Opinión

Freud no trabajó (y III)

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 17 de enero de 2015

Tampoco registró largas sesiones en el diván freudiano la existencia de otro testigo y actor sumamente destacado de la etapa referida del tardofranquismo y la Transición, el madrileño y ministro de Educación entre l951-56 D. Joaquín Ruiz-Giménez (1913-2009). Pese a que en sus recientes –de publicación, obvio es…- memorias en forma de fruitivos Diarios (I volumen: 1967-1978). Madrid, Congreso de los Diputados-Defensor del Pueblo, 2014) se afana incesable e indesmayablemente por marcar distancias respecto del Régimen al que sirviera con diligencia y constancia notables a lo largo de más de un quindecenio, es lo cierto que el sobresaliente político demo-cristiano únicamente adoptó una actitud graníticamente antidictatorial hasta adentrado el tardofranquismo. En éste, su actividad, ya trepidante, adquiriría un ritmo frenético, inimaginable por su pulsión si no fuese por la reseña puntual y vívida anotada en sus citadas acotaciones memorialísticas.

Con más embridamiento, pero también con mayor recurrencia que su admirado José Mª de Areilza, el antiguo colaborador de Franco somete a una crítica implacable al “núcleo duro” del Sistema con el que de modo tan eficaz cooperase tiempo atrás, fustigando impenitentemente a los sectores ultraconservadores e integristas que en la sociedad civil y en la eclesiástica –tan bien conocidos por él- se mostraban, en los días anhelosos de la agonía de la dictadura y la “recuperación de las libertades”, como celosos últimos guardianes de sus esencias. En pluma tan irenista y en talante tan comedido e imantado por los matices como los del antiguo embajador ante la Santa Sede (1948-51), no deja de sorprender el tono airado de sus diatribas contra los sectores resistentes a la llegada de la tierra de promisión de la paz y reconciliación definitiva entre los españoles. Aunque el lenguaje de sus censuras jamás se despeña por el insulto o la zafiedad, su contenida violencia nos adentra sin dificultad en el hondón de un espíritu remecido por los antuviones de un ayer del que le es imposible desprenderse, distorsionando tanto su vida íntima como la social y pública; proyectando sobre ésta un imagen casi por entero a la medida de sus pesadillas y revisionismos a ultranza, poco o nada enraizados en la realidad cuotidiana de la inmensa mayoría de sus compatriotas.

Con el respeto exigido y gustosamente tributado a tan noble y bienintencionada personalidad –hombre cabal, cristiano hasta la médula, amigo, maestro, esposo y padre de singular ejemplaridad-, es legítimo suponer que, al igual que otros eximios integrantes de su astillada generación de 1936, alguna visita al desocupado diván freudiano se hubiera traducido de inmediato en provechosa ganancia para una convivencia más rica y normalizada de una España democrática que hodierno se confiesa, no sin provocar asombro, huérfana de “héroes” y padres fundadores y compulsivamente afanosa por hallarlos en cualquier baratillo de la manipulación histórica.

Decididamente, Freud no trabajó mucho en momentos cruciales de un país de su agrado y admiración sinceras. Las resultas de tal hecho se han descubierto muy pesarosas para la convivencia nacional y todo hace sospechar que el mal seguirá roborante en los años próximos.