TRIBUNA
Juan José Laborda | Viernes 16 de enero de 2015
El artículo de Luis Prados, un respetado periodista, titulado “Todos somos Excalibur”, me impresionó sobremanera. Luis Prados escribía: “Llama la atención que centenares de españoles se manifestaran hace tan solo unos meses en contra de que un animal doméstico fuese sacrificado y se creara hasta un hashtag -#salvemosExcalibur- en solidaridad con la suerte del perro de la enfermera contagiada con ébola y no lo hicieran ahora”. (En estas mismas fechas se ha visto el desplome del prestigio de la enfermera, al reconocer que no advirtió a su médica de que había atendido a enfermos de ébola. ¡Los efímeros modelos morales que se construyen mediante el espectáculo de los medios de comunicación!¡Ya no se puede creer en nada!, exclaman, equivocados, quienes siguen fiando sus opiniones en la hoguera de vanidades en tertulias videopolíticas”.)
Luis Prados señalaba que España estuvo incomprensiblemente desmovilizada cuando toda Europa salió a la calle detrás de los carteles “Je suis Charlie”: “Llama la atención que, habiendo sufrido España el peor atentado del terrorismo yihadista en Europa el 11 de marzo de 2004 con 192 muertos y miles de heridos, no haya habido ninguna fuerza política, organización de la sociedad civil o institución pública que llamara este domingo a manifestara contra el terror y por la libertad de expresión tras el ataque al semanario Charlie Hebdo”.
Luis Prados se sorprende de nuestra falta de sintonía con Europa. En una sociedad que se manifiesta por cualquier cosa -¡en Madrid hubo un promedio en 2014 de 8 manifestaciones al día!-, los que se movilizaron por el ataque de París fueron unos pocos ciudadanos españoles, algunos franceses residentes aquí y miembros de la comunidad musulmana de nuestro país, en contraste con “las multitudes reunidas en Londres, Washington, Berlín y otras capitales”. La autarquía y el casticismo tradicionales se descubren en su párrafo penúltimo: “Llama la atención que todavía tenga tanto peso el aislamiento histórico de España, que aún concibamos la discusión como preludio de la violencia o que entre nosotros la pasividad pueda ser un valor social”.
Y Luis Prados concluye: “Llama dramáticamente la atención, por último, que parezca que los españoles valoremos tan poco la libertad”.
No es la primera vez que yo cite una encuesta que el CIS realizó hace años, en un tiempo más tolerante y sensato que el actual. Lo escuché de Joaquín Arango, un sociólogo que dirigió ese Centro: “Los españoles, a diferencia de la mayoría de los pueblos europeos, valoran la Justicia como virtud democrática por excelencia, mientras la Libertad queda mucho más atrás como clave de la convivencia basada en las leyes.”
En mi opinión, yendo a lo concreto, más acá de las herencias religiosa y política de nuestro último siglo, el vacilante compromiso con los valores y las costumbres liberales se podría explicar porque el parlamento, y las prácticas de un parlamentarismo libre, han carecido de apoyo y de reconocimiento por parte de la política actual.
El parlamento y el parlamentarismo han sido las cenicientas de nuestro modelo institucional. En 1979 visité la Cámara de los Comunes del Reino Unido, en una delegación que presidía el presidente del Congreso, Landelino Lavilla, y en Londres descubrí que el parlamento era el símbolo de Gran Bretaña, y no sólo símbolo de la democracia, como ocurría y ocurre en España. Cuando el parlamento cumple sus tareas representando la libertad de los ciudadanos, a la vez está construyendo día a día la convivencia nacional. Eso lo vi en la persona de George Thomas, el speaker de entonces. George Thomas era laborista, galés, metodista, antifascista (-nos dijo a Jordi Solé Tura y a mí que rezaría por nosotros, porque éramos de izquierdas, y que como ahora no estaba Franco viajaría por fin a España-), promotor de las brigadas internacionales durante nuestra Guerra Civil, en fin, un criticón pertinaz con toda autoridad institucional, y lo era cuando la mayoría parlamentaria era conservadora, anglicana, nacionalista inglesa, pro-capitalista, y cuyo gobierno estaba presidido por Margaret Thatcher. ¡Qué envidia del poder independiente del parlamento! George Thomas, que nos invitó a cenar en su residencia oficial, nos dijo que los británicos hacían bromas sobre su parlamento, y sus costumbres anticuadas (él iba vestido con peluca y lo único que tenía de moderno eran sus gafas y el habano que fumó a los postres), pero que cuando los nazis bombardearon Londres, el pueblo vio en el parlamento la garantía y el símbolo de sus libertades.
Las reflexiones de Luis Prados encajan aquí. Desde 1998, al menos, los grandes asuntos estatales no han sido parte del debate parlamentario, y se han convertido en discusiones periodísticas y en motivos para sacar a la calle a las masas. Los grandes problemas territoriales, la financiación autonómica, el “soberanismo” vasco y catalán, la guerra de Irak, los atentados del 11-M de 2004, la negociación con ETA, la controversia sobre la actual ley del aborto, y un largo etcétera de asuntos nacionales, fueron pretextos para atacar al gobierno de turno con masivas manifestaciones callejeras. Las instituciones no fueron utilizadas. Aunque la oposición podía disponer de la moción de censura contra el presidente del Gobierno, nunca se usó ese dispositivo, y eso que se movilizó a las masas con terribles acusaciones. Se podía acusar, por ejemplo, a un gobierno de oscuras tramas con etarras, policías patrios y agentes secretos marroquíes, pero esas insinuaciones nunca fueron verbalizadas en las Cámaras parlamentarias, y por supuesto, los demás países nunca se tomaron en serio dichas acusaciones.