islam sigue anclado en el medioevo. Que cuatro mentecatos en Alemania enarbolen la bandera de la islamofobia no puede obviar el hecho de que los musulmanes tienen que hacérselo mirar.
Por suerte, los hay que ya han empezado a reaccionar, condenando públicamente éste y otros hechos similares. Más vale tarde que nunca. Sin embargo, son aún pocos. En su fuero interno, la mayoría sigue hallando justificación para aberraciones de este tipo. Desde Egipto, el clérigo más reputado de la Universidad Islámica de El Cairo augura “un baño de sangre” si Charlie Hebdo sigue publicando lo que le parezca. Desde Turquía, Erdogan, ha ido más allá al justificar la masacre y, al mismo tiempo, sacar a relucir su antisemitismo. Y el primer ministro de Marruecos se marchó en plena manifestación al ver a ciudadanos parisinos exhibiendo portadas de la revista en cuestión.
Claro que no son los únicos extremistas. Como católico que soy, algunas viñetas de Charlie Hebdo me parecen algo bestias. Punto. Ellos tienen el derecho de publicarlas, y yo el de decir que no todas me gustan. Y si hay quien se siente ofendido, ahí están los tribunales. En lo que no voy a incurrir es en la ignominia de cierta caspa preconciliar que, como Juan Manuel de Prada, se pone al mismo nivel de los integristas musulmanes con eslóganes como “yo no soy Charlie, y me daría vergüenza serlo”. Eso sí que es vergonzoso, ser católico y no dolerse en absoluto -condenando con la boca pequeña- de la muerte de un semejante. Democracia sólo hay una, igual que libertad. Cuestionarlo o justificar que se haga según qué es ser un jodido fundamentalista. Y ya sea en nombre de Dios, Alá o Willy Toledo, es totalmente impresentable.