Así lo ilustra, por ejemplo, el ranking Shanghai, uno de los más prestigiosos que existen. En el 2014 aparecen en él ocho universidades norteamericanas en los diez primeros lugares: Harvard, Stanford, MIT, Berkeley, Princeton, Caltech, Columbia y Chicago, mientras dos instituciones británicas aparecen en el lugar 5°, Cambridge, y 10°, Oxford. En el último ranking QS aparece en primer lugar el MIT, Massachusetts Institute of Technology, a continuación la Universidad de Cambridge y el Imperial College de Londres; luego la Universidad de Harvard, detrás de ella otras dos inglesas, la Universidad de Oxford y el UCL University College de Londres; las últimas cuatro "top ten" también son norteamericanas, como son la Universidad de Stanford, el California Institute of Technology (Caltech), la Universidad de Princeton y la Universidad de Yale. No está de más decir que si se continúa la lista siguen apareciendo instituciones británicas y norteamericanas, en una tendencia que se ha vuelto clara. Tampoco es conveniente ocultar una lamentable noticia: no hay ninguna universidad iberoamericana entre las cien mejores del mundo.
De lo anterior se pueden extraer algunas conclusiones. La primera es lasupremacía consistente de las instituciones anglosajones entre las mejores universidades del mundo. Esta tendencia se ha perpetuado por variosaños y, en lo que se advierte, parece que notendrádesafíos en el corto plazo. Las razones sonmúltiples, y tienen que ver con latradición universitaria de siglos, la importancia asignada a lainvestigación, su alto nivel de selectividad y los cuantiosos recursos destinados a lograr unaenseñanza de calidad. Nada de eso es improvisado ni aleatorio, sino que responde a resultados posibles, inclusoesperables, si se ponen determinados medios para avanzar.En el tema de los recursos, por ejemplo, la mayoría de las universidades norteamericanas mencionadas tiene un costo anual de unos treinta y cinco mil euros, mientras las británicas se alzan sobre diez mil euros. Ambos países, Estados Unidos y Gran Bretaña, coinciden en ser de las naciones de la OCDE con más financiamiento privado de la educación superior, en proporción con el financiamiento estatal del mismo. Lo anterior, que no responde a un principio intransable, sí está asociado a una realidad empírica muy demostrada: la calidad a nivel mundial, en educación superior, es muy cara. Así lo exigen profesores e investigadores de alto nivel, equipos y laboratorios que permiten investigación científica avanzada, la posibilidad de participar en equipos internacionales o en congresos en diversas partes del mundo, entre otras situaciones que exigen recursos ingentes. De esta manera, competir con los británicos y norteamericanos, en sociedades más pobres y solo con recursos estatales, se torna en realidad imposible.
Una determinada nación podría optar, como alternativa, por tener un sistema universitario que sólo se mida consigo mismo, que no esté preocupado de los rankings internacionales, de manera que tanto sus recursos como su proyecto de desarrollo tengan un estándar menos exigente en lo intelectual y en lo económico. Sin embargo, esta perspectiva autárquica es escasamente sostenible en el tiempo, porque implica salirse de un sistema de educación superior que hoy, objetivamente, se ha internacionalizado, y donde la cooperación y los estudios de posgrado tienen una clara vocación mundial, en parte por la aspiración a participar de los beneficios que entregan los dos grandes sistemas universitarios del mundo. Y no solo ellos, pues hay otras naciones, especialmente europeas, que también tienen instituciones excelentes y bien ubicadas en los rankings, como es el caso de Alemania, Francia y Suiza, por ejemplo, a las que se pueden añadir Dinamarca, Suecia y Holanda (aunque estas tres con menos universidades entre las cien mejores del mundo).
Frente a esta alternativa surge una segunda posibilidad, que es igualmente atractiva y desafía las tendencias autárquicas o el pesimismo que podría surgir por estar en un país con menos recursos y una tradición universitaria más breve. Desde luego, existe siempre la posibilidad de incorporar más recursos públicos y privados en la educación superior, sin que por esto se dañe, en modo alguno, el acceso de los jóvenes que tengan los méritos académicos y carezcan de los recursos para estudiar en la universidad. Otro aspecto importante se refiere a la posibilidad, especialmente valiosa para los países iberoamericanos, de evaluar entre sus mejores universidades, para ver la posibilidad de potenciarlas, para que una, dos o tres de ellas se incorporen al selecto grupo de las "top 100" mundiales. Esto significa un apoyo importante en recursos económicos, pero sobre todo significa un gran proyecto de nivel mundial, la capacidad de transformar una universidad nacida para servir a una comunidad pequeña en una institución de educación superior con vocación de servicio internacional, con capacidad para acoger a investigadores y estudiantes de distintos lugares del planeta.
Quienes han trabajado en las universidades o quienes han estudiado el tema saben que esto no es solo un problema de recursos, y mucho menos de voluntarismo. Se requiere un esfuerzo decidido que la mayoría de las veces tiene efectos solo en el largo plazo. Por lo mismo, adelantarse es una mejor solución que retrasar el estudio y la decisión al respecto, así como comprender la importancia del sistema internacional de educación superior es un razonamiento inteligente y de futuro, frente a la opción de quedarse a la deriva del camino, en una fórmula positiva pero provinciana, que no desarrolla todas sus potencialidades y que sufriría a la larga el eterno drama de los que no son capaces de entender los avances del mundo. En efecto, quien no avanza en su actividad, en la práctica retrocede; quien no participa de estándares internacionales, en la práctica será un país que se conformará con una calidad intermedia, si es que no baja.
Revisar la lista de las cien mejores universidades del mundo nos da una buena información de actualidad, pero en modo alguno anticipa la situación del mundo para los próximos años. Desafiar la situación actual y subir a las cumbres de la educación superior internacional es una tarea que las universidades iberoamericanas pueden y deben asumir, con inteligencia, recursos y decisión.