Opinión

¿Hacia una España ingobernable?

PASO CAMBIADO

José Antonio Sentís | Miércoles 04 de febrero de 2015
Es absurdo negar la incertidumbre en la situación política de España. Pero también lo es despreciar algunos signos escondidos tras la apariencia. Y podemos verlo en la última encuesta del CIS. Pues, si es cierto que prevé una distribución de voto muy similar entre tres partidos destacados, PP, Podemos y PSOE, también lo es que apunta datos que pueden ser decisivos en las próximas elecciones.

De una encuesta se puede creer la pregunta más llamativa, la que muestra la voluntad de un determinado voto. Pero también se pueden escuchar las opiniones que circundan ese voto. Por ejemplo, la percepción sobre la situación y la previsión sobre cómo evolucionará ésta.

El barómetro sociológico empieza a indicar que hay más españoles de los que había que confían en una posible recuperación. Y que la mayoría opina más negativamente sobre cómo está España que sobre cómo están ellos mismos. Es decir, que piensan que vivimos en una catástrofe, pero que no nos afecta tanto a nosotros individualmente como a los demás.

La segunda cuestión que debe tenerse en cuenta al analizar la encuesta es la terrible desmemoria de los encuestados. Un tercio de anteriores votantes del PP ha olvidado que lo hizo hace sólo tres años. Pero también sucede ese fenómeno en otros partidos. Parece que el electorado español necesita dosis masivas de esos productos milagro contra la pérdida de memoria, que, sin embargo, puede recuperarse a la misma velocidad que se pierde.

La tercera cuestión que subyace en la encuesta es la profunda indecisión del electorado. No menos de un tercio está perplejo y no sabe qué hacer, o más bien no sabe qué hará cuando tenga que votar. Bastantes, ni siquiera saben si van a votar, lo que demuestra, entre otras cosas, que a los ciudadanos españoles les produce una cierta vergüenza expresar su participación después de un repetido mensaje de culpabilización de los políticos durante la crisis, o directamente quieren manifestar su insatisfacción por la gestión de ésta y, obviamente, por la corrupción publicitada hasta la náusea.

El panorama sería absolutamente incierto si no fuera porque llegará un momento en que se vote, y este voto producirá sus resultados, que serán por ello ciertos, no gritos silenciosos de rebeldía. Porque de una encuesta salen muchas interpretaciones y permiten muchos desahogos. Pero de unas elecciones salen mayorías (alguno ganará, obviamente) y gobiernos. Y entonces será irrelevante que se hable de abstenciones, dudas u opiniones. El votante cabreado será importante cuando vote, pero no si se abstiene, por mucho que crea lo contrario.

Dice el CIS que hoy por hoy ganaría el PP, pero con una mayoría débil. Y que Podemos superaría algo al PSOE, con los tres partidos entre el veinte y el treinta por ciento de los votos. Pues bien, si estos resultados fueran los definitivos, la suerte de cada uno de ellos sería muy diferente a la presunta igualdad que se predice. Por ejemplo, el PP, con un 27 por ciento de los votos, podría sacar perfectamente cuarenta escaños a Podemos o al PSOE, aunque sólo les distancien cuatro o cinco puntos.

Es sencillo de explicar. El sistema electoral español prima a las mayorías. Al que gana, más que al segundo. El tercero queda bastante perjudicado, y no digamos las minorías, salvo las nacionalistas, que concentran su voto en un territorio concreto. Nada extraordinario si lo comparamos con otros sistemas electorales democráticos. Valga el ejemplo de Grecia, ahora que todos nos hemos doctorado en política griega. Ahí, con un 35 por ciento de los votos, Syriza ha quedado casi en la mayoría absoluta. Porque al vencedor le regalan cincuenta escaños. En España no son tantos, pero casi, porque las circunscripciones pequeñas y medianas marcan la diferencia entre sumar escaños o no hacerlo.

En el caso español, si un partido vence, y los siguientes dos se reparten votos, con el mismo 35 por ciento griego se pueden superar los 165 escaños. Así gobernó UCD, allá por la prehistoria. Luego el actual PP, aún con su 27 por ciento podria llegar a los 140 escaños, y si recupera algo del voto de sus electores desmemoriados o de los indecisos podría conseguir una mayoría estable de Gobierno. No es un escenario imposible, sino más bien lo contrario.

Otra cuestión es analizar cómo quedaría, con esos datos del CIS, la batalla por la hegemonía de la izquierda española. Porque un tercer puesto para el PSOE sería, ése sí, un terremoto político. Pero eso no tiene nada que ver con la gobernabilidad, sino con el reparto de poder, o con el protagonismo político y los liderazgos.

Vivimos las futuras elecciones en tiempo presente, como si fueran cada mañana o cada tarde. Y es especialmente morboso anticipar los desastres, la que se nos viene encima. Pero probablemente no sea así. Y, desde luego, la amenaza sobre el descalabro del sistema está más bien en los análisis teóricos que en la situación social, bastante tranquila pese a las penurias de la crisis. Y si de algo sirve, la propia tranquilidad de los mercados, los indicadores económicos y otros asuntos relacionados parecen, de momento, ajenos al seísmo.

Lo que sí parece claro a estas alturas es que las elecciones municipales y autonómicas van a propiciar gobiernos locales más complejos que los actuales, con retrocesos en los gobiernos del PP por los pactos en su contra. Pero el Gobierno de la Nación podría salvarse del desbarajuste a poco que el PP, como mejor colocado ahora, recupere cuatro o cinco puntos en su voto. Tiene unos cuantos meses para hacerlo, y su tendencia es tímidamente al alza.

Por eso, es posible que la gran sorpresa de las elecciones generales sea que no haya una gran sorpresa. Al menos en lo que toca a la mayoría. Otra cosa será el reparto de los despojos de la oposición.