Parker no lleva nada bien quedarse solo en casa. No le gusta separarse de nosotros y quiere que estemos los tres juntos todo el tiempo, así es feliz. Es comprensible que un perro que nunca ha tenido una familia se sienta apegado a sus nuevos ‘papás’, tiene miedo a perdernos y quedarse solo otra vez.
Cada vez que salimos por la puerta se queda bastante triste. Al principio lloraba un poco, iba de un lado a otro de la casa abriendo las puertas y asomándose por las ventanas (llegó incluso a arrancar las cortinas porque le molestaban para ver). Tenía un ritual muy curioso: coger los zapatos del zapatero de la entrada, llevarlos al dormitorio y dejarlos sobre nuestra cama. No los mordía, sólo los llevaba de un sitio al otro. Si estábamos fuera media hora, nos encontrábamos un par de zapatos, pero si eran más de tres o cuatro horas, teníamos el zapatero entero en la cama.
Leímos muchos consejos para superar este problema: ignorarle cuando llegábamos a casa, dejar música o la tele encendida, salir y entrar varias veces a lo largo del día, dejarlo solo de manera progresiva, juguetes anti-estrés, etc.
A pesar de que los daños que Parker estaba causando no eran gran cosa, comparado con lo que nos contaban algunos dueños de perros (que se habían comido sofás enteros o habían intentado escapar haciendo agujeros en las puertas, por ejemplo), estábamos bastante angustiados con este problema y queríamos atajarlo cuanto antes para que no fuera a peor. Pusimos en práctica todo y todo al mismo tiempo. Fue un error. Parker no sólo seguía con su ritual de los zapatos, sino que además empezó a ladrar, arañar y arrancar el marco de la puerta principal. Cuanto más nos preocupaba el problema, más angustia sentía Parker. Le estábamos transmitiendo nuestra tensión cada vez que teníamos que salir de casa y dejarlo solo. Y lo que era peor aún, al volver a casa y ver lo que había hecho, nos enfadábamos con él. No podíamos evitarlo y no entendíamos el sufrimiento que había sentido durante nuestra ausencia.
Después de meditar mucho sobre el tema, llegamos a la conclusión de que teníamos que tomarnos este asunto de manera “menos personal”, Parker no estaba haciendo esas cosas por aburrimiento o enfado, el pobre animal sentía una angustia tan grande por nuestra ausencia que no quería ni probar bocado cuando le poníamos la comida y sabía que nos íbamos a marchar. Estos sencillos pasos nos sirvieron de ayuda:
- Cuando volvemos a casa le decimos un ‘hola’ tranquilo y le mandamos a su camita. No saludarle al llegar a casa nos resulta un poco antinatural, los perros se saludan cuando se ven y puede parecer que estamos enfadados con él si ni siquiera le miramos al entrar. No estoy diciendo que esté bien montarle una fiesta cuando llegamos a casa, pero un saludo natural y sin excesiva emoción puede normalizar la situación. Un saludo breve, una caricia en la cabeza, le decimos que se vaya a su cama y nos ponemos a hacer nuestras cosas sin hacerle más caso. Desde que le saludamos parece que se calma mucho más rápido que si le ignoramos.
- Intentamos permanecer tranquilos cuando volvemos a casa. Antes nos poníamos muy tensos con sólo imaginar lo que podíamos encontrar al llegar, Parker sentía esa tensión y, como es normal, le provocaba más ansiedad.
- Ejercicio, paseos largos y juegos. Cuando está cansado tiene menos energía para gastar en casa y es casi matemático, día que no hay ejercicio, día que está más nervioso cuando nos vamos.
- No regañarle nunca. Él no sabe por qué está mal lo que ha hecho, es posible que ni siquiera sepa qué ha hecho y por qué nos hemos disgustado, lo único que entiende es que ahora estamos enfadados con él y por lo tanto se siente peor aún.
- No mimarle demasiado. Dosificamos las sesiones de mimos y procuramos dejarle tranquilo y sin hacerle mucho caso la mayor parte del tiempo que estamos en casa para que se acostumbre a estar solo y relajado. Nos encantaría pasarnos el día mimándolo, pero somos conscientes de que tenemos que trabajar el desapego por su bien y por el nuestro.
Seguimos trabajando en ello y cada día va mejor. Sigue con su pasatiempo de los zapatos (ahora ha incluido los abrigos del perchero), pero no hace ningún destrozo ni se queda ladrando y cuando llegamos a casa nos recibe moviendo el rabito, nos dice ‘hola’ y se va a su cama tranquilamente.
Cuanto más relajados estamos nosotros, más confiado se siente Parker.