Opinión

Religión y realidades sociales

TRIBUNA

Fernando Caro | Lunes 26 de enero de 2015
Esa es la cuestión, el resultado sociológico de los diferentes hechos religiosos.

En un reciente artículo acerca del cual tengo toda la legitimidad para pensar que es una respuesta, y cuyo encabezamiento El islam contra el terrorismo ya es confuso, Luis María Anson persevera en su loa al Corán, libro sagrado en el que predomina “la belleza literaria”. “El rechazo a la violencia y a los violentos es completo”, dice al invocar su lectura de ese “monumento universal a la espiritualidad” en una traducción fuera de toda duda, en la que halla “azoras que son esencialmente poéticas”.

Como hablamos de cosas diferentes, yo me refiero a las verdades del barquero, no polemizaré acerca de lo que surge de su más íntimo sentir. Yo aprecio belleza en la formulación de las Leyes de Newton o de Maxwell, por ejemplo; mi tosquedad ante la poética literaria es palmaria. Por supuesto no pido a nadie que comparta esta sensibilidad. Ni que entre dos lecturas académicas, la de Anson y la de Tocqueville, se incline por esta última como yo hago, sin dudas ni ambages.

Pero los atentados de que fueron víctimas unos periodistas de Charlie Hebdo, unas personas presentes en un supermercado kosher, y tantos, tantos otros, no tienen nada de literario, espiritual o poético; sí de político, de aquello que versa sobre la convivencia de las personas en el espacio público que nos vemos obligados a compartir. Ese es el terreno en el que yo me desenvuelvo a la hora de debatir, no en el del análisis literario. Terreno en el que me declaro seguidor de las apreciaciones de Ortega acerca de las virtudes de nuestra democracia liberal, de inequívoca raíz cristiana, basada en el absoluto respeto al otro, al discrepante; la mejor forma de convivencia que ha sido capaz de conseguir la especie.

De ahí deriva la libertad de expresión, de siempre relativo alcance, porque parece fuera de duda que, como pauta general, “La libertad de expresión sólo existe para los editores de los medios de expresión”, como Lowell Bergman –productor de “60 minutos”, informativo estrella de la CBS– le dice a su esposa en una escena de The Insider (El dilema).

Mi mirada, en definitiva, se dirige al ámbito de las realidades sociales tangibles que nos ofrece la historia pasada y el presente: a lo observable; a las condiciones de vida efectivas para los más. Y sin ir más lejos, por ejemplo, en la orilla sur del Mediterráneo cuna de nuestra civilización, estas evocan la miseria de la que Kapuscinsky se hizo eco. Esos son resultados tangibles.

Como tangible es el encabezamiento al que me he referido, que aboca de inmediato a la pregunta de cómo un sujeto indeterminado puede estar en contra, de lado, o a favor de algo; o de otro modo, ¿qué diantres podría significar un enunciado como Europa, contra las lluvias torrenciales, por hacer referencia a un fenómeno en gran medida imprevisible y de potenciales efectos devastadores en ámbitos bien delimitados?

La edad de los textos sagrados no justifica absolutamente nada acerca de su esencia, acaso de su circunstancia [al respecto me permito recomendarle la lectura de una recopilación de textos religiosos de Tocqueville, Alexis de Tocqueville. Sobre las religiones. Cristianismo, hinduismo e Islam. Edición de Jean-Louis Benoît, Encuentro, Madrid, 2013, si es que no lo ha hecho; quizás aprecie en ella algo de valor].

Y como no aprecio en el artículo objeciones de calado a lo que dije, me referiré a lo que invoca en él.

La referencia a los 80 años de esclavitud americana –lapso de tiempo similar a la duración del régimen de los soviets, casualmente–, es más que negra nota de color: afrenta mi capacidad de discernir. Sr. Anson, ¿qué consideración le merece el status al que desde hace siglos se ve condenada la mujer en el mundo islámico y que para nuestra vergüenza se nos ofrece como hecho tangible cotidianamente en nuestras calles?

De la que hace mención a la Sra. Le Pen, en mis antípodas ideológicas, ni comentario. Y lo dicho por el prestigioso imán tiene el mismo peso que oír de un vizcaíno, por ejemplo, “Soy vasco, no etarra”; ya sólo faltaría.

Tocqueville: “Mahoma hizo bajar del cielo, y dispuso en el Corán, no sólo doctrinas religiosas, sino máximas políticas, leyes civiles y penales y teorías científicas. El Evangelio no habla, por el contrario, más que de las relaciones generales de los hombres con Dios y entre sí. Fuera de ahí ni adoctrina ni obliga a creer nada. Solo por ello, entre otras mil razones, basta para mostrar que la primera de estas dos religiones no será capaz de predominar en épocas de luces y demo­cracia, mientras que la segunda está llamada a regir en estos siglos y en todos los demás.” [Segunda Democracia, 1ª parte, cap. 5].

Esta es la cuestión que está en la mesa –más allá del muy personal sentimiento de la fe religiosa, y del análisis literario, a los que no hago invocación alguna–: el efecto, el resultado sociológico de los diferentes hechos religiosos. Qué modos de convivencia se han forjado en las sociedades en las que se han asentado predominando y, en consecuencia, qué circunstancia condiciona la vida cotidiana de los más en cada uno de esos ámbitos.

Acabo con el recuerdo de mi amigo Oswaldo quién, por un momento, creyó que el nacimiento del Río de la Plata estaba en la Sierra del Guadarrama. Tuvo que volverse para allá sin poder llevar a cabo su anhelo de leer poesía porque sus digestiones no se lo permitieron; siguen siendo el problema de los más.