Opinión

Patria y libertad

TRIBUNA

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 19 de enero de 2015

Comentábamos aquí la semana pasada el espléndido ejemplo de unidad nacional y solidaridad internacional que supuso la manifestación celebrada en París el día 11 de enero. Algunos de los que pudieron estar presentes me contaban la compartida sensación de estar viviendo un momento histórico, algo así como una toma de conciencia colectiva ante un desafío a lo que los franceses denominan “valores republicanos” que no son, ni más ni menos, los que aquí llamamos valores democráticos. Nos referíamos también al desgarrante contraste con el bochornoso espectáculo que nos tocó vivir en Madrid – y en España entera- en aquellos penosos días que transcurrieron entre los salvajes atentados del 11 de marzo de 2004 y las elecciones celebradas el domingo 14.

Pero si bien, ciertamente, me emocionó contemplar, aunque fuera por la pantalla de la televisión, la magna demostración parisina, debo reconocer que me conmovió aún más contemplar, unos días después, a todos los diputados de la Asamblea Nacional, puestos en pie, cantando “La Marsellesa”, himno nacional francés con el que, por muy diversas pero comprensibles razones, se sienten identificados todo los demócratas del mundo. Yo he sido siempre bastante crítico con lo que supuso la Revolución francesa, entre otras cosas porque, como buen tocqueviliano, pienso que se hubiera llegado –se estaba avanzando ya en esa dirección- a los mismos resultados por la vía de la evolución y la reforma, prácticamente en el mismo lapso de tiempo y sin caer en aquella tremenda orgía de sangre que, además, dejó duraderamente dividida a la sociedad francesa. Me he sentido, por lo general, mucho más identificado con los relatos de Hyppolite Taine que con los de Jules Michelet. Pero “La Marsellesa” me ha parecido siempre un bello y entusiasta himno por la libertad y contra la tiranía. Rouget de Lisle hizo con lo que él llamó “Canto de guerra para el ejército del Rhin”, una aportación imperecedera a la simbología de la libertad.

Aquella escena –apenas captada por las prisas, tantas veces desconsideradas, de un telediario- me conmovió aún más porque inmediatamente pensé que una escena similar es totalmente impensable en el Parlamento español. Según cuentan los noticiarios, allí fue un diputado de la UMP, el partido de centro derecha, el que, al final del minuto de silencio que se estaba guardando, inició el canto del himno nacional, seguido inmediatamente por la totalidad de los diputados. No había ocurrido nada semejante desde 1918. Aquí no es previsible nada parecido, en primer lugar porque hemos sido incapaces de poner letra a nuestro bello e histórico himno nacional, lo que ya no deja de ser una reveladora muestra de nuestras divisiones. ¿Cómo es posible que esta Nación, que con justicia se considera, cronológicamente, la primera nación de Europa, no haya sido capaz de encontrar en su larga y fértil historia inspiración para componer un texto para nuestro himno?

Pero, además, es que si se hubiera interpretado el himno nacional estoy imaginando a determinados sectores de la Cámara permaneciendo sentados en sus escaños, en un ejercicio de protesta pero, sobre todo de mala educación. No faltan ejemplos ni precedentes. Todos esos que juran o prometen su condición parlamentaria “por imperativo legal” se habrían quedado sentados, y no digo que porque les daría “la real gana”, porque suena a monárquico, sino como muestra de protesta contra el sistema que les permite gozar de la desacreditada condición de parlamentario. (¿Por cierto, han visto cursilada mayor que eso de “prometer” en vez de jurar, una alternativa que no se da en ningún país serio porque cada uno jura por lo que quiere y a nadie se le pide una declaración de fe?). Pero nada de eso nos puede extrañar en un país donde hay muchos que no se sienten identificados ni con el himno ni con la bandera nacional que, en su ignorancia, deben pensar que son inventos de Franco. La democracia debe poseer su propia liturgia político-histórica y cualquier país que se precie tiene que tener, respetar y honrar sus símbolos nacionales. Es la más elemental manifestación de patriotismo. Pero España es diferente.

Así llegamos al meollo de la cuestión, y es que aquí el patriotismo está mal visto. Sé de casos en los que, simplemente por exhibir una pequeña insignia con la bandera nacional, en el ojal de la chaqueta, el portador ha sido calificado de fascista. Hace años, el PP usó la expresión, procedente del filósofo de la Escuela de Francfort Habermas, “patriotismo constitucional”. Por fortuna lo abandonó enseguida porque no tiene demasiado sentido. Ahora la ha hecho suya el ínclito Pedro Sánchez, cuyo GPS siempre le lleva a lugares equivocados. El patriotismo español, en la medida en que exista, no se basa en la Constitución, que nos ampara a todos porque es la base y fundamento de nuestra democracia y de nuestro Estado de Derecho. ¿Cómo nos puede sorprender que, según los últimos datos, el país donde la imagen de España está menos valorada es la misma España?

