TRIBUNA
Fernando Caro | Sábado 31 de enero de 2015
Mi acercamiento a Díez del Corral tuvo, cómo no, carácter de hallazgo.
Y tan sólo me permite arriesgar un par de opiniones bien sencillas: que es persona eminente de la intelectualidad de la España de la segunda mitad del siglo pasado, referencia temporal que ha de tomarse con todas las cautelas, y que su memoria, como la de otros preclaros pensadores, es bien exigua más allá de algunos ámbitos y ambientes académicos.
Luis Díez del Corral leía su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencia Morales y Políticas, La mentalidad política de Tocqueville con especial referencia a Pascal, hace 50 años, el 2 de febrero de 1965; por entonces yo no había cumplido los 12.
El momento político que circunstanciaba el discurso no puedo decir que me sea bien conocido, pese a que “el pasado, en los grandes asuntos humanos, parezca más claro y nítido que el presente”.
Bien es cierto que es fácil hacer uso de clichés, imágenes comúnmente acuñadas, y ciertos estereotipos, para suponer una cierta atmósfera. Pero cualquier circunstancia política es de por sí enormemente compleja. Más si se traslada a ámbitos tan a ras de tierra. Y 1965 y sus precedentes no son excepción.
Circunstancia que sin duda impregna, además de todo su saber y la influencia de quienes fueran sus mentores intelectuales, una pieza cuya lectura solicita poner en juego una buena dosis de atención, por la erudición y densidad que la inspiran.
El resultado es un texto que alienta la inquietud por conocer no solo la persona y obra de su protagonista, Alexis de Tocqueville; o de Blaise Pascal, una de las fuentes en las que bebió el normando, sino al propio Académico, titular a la sazón de la Cátedra de Historia de las Ideas y de las Formas Políticas en la Universidad de Madrid; toda una carta de presentación.
Y es que, alejado de las ciencias sociales por mor de mi formación, disfruto de ese goce que me supone atribuir carácter de descubrimiento singular a cosas para otros bien corrientes.
Que hayan pasado cincuenta años es tan sólo un pretexto para propagar modestamente esa inquietud, la de acercarse a un liberal exento de dogmatismo.