Opinión

Tsipras le hace la cama a Iglesias

PASO CAMBIADO

José Antonio Sentís | Miércoles 28 de enero de 2015

No es prudente sacar conclusiones precipitadas ante cada oscilación de los mercados de capital, porque igual que la Bolsa se desploma, puede recuperarse. Pero, como pasa con las encuestas, que no dictan los resultados electorales pero marcan tendencias, el bofetón que se pegaron ayer la Bolsa y la prima de riesgo de Grecia parece un aviso significativo.

A muchos pudo sorprender la tranquilidad de los mercados en Grecia, pese a la evidencia del inminente triunfo de la izquierdista Syriza. Como si no creyeran realmente que el comunista Tsipras era comunista, y que cuando decía lo que decía era porque pensaba hacerlo. Eso sí, nada más abrir la boca, la histeria parece haber estallado en ese país.

El electo Tsipras no ha decepcionado a quienes desconfiaban. Incluso ha alertado a quienes creían en él. Un par de gestos suyos han hecho torcer la cara a los entusiastas de la revuelta populista griega, que en Europa y en España han sido legión: su gabinete sólo de hombres, y su pacto con un partido ultranacionalista de derecha. Pero, eso ha sido lo de menos. Lo de más es que en sus primeras horas, Tsipras se ha desplegado a fondo. Ha anunciado la paralización de privatizaciones pactadas con los acreedores de la UE; ha decidido reabrir la ruinosa televisión; contratar a nuevos funcionarios. Y también dar luz gratis a centenares de miles de griegos y doblar el salario mínimo, medidas éstas siempre deseables, siempre que no sean a costa de la luz o de los salarios mínimos de otros europeos, porque estas cosas siempre las paga alguien.

Tsipras se ha puesto bravo en lo económico. No se ha andado con precauciones en su pulso con los acreedores, y no parece inclinado a una negociación tranquila, sino más bien a un pulso tenso. Y, claro, si el primer ministro griego ha demostrado que no le gusta el capital, al capital tampoco parece gustarle Tsipras.

Y hay un elemento más, que quizá haya quedado en segundo plano. Uno de los primeros gestos políticos del nuevo líder griego ha sido ver al embajador ruso. Una señal deliberada, ante la evidencia de que la Unión Europea no pasa su mejor momento en las relaciones con Rusia. Y eso ha sido una chulería, porque es imposible que haya sido una casualidad. Un gesto que sugiere que a Europa y a la Otan, claramente enfrentados con Putin en el conflicto de Ucrania, le puede salir un grano entre sus socios en un momento de frágil equilibrio geoestratégico.

Los aliados occidentales suelen llevar mal este tipo de bromas. Se produjeron en la Guerra Fría, y también en la crisis de los Balcanes. No suelen terminar muy bien, si repasamos la historia. En este caso, no es previsible que este tipo de envites tenga consecuencias, entre otras cosas porque Rusia no es un aliado demasiado solvente, que digamos. Vamos, que está arruinada. Pero eso no quita para cualquier modificación del mapa de alianzas siga siendo incómoda. Más aún, sólo la posibilidad de que pase puede desencadenar reacciones indeseadas.

Tsipras parece dispuesto a pisar todos los callos posibles en el menor tiempo posible. Puede ser que sólo sea un postureo (como admitió su ministro de economía) para sentarse en la mesa negociadora con más bazas a su favor. Pero enfrente tiene también a bastantes jugones y a algún trilero. Y, de momento, le han explicado de forma natural que cada vez que abra la boca el tal Tsipras, va a subir el pan.

Puede ser que las aguas vuelvan a su cauce, pero también puede pasar que Tsipras siga en sus trece y no quede de Grecia ni los restos. Porque lo que no ha parecido entender Tsipras es que la UE, y Alemania en concreto, no pueden admitir con indiferencia que el modelo griego de Syriza, donde no hay que pagar lo que se debe, donde hay que tener lo que no se tiene, gastar lo que no se gana y vivir del cuento engañando a la gente con promesas imposibles, se extienda a otros países como el ébola. Porque a la estela de Syriza hay otros movimientos y otros países. España, por ejemplo. Pero también Francia. Y da lo mismo que sea por la ultraizquierda o por la ultraderecha. De hecho, en Grecia han sabido convivir ambas en el Gobierno de coalición de Tsipras.

Las repercusiones europeas del nuevo gobierno griego deben hacer temblar a sus homólogos políticos. En España hay algunos, pero el más significado es Podemos, que está diciendo a los españoles lo que Syriza ha dicho a los griegos. Pues bien, si el aviso a Grecia de estas primeras jornadas postelectorales queda en eso, en aviso, quizá el panorama siga como estaba. Pero, en caso contrario, las voces que alertaban contra los populismos se habrán cargado de razón. Y a Podemos le iría muy mal.

La victoria de Tsipras y de la ultraizquierda griega pareció dar un impulso a sus colegas españoles (a la vez que fue jaleada por el Frente Nacional francés de Marine Le Pen). No les ha durado la satisfacción ni veinticuatro horas. Tsipras está haciendo un flaco favor a Podemos. Si hubiera sido más prudente, hasta hubiera encontrado simpatías en países de la UE como Francia e Italia, que también necesitan flexibilizar sus condiciones económicas. Pero al tirarse al monte, tampoco Hollande o Renzi puede asociarse a esta especie de huida desesperada de la realidad que se apunta ahora en Grecia.

Si lo vemos desde España, después del enorme esfuerzo de los ciudadanos por superar la crisis (como está sucediendo, se reconozca o no) tendría maldita la gracia que a otros se les pusiera un puente de plata. Y lo mismo habría que decir de Portugal. A todo el mundo le quedaría claro que el terrible desgaste sufrido por equilibrar la economía, blindar el euro y salvar la Unión (independientemente de los defectos que tiene) era estúpido.

En realidad, con los matices que se quiera, esa batalla era necesaria para España, aunque haya puesto en cuestión casi hasta el sistema, por la angustia ciudadana. En Grecia también lo es y lo será, aunque lleguen los vendedores de humo y digan que la mejor forma de salir de un bache es despeñarse por el abismo, según la reflexión clásica de perdidos por perdidos, al río.

Esto de Tsipras no se le hace a un amigo que estaba a punto de conquistar el cielo. Y es que a Iglesias no le sale nada últimamente. Quizá por eso está tan enfadado.