Uno de los personajes de “Los cuerpos extraños”, la última, de las novelas de Lorenzo Silva, protagonizada por la brigada Bevilacqua, concluye sin complejos que marchábamos mejor con nuestro impenetrable Santo Oficio que con la sociedad de la información.
El tecleo permanente de los llamados smartphones comporta el uso delirante, frenético, abusivo de la aplicación conocida como whatsapp. Se confiesa Lorenzo Silva cuando escribe: “Me parece un enojoso medio de comunicación, además de lo que implicaba poner tus comunicaciones, tu número de teléfono y, en nuestro caso (el de la Guardia Civil), información sensible, a la merced de otra de esas compañías que nadie sabe muy bien a quiénes tienen detrás ni qué hace con lo que transmite por sus servidores, y cuyo único crédito proviene de haber ingeniado una app que funciona con cierta gracia”.
El whatsapp nos domina tan avasalladoramente que llega a esclavizarnos. Lo último que hacemos al acostarnos y lo primero al levantarnos es consultarlo. Y durante el día más de la mitad de los usuarios nos conectamos al menos una vez (los que lo tenemos sin sonido) y tropecientas (los que lo tienen musicalizado). Imagino que los facebookeros y los tuiteros harán algo parecido, aunque aquí los receptores no son individuales sino colectivos.
La edad de inicio se rebaja año tras año, de manera que hoy un chaval de once años se manifiesta acomplejado ante sus compañeros cuando les tiene que explicar que sus padres no le han comprado un IPhone o un Samsung de varias pulgadas con el que se conecte a su e-mail, a su whatsapp, a su facebook y chatea sin descanso.
A nadie nos preocupa que hayamos dejado de saludarnos en el ascensor, que pasemos gran parte del día con la cabeza inclinada tecleando como locos, que hayamos perdido capacidad de comunicación oral o que hayan desaparecido los christmas o que hayamos aparcado la cámara de fotos o la agenda. Escribe Dave Eggers (“Un holograma para el rey”), tras leer una revista plagada de predicciones, que a la gente ha dejado de preocuparle el paso a un estado robótico, “pero en realidad ya nos parecíamos mucho a los robots, programados y fáciles de manipular. Teníamos botones, teníamos circuitos y todo podía rastrearse y explicarse, reprogramarse y calibrarse”.
Lo útil se ha convertido en imprescindible instrumento con la potencialidad del dominatrix. El aparatito es una prolongación del brazo. En cualquier momento libre la mano se va al bolsillo o al bolso en su búsqueda para activarlo y darle a la ruedecita de los contactos a escribir cualquier mensaje inocuo o a visualizar una sucesión de iconos presuntamente graciosos o a reírnos ante un vídeo sobre Canal Sur o el coletas. Dice, y no le falta razón, Martín Casariego (“Por el camino de Ulectra”) que corremos el riesgo de convertirnos en una especie de máquinas que “pueden memorizar, pero nunca podrán leer”, y qué es leer, se pregunta Glaster. Contesta Flecha “No lo sé exactamente. Debía ser una cosa medio mágica que ayudaba a comprender mejor el mundo”.