Opinión

La carnicería de la izquierda española

PASO CAMBIADO

José Antonio Sentís | Miércoles 21 de enero de 2015

Mientras se confirma, o no, el descenso electoral del centro derecha que predicen las encuestas, la verdadera batalla sin cuartel se está librando en la izquierda española. Es cierto que, por el momento, ese escenario está en segundo plano por los fuegos artificiales de los nacionalistas catalanes, que también tienen su buen conflicto interno, y por los despliegues mediáticos contra el Gobierno del PP, especialmente a cuenta del inacabable caso Bárcenas. Pero ello no quita que, en segundo plano, los cuchillos busquen los riñones en cada esquina rosada. Rosada, rojiza o violácea.

Lo interesante de la situación es que toda la izquierda está peleando entre sí hacia fuera y hacia dentro, El PSOE está angustiado por la competencia de Podemos. Izquierda Unida se siente al borde de la desaparición por causa de ese mismo partido. Podemos aspira a lograr los votos del PSOE, porque quiere ser el PSOE. Y quiere robar los cuadros a IU, porque sus votos los da por descontados, para no tener referencias parecidas a ellos en ese proyecto de totalizar (permításeme esa palabrota, pero viene a cuento de la vocación totalitaria) la izquierda. Porque Podemos quiere hacer en la izquierda lo que el PP hizo en la derecha: ocuparla toda, desde el centro al extremo.

La guerra clásica de la izquierda era desigual, entre la potencia hegemónica del PSOE y el pueblo de cabreros del PCE. A veces se herían (hasta la inanición de Carrillo, por ejemplo, o con la venganza de Anguita, en otro momento) pero nunca se mataban. Eran duelos a primera sangre. Lo que viene ahora, no, porque la introducción en la batalla clásica de un tercer frente va a causar destrozos irreversibles.

Los primeros se están dejando sentir, y son, precisamente, en el interior de los partidos concernidos. Víctimas del desconcierto, en el PSOE y en IU se están dando palos de ciego para ver cómo afrontan el nuevo escenario. No les ha bastado un cambio de liderazgo (Pedro Sánchez, primero, y Alberto Garzón, después), sino que estos mismos ya están en cuestión al poquísimo tiempo de inaugurar su papel. Y para colmo, para una estrella emergente que tenía IU, que era Tania Sánchez, la están laminando con saña sus propios compañeros.

Si PSOE e IU están nerviosos, al primero se le nota más, porque tiene más que perder o porque aspira a ganar más. Y si ya caminaban los socialistas a paso renqueante, después de la concienzuda autodestrucción infligida en la época de Zapatero, ahora se sienten realmente amenazados, como si en su nuca notaran la sombra de Papandreu o de Craxi, enterradores de proyectos similares al PSOE.

Pero sucede que estamos en año electoral, o más bien electoralísimo. Y no hay mucho tiempo que perder, ni espacio para meditar.

Se nota que un partido se agita cuando surgen los conciliábulos, las filtraciones, las maniobras en la oscuridad. Y ahora las tenemos a paletadas. Con Susana Díaz reunida con barones y con Felipe González a espaldas de Sánchez. Con Bono y Zapatero haciendo ingenuamente la cama a Sánchez con su entrevista pseudosecreta con Iglesias y Errejón, que no han desaprovechado su oportunidad de utilizarla. Sánchez no para de recibir bofetadas, parece haber perdido el control de su entorno y es en sí mismo una metáfora de GPS averiado.

Pero Sánchez ha sido elegido hace un cuarto de hora secretario general de su partido. Merecería un respeto de los que le eligieron. Pero no, precisamente por la diabólica manera que tiene el PSOE de pegarse tiros en los pies. Por su decisión de elegir a su candidato a la presidencia del Gobierno en primarias. Primarias abiertas, para más inri. Y, claro, mientras esa decisión esté pendiente, y no será hasta julio, Sánchez es un líder provisional.

La jugada de hacer frágil la figura de Sánchez, que no hay que ser un águila para saber que procede de quienes creen más en el liderazgo de Susana Díaz, es en sí mismo arriesgada. Porque si no está muy planificada la irrupción de Susana Díaz, Sánchez será candidato, y el más débil de cuantos se presenten. Y si es destruido previamente, y es la andaluza la cabeza de cartel, también la refriega dejará sangre en el camino.

Puede decirse que los socialistas españoles están en un dilema diabólico. No confían en Sánchez, pero tampoco están seguros del éxito de una operación interna contra él. Porque muchos socialistas, me consta, creen más en el liderazgo de Susana Díaz, pero tampoco pueden garantizar con ella un buen resultado más allá de Andalucía, único lugar en que es realmente conocida.

Y, por si faltaba algo, el calendario es propicio a mayor desconcierto aún, pues, primero, Andalucía tiene que celebrar elecciones, y, después, cuando se celebren las primarias socialistas, Susana Díaz estará dando a luz. Pero sería muy mal visto que perdiera por incomparecencia obligada, porque expondría una pésima imagen de desigualdad entre sexos.

Sólo una maniobra realmente valiente podría desatrancar este entuerto: que el PSOE renunciara a las primarias, que parecería escandaloso, pero mucha más escandalosa fue la renuncia a la salida de la Otan.

Se dirá que el escenario es el más propicio posible para la victoria de Podemos en la izquierda. Pero nunca hay que desconfiar en la capacidad de este nuevo partido y su media docena de líderes de laboratorio de meterse en los charcos más inverosímiles.

Mientras han sido unos pocos, han podido controlar su discurso. Cuando sean más, las incongruencias pueden ser gigantescas. A duras penas sobreviven los Iglesias, Monedero o Errejón a sus propias biografías. Aún les llueven los cobros pendientes de su pasado, el dinero venezolano, el iraní. Aún permanecen sus videos y sus machadas de comunistas rancios, de bolivarianos aprovechados, de progres frívolos. Pero tal vez superen ese lastre, porque para lavar su imagen ya cuentan con las televisiones privadas a su servicio. Aunque tal vez no puedan lograrlo del todo, y algunos españoles despierten del sueño de la indignación por la pesadilla de la manipulación.

El PSOE, IU y Podemos van a rivalizar en la pose de gritar contra el PP. Gran cortina de humo. El problema está en ellos mismos y entre ellos mismos. En esas guerras no caben prisioneros. Esto va ser una carnicería.