Desde que escribiera una discutible biografía sobre el anarquista español, Buenaventura Durruti, sigo la obra de Hans Magnus Enzensberger. Disfruto con sus ensayos y me hacen reír sus versos sobre la crisis del mundo occidental. Es el escritor alemán más sugerente de su generación. No es pesado. No quiere ser el más listo de la clase. No parece alemán. Y, sobre todo, es ameno. La amenidad de su último libro es deliciosa y compite con su escepticismo sobre la condición humana. Más cercano a Schopenhauer que a Nietzsche, es uno de los mejores filósofos cínicos de nuestros días. Su filosófico cinismo me ayuda a conllevar la estulticia de quienes creen que pensar sobre el mundo es crear fórmulas univocas. Radicales. Innegociables. O sea, imposibles. La equivocidad de un discurso, de una opinión, en fin, de una reflexión no es un error. Es el pulso del pensamiento que, a veces, nos hacer dar con algo que despierta nuestra admiración. Nos da vida. O, al menos, mantiene intacta esa capacidad innata que tiene todo hombre para la alegría. Es el don de continuar soñando, diría Nietzsche, sabiendo que soñamos.
Leo su último de libro, Reflexiones del señor Z (Anagrama), y vuelvo a darle vueltas al poder filosófico de la ambigüedad. La equivocidad es la singularidad de nuestra existencia, incluida la del pensador, la de escritor Enzensberger, que ha hecho de la ambigüedad, aspecto fantasmal de la realidad, una trinchera, un puesto de socorro, una actitud estética ante la bochornosa “verdad” de la “historia”. De lo real. Falso. No tener una fórmula contundente para resolver un problema intelectual es antes un acicate para pensar y vivir con dignidad que un defecto de la existencia. La ambigüedad, la duda y la perplejidad son los mejores caminos para construir una cultura capaz de reconciliar lo mejor de las doctrinas más diversas.
Enzensberger es, sin duda alguna, el autor europeo que mejor encaja en la cultura renacentista de origen hispánico. A nadie mejor que al autor bávaro le vienen perfectas las palabras que Marcelino Menéndez Pelayo, quizá aún el más grande humanista español de nuestra época, utilizó para referirse a Luis Vives. Enzensberger es, como dijera Menéndez Pelayo del humanista valenciano, “un filósofo ecléctico. Sí, por cierto, como es todo filósofo de tal nombre, máxime cuando nace en épocas de transición, en épocas críticas. Ecléctico porque admite la verdad, venga de donde viniere; ecléctico en cuanto no sobrepone a la propia razón el propio criterio de una escuela determinada; ecléctico en cuanto no ataca a la autoridad sino en las cosas que no son de fe; ecléctico en cuanto profesa el gran principio In necesariis unitas, in dubiis libertas; ecléctico porque no desdeña ninguno de los pensamientos y tendencias del pensamiento humano, sino que los comprende y armoniza todos, como están comprendidos y armonizados en la conciencia; ecléctico en cuanto no declara la guerra a Platón en nombre de Aristóteles, como los escolásticos, ni a Aristóteles en nombre de Platón, como la escuela de Florencia. Pero no ecléctico a la manera de los franceses, pretendiendo conciliar la verdad y el error en una síntesis.”
En efecto, jamás Enzensberger hubiera juntado en una manifestación contra el terrorismo a gentes tan inconciliables (sic), como los que se reunieron en Paris el domingo pasado. Quizá, por eso, porque es imposible conciliar verdad y error no asistió el presidente de los EEUU, Obama, a la “ecléctica” manifestación de Francia contra el terrorismo…