Pero la Patria –esa palabra que tan cuidadosamente evita la izquierda española, sin duda también por supina ignorancia- es anterior a la Constitución que, como acertadamente dice en su artículo 2, “se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española…”.Por cierto, he leído hace poco que ya hay quien quiere que, en esa hipotética reforma de la Constitución a que aspiran los socialistas y otros, se suprima ese artículo. Son los que quieren hacer un Estado plurinacional, sin ningún fundamento serio ni político ni histórico, porque esa unidad que tanto les molesta no es un invento de la presente Constitución sino que se repite desde la primera de todas las nuestras, la de 1812. Ratificando por cierto un hecho anterior porque aquí no ha habido más Nación que España, a pesar de la patrañas históricas a que tan aficionados son los nacionalismos periféricos.

Patria y libertad son dos conceptos estrechamente enlazados entre sí. Decíamos antes que “La Marsellesa” es un canto a la libertad. Y no es casualidad que una de sus más conocidos versos, el primero de todos, el inicio del himno, sea Allons enfants de la Patrie. El otro día los franceses, y quienes les acompañaron se movilizaron por la Patria y por la Libertad. Sin libertad, la patria entra en un territorio de sombras y se convierte en tiranía. Y la libertad sin patria desemboca en la permisividad más absoluta y, al final, en el caos. La primera de las libertades es la de expresión, junto con la de prensa, porque son las primeras que se alcanzan, pero también las primeras que se pierden. Una libertad dura, porque no se limita a amparar lo que nos gusta o aquello con lo que ya estamos de acuerdo, pues cubre, también y sobre todo, lo que nos molesta y nos irrita. El recientemente fallecido Bradlee recordaba que también ampara el error y hasta la irresponsabilidad. Lo que no quiere decir que no tenga límites. El artículo 20.4 de nuestra Constitución señala esos límites. Y las transgresiones se sustancian ante los tribunales penales o civiles.

La libertad de expresión tiene también marcos culturales distintos. En Francia hay una tradición volteriana (una palabra que nuestro DRAE en su acepción 3 define como “Que manifiesta incredulidad o impiedad cínica y burlona”). Un estilo que es el que practica Charlie Hebdo. Nunca me he sentido identificado con ese tipo de humor (Je ne suis pas Charlie Hebdo), porque creo que hay que excluir la provocación, el insulto o las actitudes despectivas hacia lo que para otros es sagrado o, simplemente, respetable. Pero, por supuesto, los posibles abusos no se resuelven a lo bestia con el asesinato sino ante los tribunales.

En el debate que se ha suscitado estos días pasados sobre esta libertad, me ha llamado la atención que en el país que, según todos los baremos, disfruta de un grado más alto en las libertades de expresión y de prensa, los Estados Unidos, la opinión predominante parece ser que el estilo hiriente de la revista satírica francesa se excluye, más por una cuestión de buen gusto y de respeto a los demás que por exigencias legales. Significativamente, The New York Times decidió no publicar reproducciones de las viñetas de la revista francesa. En ese debate, un especialista en periodismo satírico, Tom Spurgeon, entiende que “para exponer tus puntos de vista, no es necesario insultar a la gente, especialmente si se trata de gente excluida o marginada” y un joven caricaturista, Jacob Canfield, se preguntaba si detrás de ciertos estilos de humor no hay “una dimensión virulentamente racista y xenofóbica” y se negaba a aceptar como “un acto patriótico o valiente, poner sobre el papel lo más grosero u ofensivo de que se es capaz”.

Otro veterano periodista, Joe Sacco, escribe que el humor debe dirigirse “contra aquellos que están en el poder y no contra grupos étnicos, raciales o contra creencias religiosas, especialmente cuando se trata de gentes marginadas o perseguidas”. Por el contrario, para una novelista gráfica de origen iraní, Marjane Satrapi, es un error plantear esta discusión después de unos asesinatos como los de París. “Si actuamos de esta manera –concluye- crearemos un clima de miedo y perderemos nuestra libertad”. Hay opiniones muy diversas, pero quizás lo más notable es que se estima que los límites no han de ser necesariamente legales, sino que es una cuestión de tacto, buen gusto y sentido común. Quizás habría que recordar aquella vieja máxima paulina, “La verdad os hará libres”, que cierto tipo de subperiodismo olvida a diario.