Opinión

Un horizonte esperanzador para Túnez

AL SUR DE TARIFA, AL NORTE DE ESPARTEL

Víctor Morales Lezcano | Sábado 17 de enero de 2015

Las líneas que siguen quieren ser una primicia del autor para las columnas de El Imparcial en 2015.

Mientras que más de un lector pueda sorprenderse por no romper a contar -u opinar- sobre la agónica semana vivida en Francia y compartida por vía mediática en toda la faz del planeta, soy del criterio de que un aplazamiento táctico del acontecimiento ayudará, por el momento, a des-enturbiar la percepción y el análisis de los asesinatos que han ocurrido en París entre el 7 y 10 del mes en curso. Fijemos, hoy, pues, toda la atención sobre Túnez. Creo que la prioridad que aquí se le concede está justificada.

Ya es sabido que entre octubre de 2014 y enero de 2015 la sociedad tunecina ha superado, no sin correr dos riesgos de envergadura, el estado de estancamiento político que se fue incrustando entre 2012-2013 en la milenaria Ifriquiya. Veamos la dimensión cualitativa que han incorporado los últimos comicios generales y presidenciales en la dinámica del país norteafricano.

Primer paso dado para salir del atolladero: ya en las elecciones generales de octubre, el partido Nidá Tunis, que encabeza Béji Caid Essebsi, obtuvo mayoría parlamentaria frente a su concurrente Ennahda, opción islamo-tunecina que dirige Rachid Ghanuchi desde hace decenios. De aquí a las elecciones presidenciales (21 de diciembre, 2014), que han proporcionado mayoría relativa al liberal Essebsi (55,7% de votos emitidos) frente al candidato republicano radical Mohsen Marzouk (44, 3%), un hecho decisivo tuvo lugar en el interior de Túnez. Se trató de un encuentro de trascendencia innegable, de los que se predica que hacen historia.

El encuentro que Essebsi y Ghanuchi celebraron en París durante el pasado mes de octubre vino a liberar, en efecto, el proceso de democratización tunecino de una hipoteca nefasta para cualquier sociedad moderna: la precipitación imparable hacia el bipartidismo endémico, que en el caso de Túnez empezó a cuajar en torno al polo liberal-demócrata, de un lado, y al polo islámico, de otro, a finales de 2011. El fenómeno de bipolaridad endémica empobrece ineluctablemente el debate y el horizonte políticos en cualquier sociedad compleja de nuestros días. Se trata de un proceso que ha costado caro al sistema predominante en alguna que otra sociedad del flanco sur de la Unión Europea -Grecia, España, Portugal mismo-.

Ocurrió, pues, que Rachid Ghanuchi convino con Essebsi en retirar su candidatura a las elecciones presidenciales, a la luz de la bipolaridad enfermiza que podría dar al traste con los primeros frutos cosechados en Túnez durante la primavera magrebí de 2011-2013. El espectro involucionista made in Egypt (julio de 2013 en adelante) capitaneado por el general Al-Sisi contra el gobierno de Morsi debió de pesar bastante en la retirada táctica de Ghanuchi del panel de candidatos a las elecciones presidenciales, recientemente celebradas en Túnez. La sombra alargada de un islamismo de corte yihadista hizo ver a Ghanuchi con nitidez el riesgo de alimentar una bipolaridad antagónica desde dentro de una sociedad magrebí en transición hacia la democracia. Ha habido otros perdedores en estos comicios, como ha sido el caso de Marzouk y algunas ramificaciones políticas social-demócratas. En cualquier competición, hay ganadores; luego, están los otros concurrentes. Es la regla del juego, para cuya práctica los dirigentes tunecinos están demostrando bastante savoir faire. Los riesgos de la bipolaridad endémica en tiempos de alarma terrorista podrían haber obstruido el horizonte de la República. La renuncia, en una coyuntura precisa, puede garantizar la consecución futura de un objetivo nacional.

El primer gobierno de la segunda república tunecina se enfrenta, a partir de ahora, con una triple y ardua tarea: infundir respeto a la democracia; sanear la economía y contrarrestar el recurso al Islam radical, privándole de tanta legitimación social como sea posible. Ocioso resulta subrayar, finalmente, que otro riesgo considerable que amenaza Túnez reside en la turbulencia regional que ha generado el caos en la Libia post-Gadafi y la consiguiente insurgencia tribal en el entorno sudanés de sus fronteras meridionales -Chad, Níger, Mali, Mauritania y el sudeste de Argelia-.